Vacío

Javier Estévez

[Img #35753]Lo llevo desde niño. No tiene un nombre exacto, o tiene demasiados, pero yo le digo vacío y con eso me basta. Aparece siempre después: después del campamento de verano con los scouts, de las hogueras y los juegos y la felicidad brutal de tener doce, trece, catorce años; después del instituto, de la universidad. Siempre después de cualquier cima. Mi madre lo sabía sin que yo le dijera nada. Nunca le expliqué lo que me pasaba y sin embargo ella insistía: vamos a la playa, vamos al cine. Entendía que esa oscura emoción necesitaba ser narcotizada, conducida lejos del pozo. Hoy sé que le preocupaban mis silencios. Que me conocía más de lo que yo imaginé entonces.

 

De joven, mis resacas eran insoportables porque me hundían en un pozo de desesperanza que me costaba días superar. Ya entonces entendí la ley, aunque no supiera nombrarla: la intensidad de la subida mide exactamente la profundidad de la caída.

 

El fin de semana hubo un estreno. Se llamaba Las estrellas fugitivas y era mío, o lo había sido: una idea trabajada durante meses en silencio, que luego dejé en otras manos, otras cabezas y otras almas para que se volviera carne. Los setenta y cinco minutos que duró la función fueron un éxtasis continuo. Vi cosas que reconocía y que ya no me pertenecían, que eran mejores sin mí. Tras las dos funciones, alguien abrió el grupo de WhatsApp del elenco con esto: ¡Madre mía, la resaca emocional! Otra preguntó, bromeando, si quedaban esa tarde a la misma hora que las tardes anteriores, como si el cuerpo no hubiera asumido todavía que había terminado todo. Cuatro horas después, cuando el chiste ya había caído al fondo, llegó el se me va a hacer raro no verles. Leo y vuelvo a leer sus mensajes y pienso que su vacío y el mío son distintos. Y, sin embargo, los dos pesan lo mismo.

 

No hay forma de prepararse. Solo de reconocerlo cuando llega, como se reconoce la lluvia: uno sabe que va a mojarse, y se moja igual.

 

Hoy aún tengo el nudo en la garganta y los ojos que se rayan solos. Y esa sensación sorda de que algo muy bueno ha terminado, que es también, siempre, la sensación de que algo muy bueno estuvo. Sé que lo que me sacará de aquí será una idea nueva, una esperanza nueva, otro estreno, quizás, esperando en algún lugar del futuro. Mientras tanto, me quedo con esto: el vacío como evidencia. Como la marca en el cuerpo de todo lo que valió la pena.

 

Javier Estévez

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