Ayuntamiento de Gáldar: el sucesor
Guayarmina Guanarteme
Lo del sucesor a dedo no es nada nuevo en política. Aznar lo hizo con su cuaderno azul. Pablo Iglesias también señaló a Yolanda Díaz. Y en Gáldar se está copiando la misma jugada: dejar al heredero amarrado sin consulta interna en el partido y vender después que todo es normal, natural y por el bien del pueblo.
Lo del sucesor a dedo no es nada nuevo en política. Aznar lo hizo con su cuaderno azul. Pablo Iglesias también señaló a Yolanda Díaz. Y en Gáldar se está copiando la misma jugada: dejar al heredero amarrado sin consulta interna en el partido y vender después que todo es normal, natural y por el bien del pueblo.Pero aquí no hay dudas sobre quién es el elegido. El elegido ya está decidido. La cuestión no es esa. La cuestión es otra: si ese dedazo le va a salir bien al grupo de gobierno o si, por el contrario, puede acabar costándole votos.
Porque hace tiempo que el partido que gobierna el ayuntamiento de Gáldar dejó de ser de izquierdas. No hace falta darle muchas vueltas. La privatización de lo público y su acercamiento a Coalición Canaria (la derecha nacionalista) lo dicen bastante claro. Una cosa es lo que se cuenta en los discursos y otra lo que se hace cuando se gobierna. Y hace ya años que en Gáldar se ve más preocupación por conservar el poder que por mantener unos principios.
Por eso lo de elegir al sucesor entre cuatro paredes tampoco debería sorprender a nadie. Cuando un partido se acostumbra a controlarlo todo, también quiere controlar quién viene detrás. Primero se escoge al heredero. Luego se le va colocando. Después se intenta convencer a todo el mundo de que es la mejor opción. Así funciona este tipo de política: mucho aparato, mucha foto, mucha sonrisa y poco debate de verdad. Y ahora la ronda publicitaria por el municipio.
Y debate interno hay poco, o mejor dicho, casi ninguno. No porque todo el mundo esté de acuerdo, sino porque muchos prefieren callarse. Voces críticas las hay, claro que las hay. Lo que pasa es que no se oyen en público porque hay miedo a las represalias. Y eso no es ninguna exageración. En ambientes así, discrepar sale caro. El que opina distinto molesta. El que no aplaude estorba. El que no esparce purpurina no es leal. Y el que se mueve, se arriesga a quedarse fuera de la foto, del grupo y del futuro reparto.
Por eso escribir bajo seudónimo no es cobardía. Es protección. Cuando en vez de fomentar el diálogo se castiga la discrepancia, la gente aprende a medir las palabras. Y cuando la crítica se paga con destierro político, con frialdad o con olvido, el silencio acaba convirtiéndose en una forma de supervivencia. Esa es la realidad, aunque luego de cara afuera quieran vender unidad, compañerismo y paz interna. Mucha sonrisa para la foto, sí, pero muy poca tolerancia para el que no sigue el guion.
Mientras tanto, ya se está pensando en 2027. Se está pensando en quién sigue, en quién sobra, en quién entra y en cómo dejarlo todo bien atado. Pero no solo se trata de repartir puestos o mantener una mayoría. También está sobre la mesa la imagen del candidato elegido, y esa cuestión preocupa bastante. Porque una cosa es que te nombren heredero y otra muy distinta es que la gente te compre como líder.
Y ahí está el problema.
El municipio sabe quién es, pero no lo conoce de verdad. Se le identifica, sí. Se le ubica. Se le ve. Pero no termina de conectar. No transmite cercanía natural. No da sensación de llaneza. No parece alguien que llegue fácil, que escuche fácil o que se mezcle de manera espontánea con la gente. Y eso, en un pueblo, pesa mucho más de lo que algunos creen.
Porque en la política municipal no basta con salir en actos, hacerse fotos o ir cogiendo presencia poco a poco. En un municipio como Gáldar la gente distingue rápido quién es de verdad cercano y quién lo intenta parecer. Y cuando alguien fuerza un personaje, se nota. Cuando intenta copiar un estilo que no le sale natural, se ve.
Cuando quiere parecer afable, sencillo y del pueblo, pero todo le sale demasiado medido, demasiado artificial o demasiado frío, la gente lo percibe enseguida.
Ese es uno de los riesgos de esta operación sucesión: que se note demasiado que están intentando fabricar un candidato. Y un candidato fabricado puede servir para tener contentos a los de dentro, pero no siempre sirve para ilusionar a los de fuera.
Porque el problema no es solo él. También es lo que proyecta alrededor. Esa imagen de distancia. Ese aire de círculo cerrado. Esa especie de corte selecta y exclusiva que parece vivir más pendiente del control interno que de pisar la calle de verdad. Y eso tampoco representa al galdense. La gente de Gáldar, en general, es transparente, sencilla, afable y bastante clara para ver venir las cosas. Aquí se nota rápido quién va de frente y quién viene demasiado preparado de despacho (que no lo es todo).
Por eso hay quien se pregunta si de verdad están pensando en lo mejor para el municipio o simplemente en mantener el mando sin sobresaltos. Porque cuando la prioridad pasa a ser dejar un sucesor atado y bien colocado, el mensaje que se lanza es muy claro: aquí lo importante no es abrir el juego, sino que todo siga bajo control.
Y puede que a corto plazo eso les funcione. Puede que el aparato aguante. Puede que por dentro nadie levante demasiado la voz. Puede que muchos traguen y sonrían. Pero a medio plazo la cosa cambia. Porque los votos no los pone una mesa cerrada, ni una corte complaciente, ni cuatro fieles. Los votos los pone la calle. Y la calle no siempre compra lo que le intentan imponer.
Se puede heredar un cargo, pero no se hereda el carisma. Se puede heredar una estructura, pero no el tirón popular. Se puede heredar el respaldo de arriba, pero no el calor de la gente. Eso hay que ganárselo. Y si no se tiene, por mucho que intenten maquillarlo, termina notándose.
Por eso aquí la pregunta no es quién es el elegido. Eso ya lo sabe todo el mundo. La pregunta de verdad es si el grupo de gobierno no se está confundiendo demasiado. Si no está creyendo que obediencia interna es lo mismo que apoyo popular. Si no está pensando más en conservar el sillón que en ofrecerle a Gáldar a alguien que de verdad conecte con su gente.
Porque una cosa es tenerlo todo amarrado por dentro y otra muy distinta tener al pueblo contigo. Y el endiosamiento no gusta.
Y ese es el riesgo real de esta jugada. Que quieran vender como relevo natural lo que en realidad es una designación a dedo. Que intenten presentar como cercano a alguien que no termina de serlo. Que confundan presencia con conexión. En política no todo se puede imponer. Y en los pueblos, menos todavía.
Gáldar necesita a alguien que represente de verdad a su gente, que no parezca sacado de un laboratorio político, que no viva rodeado de una burbuja y que no necesite fingir cercanía porque la tenga de forma natural.
Porque al final la gente no es boba. Puede tardar más o menos en hablar, puede callar durante un tiempo, puede incluso dejar pasar ciertas cosas. Pero ve. Escucha. Compara. Y acaba sacando sus conclusiones.
Y cuando eso pasa, ya no hay foto, ni aparato, ni propaganda que lo arregle.
Gáldar es llana: ¿Qué pasó bichillo?
Guayarmina Guanarteme



























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