Ahora marcha hacia la Comandancia con trece guardias y una decisión que todavía no ha tomado.
Cuando llega, se detiene. Frente a él, el ejército sublevado. Detrás, trece hombres que esperan una orden. La ciudad ya está perdida. Él lo sabe.
Da la orden de retirada. Sin disparar una sola arma.
Quizás pensó que eso bastaría. Que retirarse sin resistir era suficiente para quedar al margen. Que nadie recordaría su nombre.
Se equivocó. Porque Alberto Hernández Suárez era, además de jefe de la Guardia Municipal, masón de la logia Andamana. Y eso, en la Gran Canaria de julio de 1936, era una condena que ninguna prudencia podía cancelar.
Las culatas de los fusiles retumban contra la madera vieja.
—¡Abran o tiramos la puerta!
Alberto tiene el pijama pegado al cuerpo por el sudor. No mira a la puerta. Mira al colchón.
Su esposa ocultó el mandil masónico al irrumpir la Guardia Civil. Al amanecer del 3 de octubre, su cuerpo apareció en los arenales de La Isleta.
Ochenta y nueve años después, el mandil masónico está en el fondo de un armario. Tiene un olor a naftalina y a miedo.
Para entender qué fue ese mandil y por qué había que esconderlo dentro de un colchón, hay que retroceder más de cien años. Hay que volver a 1829, a otro muerto. Esta vez, uno sin nombre propio.
El muerto que lo empezó todo
La esposa de Benjamín Walter había muerto. El comerciante británico acudió al cementerio católico de Vegueta para solicitar que enterraran el cuerpo de su mujer. La respuesta fue tajante: no se puede. Es protestante.
El cadáver comenzaba a descomponerse bajo el sol atlántico. Walter hizo lo único que podía hacer: sacó el cuerpo en procesión hasta las afueras de la ciudad amurallada, excavó una fosa en campo abierto siguiendo los ritos de su fe, y allí la enterró. A plena vista de quien quisiera ver. En tierra sin bendecir, sin cruz, sin dignidad.
Ese entierro causó tal conmoción entre la colonia británica de Las Palmas que en 1830 el vicecónsul George Anstice y otros comerciantes solicitaron al Ayuntamiento un terreno propio. El British Cemetery se construiría en 1834 en la ladera de San José.
El 8 de febrero de 1829 quedó claro algo que los masones grancanarios aprenderían a golpes durante el siglo siguiente: en esta isla, pensar diferente te condenaba a morir como un paria.
La chercha: el mecanismo de control
En Gran Canaria existía una palabra que sonaba a maldición: chercha. Derivada del inglés churchyard, designaba el rincón donde la Iglesia arrojaba a quienes consideraba impuros: protestantes, suicidas, ateos declarados, niños sin bautizar. Y masones.
La viajera Olivia Stone (1883) denunció que los masones canarios, la sal de la tierra, eran apartados de los cementerios públicos.
Lo que Stone intuía, sin llegar a formularlo, es que la chercha no era solo un espacio para los muertos. Era un mecanismo de control dirigido sobre todo a los vivos. Negarle a una familia un entierro digno no castigaba únicamente al difunto: era una advertencia pública. Una humillación sobre la viuda, los hijos, los socios. El Estado eclesiástico diciéndole a la sociedad: este hombre pensó diferente. Si tú también piensas diferente, aquí acabarás.
Las familias grancanarias lo sabían. Y aun así, seguían reuniéndose.
1870-1936: De la logia al golpe
La primera logia documentada en Gran Canaria fue la Afortunada, fundada en 1870. Su origen fue un acto de resistencia política: militares liberales desterrados tras La Gloriosa de 1868 se reunieron a conspirar en casa de Tomás López Botas, en Santa Brígida. De esa mesa salió una logia. De esa logia salió buena parte de la Gran Canaria moderna.
Conviene no idealizarlos: eran, en su mayoría, varones de clase media-alta con sus propias jerarquías y exclusiones. La masonería grancanaria del siglo XIX no era un movimiento popular; era una élite ilustrada que chocaba frontalmente con otra élite, la clerical, por el control del espacio simbólico de la isla. Las actas de sus tenidas, conservadas hoy en el Centro Documental de la Memoria Histórica de Salamanca, desmontan el mito franquista con una eficacia brutal. No hay conspiraciones. No hay rituales oscuros. Hay discusiones sobre cómo ayudar a la viuda de un zapatero que no llega a fin de mes. Propuestas para crear escuelas nocturnas. Colectas para entierros dignos.
