Pascua, política y violencia: el desafío de la Resurrección de hoy
La Pascua de la Resurrección no es solo una fecha en el calendario litúrgico: es una grieta luminosa en la historia humana, una afirmación radical de esperanza en medio de un mundo que, una y otra vez, parece inclinarse hacia la oscuridad. En nuestros días, su significado no puede separarse de la realidad política, social y bélica que atraviesa la humanidad.
En la Pascua de la Resurrección se sigue proclamando, año tras año, que la última palabra no la tienen la violencia, ni el poder, ni la muerte. Sin embargo, esa proclamación se escucha hoy en un mundo saturado de contradicciones: iglesias que predican la paz mientras el planeta arde en conflictos; sociedades que celebran la vida mientras normalizan la exclusión; sistemas políticos que hablan de derechos humanos mientras financian o toleran la guerra.
La Pascua, en su núcleo más profundo, es una crítica silenciosa a toda estructura que se sostiene sobre la muerte del otro. La Resurrección no es solo un evento espiritual, sino una inversión del orden establecido: lo débil vence a lo fuerte, lo crucificado es reivindicado, lo descartado es elevado al centro. Y ahí es donde su mensaje se vuelve incómodo para la política contemporánea.
Hoy, la Iglesia se encuentra en una encrucijada. Por un lado, su voz sigue siendo moralmente influyente en temas de justicia social, migración y pobreza. Por otro, su credibilidad se ve tensionada cuando su discurso no siempre logra traducirse en una acción profética clara frente a la desigualdad estructural o la violencia internacional. La Pascua le exige coherencia: no basta anunciar la Resurrección si no se combate activamente aquello que sigue crucificando a los pueblos.
En el contexto de la guerra, este contraste se vuelve aún más agudo. Mientras se celebran liturgias de esperanza, hay ciudades reducidas a escombros, niños creciendo entre sirenas y familias enteras desplazadas. La Pascua, entonces, no puede ser un consuelo pasivo, sino una denuncia activa. Resucitar, en términos cristianos, implica también resistir: resistir la lógica del enemigo absoluto, resistir la deshumanización, resistir la indiferencia global.
Pero también hay otra dimensión, más íntima y quizá más decisiva: la Pascua ocurre allí donde la vida vuelve a abrirse paso en medio de lo roto. En el voluntariado silencioso, en la mano que alimenta al desconocido, en la reconciliación que parecía imposible, en la comunidad que no abandona al herido. Ahí la Resurrección deja de ser solo un dogma para convertirse en una práctica cotidiana.
Tal vez la pregunta más urgente de nuestro tiempo no sea si creemos en la Resurrección, sino si nuestras sociedades la hacen visible. Porque si la Pascua es verdadera, entonces ninguna guerra puede ser definitiva, ninguna injusticia puede ser eterna y ningún ser humano debería quedar fuera del horizonte de la esperanza.
En un mundo fatigado por la violencia, la Pascua de la Resurrección no es evasión: es subversión. Y quizá, precisamente por eso, sigue siendo necesaria.
Feliz Pascua.
Pedro Lorenzo Rodríguez Reyes




























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