La división del trabajo
Juan Ramón Hernández Valerón.
Mi psiquiatra me ha recomendado que, para soportar el desasosiego, la tensión y la angustia que me produce la situación mundial, escriba en clave de humor algunos pasajes de la Historia de la Humanidad. Piensa que me podría servir de terapia, aunque, qué quieren que les diga, yo no estoy muy seguro de ello, pero voy, una vez más, a confiar en su buen criterio y porque para eso le he pagado.
Mi psiquiatra me ha recomendado que, para soportar el desasosiego, la tensión y la angustia que me produce la situación mundial, escriba en clave de humor algunos pasajes de la Historia de la Humanidad. Piensa que me podría servir de terapia, aunque, qué quieren que les diga, yo no estoy muy seguro de ello, pero voy, una vez más, a confiar en su buen criterio y porque para eso le he pagado. Hace un par de semanas escribí algunas pinceladas en un artículo que titulé “En busca del fuego”. Espero, como siempre, que no tomen a mal la curiosa recomendación de mi psiquiatra.
“Después de miles de intentos, de siete mil quemaduras, de cinco mil incendios incontrolados y de cientos provocados, el Hombre del Paleolítico dominó el fuego.
¡Ya era hora, carajo!, o algo parecido se oyó decir en un arcaico y balbuceante lenguaje lleno de ruidos guturales y vagos gestos corporales que querían expresar la satisfacción que sentían al haberlo controlado por fin. ¡Qué iban a pensar de nosotros las generaciones futuras!
Por lo que deduzco que el control del fuego fue más una preocupación del hombre del Paleolítico por quedar bien ante la Historia que de una necesidad manifiesta.
Fuera por una u otra causa, el dominio del fuego les sirvió no solo para alumbrarse, sino para defenderse de las fieras, comer caliente, porque ya estaba bien de tanta carne cruda, que le tenían hecho polvo los dientes, lo que les facilitó la digestión y el desarrollo cerebral; proporcionarles luz y calor; endurecer herramientas de madera; modificar el paisaje mediante quemas (hoy se siguen haciendo con la misma alegría); hacer fogatas que les sirvieran de puntos de reunión, o sea, los clásicos fuegos de campamento que tan populares se hicieron con el paso de los años, que favorecieron la cohesión social del grupo, lo que fomentó el desarrollo del lenguaje y la comunicación. En definitiva: el dominio del fuego transformó a los homínidos en una especie capaz de adaptar el entorno a sus necesidades.
Todo eso fue lo que expuse en esta misma revista hace unas dos semanas. Hoy las he querido utilizar como introducción para hablar de otro hito histórico: la División del trabajo.
“Muchos años después, no sabría decirles cuántos, se dieron cuenta de que no podían seguir dedicándose a las mismas cosas a la vez, que era una verdadera lata eso de ir todos detrás de las fieras, de que aquello no era rentable se mirara por donde se mirara, por lo que llegaron a la conclusión de que debían organizarse de otra manera, de lo contrario aquel chiringuito que habían montado, aquellos safaris a pie por la sabana no estaban dando los resultados que esperaban.
No les fue fácil ponerse de acuerdo para decidir quiénes se dedicaban a unas cosas y quiénes a otras. Un follón, la verdad, porque carecían de experiencia y no estaban duchos en cuestiones que exigían mucho esfuerzo mental, pero como tenían todo el tiempo histórico por delante para discutirlo, se tomaron todo el que quisieron.
Después de muchas discusiones, empujones y tortazos (hoy estos aires de libertad los seguimos empleando en nuestras discusiones), empezaron a ponerse de acuerdo en qué iba a dedicar cada uno el tiempo (una pena que José Luis Perales no estuviera nacido por aquel entonces, porque podía haber ayudado mucho). Ello marcó un nuevo hito en la Historia de la Humanidad, pues en primer lugar condicionó a las generaciones futuras a tener que estudiar y prepararse para un oficio, lo que significó una putada para aquellos que no querían hacer nada, que entonces ya eran muchos, aunque no tantos como los que hay hoy en día. En fin, cosas de la Historia.
Total, que desde ese momento prehistórico hasta el presente, los listillos, los espabilados, los que las ven venir antes que los demás, eligieron las mejores profesiones, aquellas en las que había que hacer poco y ganar mucho, las que se hacían a la sombra, las que evitaban el sol del mediodía y todas las inclemencias que ofrecía el trabajar a cielo descubierto.
Los que no se preocuparon de esto, así como los que no ejercitaron su mente a tiempo, tuvieron que apechugar con lo que iba quedando. Luego, cuando se fueron dando cuenta de que no se podía aguantar aquel sol de justicia todo el día encima, quisieron cambiar de oficio, pero llegaban tan cansados a casa que no tenían ganas de estudiar para mejorar su estado y tuvieron que aguantarse las ganas esperando una jubilación que nunca les llegó.
Miles de años después sus descendientes continúan maltratados y explotados, añorando aquellos tiempos felices en los que iban tan alegres por la sabana corriendo detrás de las fieras sin preocuparse por cómo llegar a fin de mes ni vivir amargados por la hipoteca, ni pensar en el exorbitante precio del recibo de la luz, ni aguantar al casero demandar el pago del alquiler. ¡Qué tiempos maravillosos aquellos!
Debemos recordar que la división del trabajo fue, ni más ni menos, la fragmentación de una tarea compleja en tareas más simples realizadas por diferentes personas, y cuya evolución ha sido espectacular.
Inicialmente, hubo una División por Género y Edad: los hombres, a cazar grandes animales, y las mujeres, a domesticar a los niños, que en aquello tiempos ya era tan complicado como lo es hoy día. En eso no ha habido mucha evolución, ya les digo. Tanto ellas como los niños se dedicaron a la recolección de frutos y al cuidado del fuego. Otros se dedicaron a tallar el sílex para crear puntas de lanza, raspadores y un largo etcétera, y unos terceros curtían pieles. (De estos últimos aprendieron mucho algunos alemanes en ciertos campos europeos en los años treinta del siglo pasado).
Con el descubrimiento de la agricultura y la domesticación de animales en el Neolítico, surgió el sedentarismo, que constituyó uno de los más grandes males de la historia, pues todavía hoy seguimos pagando las consecuencias del aburrimiento generalizado que originó. No así para los psiquiatras, que vieron una oportunidad para hacerse de oro con tanto loco aburrido y tanta esposa desquiciada surgiendo por doquier. Con dicha División y con tanto nuevo oficio los disgustos sociales se multiplicaron y se prolongaron hasta hoy. Y todo motivado por el abandono del nomadismo al establecerse en aldeas, lo cual llevó a la necesidad de producir alimentos, lo que, a su vez, permitió que no todos tuvieran que dedicarse a lo mismo… Un follón histórico, como ya se ha dicho.
Los que no se precipitaron para buscar oficio fueron los listillos: los que lo iban a gestionar todo: los líderes, los jefes, y, junto a ellos, los sacerdotes. Unos y otros formaron a través de la historia buenos equipos para reprimir a los que no seguían sus dictados. Y surgieron las jerarquías sociales, por lo que hubo puteadores y puteados. Después de miles de años las cosas no han cambiado mucho. Continuamos en las mismas, o peor, de lo que no todos somos conscientes.
Voy a dejarlo aquí por ahora. No quiero que se cojan enfados innecesarios. Tan solo decirles que así se sigue escribiendo la historia. Y aunque a veces yo me la tome a broma, quiero recordarles que lo hago únicamente por recomendación médica. Lo digo porque no deseo que haya malos entendidos.
Juan Ramón Hernández Valerón




























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