—La caja de beneficencia tiene lo justo, pero si cada uno pone dos pesetas...
Esa frase, recogida en diversas actas, resume la actividad real de la masonería canaria. Médicos, abogados, comerciantes, funcionarios. Modernizadores, en una palabra. Y precisamente por esa modernidad, no por ningún rito oscuro, los iban a matar.
Gregorio Chil y Naranjo fundó El Museo Canario en 1879 y le dejó en herencia su casa, sus colecciones y 7.500 volúmenes de biblioteca. Masón y darwinista, sufrió excomunión en 1876 por el obispo Urquinaona (1868-1878). En 1901, su memoria quedó marcada por tensiones eclesiásticas, aunque reposa en el cementerio municipal de Las Palmas.
López Botas lo perdió todo. Su fortuna se disolvió en obras públicas. Su revista liberal desató enfrentamientos públicos con el obispo Urquinaona. Terminó arruinado, emigró a Cuba y murió lejos de la isla que había transformado.
Estos hombres crearon el Gabinete Literario de Las Palmas, la Sociedad Filarmónica, la más antigua de España, el Colegio de San Agustín, El Museo Canario. Movieron la cultura, la ciencia, el progreso insular.
En 1922 nació la Gran Logia de Canarias, con la logia Andamana como pieza clave en Las Palmas. Entre 1933 y 1936 mantuvo 95 hermanos activos. El único número de su Boletín que se conserva está fechado en junio de 1936. Un mes antes del golpe. Fue, sin saberlo, una despedida.
El legado y su deuda
![[Img #38250]](https://infonortedigital.com/upload/images/04_2026/5626_masones4.jpeg)
El 21 de diciembre de 1938, Franco dictó una orden: eliminar de todos los cementerios españoles cualquier símbolo masónico. Plazo, dos meses. Los símbolos grabados en mármol, escuadras, compases, letras griegas, columnas, fueron picados, borrados, destruidos. La memoria convertida en delito de cantería.
Sus últimas palabras públicas, pronunciadas el 1 de octubre de 1975 en la Plaza de Oriente, las dedicó a los masones. Al enemigo. El 14 de octubre sufrió el primero de cuatro infartos consecutivos. El 3 de noviembre entraba en coma definitivo en el Hospital de La Paz. Murió el 20 de noviembre de 1975, odiando a los masones hasta el final.
La Ley de Memoria Democrática de 2022 declaró la ilegalidad del golpe de 1936 y reconoció a los masones entre las víctimas del franquismo. El cementerio inglés de San José es Bien de Interés Cultural desde 2010. El Museo Canario sigue en la casa que Gregorio Chil legó en su testamento. La logia Andamana resurgió en 2008 como asociación cultural en Vecindario, Santa Lucía de Tirajana. La palabra chercha cayó en desuso.
Y si algún día subes por la escalera del número 12 de la calle Mendizábal, y el suelo cruje bajo tus pies, piensa en Alberto. En el mandil escondido entre las sábanas. En su mujer a los pies del cabo. En los trece guardias que esperaron una orden que no llegó.
En el Archivo Histórico Provincial de Las Palmas duerme un papel amarillento, sellado con el águila franquista, con el nombre de un capitán de barco de Lanzarote. Y en un armario de Las Palmas hay un mandil de tela bordada que huele a naftalina y a miedo.
Los muertos incómodos ya no molestan. Pero los archivos llevan décadas esperando. Solo esperan que alguien los abra y diga los nombres en voz alta.
Manuel Miranda Benítez. Alberto Hernández Suárez. Aquí estuvieron. Y merecían otro final.
Juan Vega Romero
Fotos: Gobierno de Canarias y Google
Normas de participación
Esta es la opinión de los lectores, no la de este medio.
Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios inapropiados.
La participación implica que ha leído y acepta las Normas de Participación y Política de Privacidad
Normas de Participación
Política de privacidad
Por seguridad guardamos tu IP
216.73.216.27