La inclusión no puede seguir llegando tarde

Vidal Bolaños Betancort

[Img #38239]Hay palabras que una sociedad pronuncia con solemnidad y, sin embargo, incumple en voz baja. Inclusión es una de ellas.

 

La decimos en los discursos oficiales, la escribimos en jornadas con buena fotografía institucional, la repetimos cada abril con una mezcla de emoción y protocolo. Pero luego llega la realidad: entra en un aula, se sienta en una consulta, acompaña a una madre de madrugada, mira a un niño que no está siendo comprendido, y descubre que muchas veces aquella palabra no estaba hecha de compromiso, sino de cartón.

 

El autismo en Canarias no está pidiendo favores. Está reclamando algo mucho más básico y, por eso mismo, más incómodo para quienes administran la vida pública: comprensión real, formación suficiente y dignidad efectiva. Porque no basta con tener sensibilidad cuando falta preparación. No basta con querer ayudar cuando no se sabe cómo acompañar. No basta con invocar la inclusión si el sistema sigue dejando a demasiadas familias solas ante el desgaste, la incertidumbre y la burocracia.

 

Detrás de cada demanda de más formación para docentes y sanitarios no hay una consigna abstracta. Hay vidas concretas. Hay padres y madres que llegan agotados de explicar una y otra vez lo mismo. Hay profesorado que quiere hacerlo bien, pero al que nadie le ha dado herramientas estables ni recursos suficientes. Hay profesionales de la salud que atienden con humanidad, sí, pero dentro de estructuras que todavía no siempre entienden la complejidad, la diversidad y los ritmos de las personas autistas.

 

Y conviene decirlo con claridad: cuando una familia tiene que convertirse en experta para defender derechos elementales, algo está fallando de manera grave. Cuando el bienestar de un niño depende del azar de encontrarse con una maestra especialmente intuitiva o con un médico particularmente sensible, no estamos hablando de justicia, sino de suerte. Y los derechos nunca deberían depender de la suerte.

 

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Se ha normalizado demasiado que sean las familias las que carguen con la pedagogía, con la mediación, con el expediente administrativo, con la búsqueda de especialistas, con la explicación permanente del mundo a un mundo que debería estar ya mejor educado. Esa sobrecarga no es anecdótica: es una forma de abandono elegante, una violencia burocrática que rara vez deja moratones, pero sí deja cansancio, rabia y soledad.

 

Canarias, que conoce bien lo que significa vivir desde la periferia, no debería permitirse fabricar nuevas periferias dentro de sí misma. Y sin embargo ahí están: en las aulas que aún no saben mirar la diferencia sin convertirla en problema; en las consultas donde falta formación específica; en los pasillos administrativos donde la inclusión se atasca entre papeles, diagnósticos y plazos.

 

Quizá ha llegado la hora de invertir la pregunta. No cuánto deben adaptarse las personas autistas a un sistema rígido, sino cuánto debe transformarse ese sistema para estar a la altura de las personas. No cuánto incomoda la diferencia, sino cuánto nos empobrece una sociedad incapaz de comprenderla.

 

Una comunidad democrática se mide también por esto: por la forma en que escucha a quienes no siempre encajan en los moldes heredados. No por la emotividad de sus campañas, sino por la seriedad de sus presupuestos. No por sus declaraciones bienintencionadas, sino por su capacidad de formar, coordinar, cuidar y sostener.

 

Porque la inclusión no puede seguir llegando tarde. No puede seguir siendo un titular amable, una promesa de calendario o una ceremonia anual. Tiene que convertirse en política pública, en preparación profesional y en cultura cívica. Lo contrario no es neutralidad. Lo contrario es abandono.

 

Y ya hemos abandonado demasiado.

 

Vidal Bolaños Betancort

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