Gran Canaria responde ante la emergencia

Antonio Morales Méndez

[Img #9304]Hay momentos en los que una isla se mide a sí misma. No solo por la intensidad de un fenómeno natural, sino por la capacidad colectiva de anticiparse, organizarse y responder con responsabilidad. La borrasca Therese ha sido uno de esos momentos.

 

Desde que tuvimos conocimiento el martes 17 de marzo de la posible dimensión de este episodio meteorológico, que podía convertirse en el más intenso de los últimos 13 años, activamos desde el Cabildo de Gran Canaria todos los mecanismos a nuestro alcance. No se trataba unicamente de reaccionar, sino de anticiparnos. De prever escenarios, organizar recursos y coordinarnos con todas las administraciones implicadas.

 

Así, pusimos en marcha un dispositivo amplio y robusto, con casi dos mil personas movilizadas en distintos momentos y se decidió declarar el nivel 1 de emergencia en el marco del Plan Insular de Emergencias. Un despliegue que integró a personal del Cabildo: Medio Ambiente, Carreteras, Consejo Insular de Aguas, Consorcio de Emergencias, Bomberos Forestales y comunicación, junto a policías locales, Policía Nacional, Policía Canaria, GES, bomberos de SBT y de LPGC,DGT, personal municipal, Guardia Civil, Protección Civil, Cruz Roja, empresas de servicios, la UME y el conjunto de los servicios de seguridad y emergencias del Gobierno de Canarias, Emalsa, Canaragua y Red Eléctrica. Creo que los he citado a todos

 

Han trabajado con una profesionalidad extraordinaria y han demostrado su fortaleza y la necesidad de contar con servicios públicos capaces de afrontar el enorme reto de proteger la seguridad colectiva. Les expreso la mayor de las gratitudes en nombre de la ciudadanía grancanaria. Lo dieron todo cada mañana, cada tarde, cada noche y cada madrugada. Siempre atentos, actuando, protegiendo, analizando las claves climatológicas para intervenir con mayor seguridad, informando…

 

La clave, desde el primer momento, fue la coordinación. Mantuvimos reuniones constantes con los ayuntamientos y con los distintos cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado. La respuesta no podía ser fragmentada. Tenía que ser unitaria, coherente y ágil. Y lo fue.

 

Al mismo tiempo, entendimos que, en una situación de este tipo, la información es tan importante como cualquier recurso material. Por eso, desde el primer instante ofrecimos una comunicación continua, precisa y transparente a la ciudadanía. Frente al ruido, frente a la incertidumbre y frente a los bulos de las redes sociales, especialmente sensibles en lo relativo a las presas, la información oficial ha sido el mejor antídoto. Y en esto han jugado un papel importante los medios de comunicación.

 

Los primeros días estuvieron marcados por lluvias persistentes y vientos intensos, con rachas que superaron los 120 kilómetros por hora en algunos puntos de la isla, y precipitaciones generalizadas que afectaron a buena parte del territorio. A ello se sumaron incidencias en carreteras, desprendimientos, desbordes de barrancos y actuaciones preventivas como desalojos puntuales en zonas de riesgo.

 

Adoptamos decisiones difíciles pero necesarias. Se suspendieron actividades al aire libre, se cerraron instalaciones y se limitaron accesos a determinadas zonas, especialmente en cumbres y barrancos. Cada medida tenía un objetivo claro: reducir riesgos y proteger a las personas.

 

A partir del domingo 22 de marzo entramos en una segunda fase del fenómeno, caracterizada por la aparición de células convectivas: lluvias intensas, muy localizadas y difíciles de predecir y que se mostró especialmente agresivo en la madrugada del martes 24. Nos dejó carreteras cortadas, cauces desbordados, presas rebosando, núcleos de población aislados…Esto exigió elevar el nivel de alerta y reforzar la vigilancia en puntos especialmente sensibles del territorio.

 

El martes 24 dimos un paso más, activando el nivel 2 de emergencia para poder contar, si era necesario, con el apoyo de la Unidad Militar de Emergencias. Una decisión que responde a un principio básico en la gestión pública: anticiparse también a los peores escenarios, aunque finalmente no se materialicen en toda su magnitud.

 

Llegados a este punto quiero señalar que es un desprecio a las islas, y un desconocimiento de las competencias de sus cabildos, la obsesión del Ministerio de Defensa de impedir que los gobiernos insulares puedan pedir directamente a la Unidad Militar de Emergencias su participación en una situación de esta envergadura. Obliga a elevar el nivel sin necesidad, solo para hacer posible la participación de los militares que observan desde Gando las consecuencias del fenómeno meteorológico adverso sin poder actuar.

 

Durante estos días, hemos visto trabajar sin descanso a cientos de profesionales. Han conformado equipos que han intervenido en carreteras, en cauces, en núcleos de población, en los rescates de personas que han sido necesarios y en puntos críticos de la red hidráulica. Hemos visto también una coordinación efectiva entre administraciones y una respuesta ejemplar de todos los dispositivos de emergencia, seguridad y orden público.

 

En Gran Canaria hemos aprendido algunas lecciones importantes en materia de prevención de emergencias. Hace diez años no contábamos ni con estos dispositivos, ni con la sólida, solvente y profesional organización operativa para responder a cada situación. Igualmente el crecimiento de los equipos de Protección Civil, la estabilización de los bomberos forestales y la práctica de integración de todos los servicios, especialmente con los ayuntamientos, nos ha colocado en una situación de mayor seguridad y profesionalidad ante riesgos mayores derivados del cambio climático.

 

Pero quiero destacar, con el mismo énfasis, la actitud de la ciudadanía. Gran Canaria ha demostrado una madurez colectiva y una cultura preventiva que debemos reconocer. La mayoría de la población - frente a una minoría irracional- ha seguido las indicaciones, ha evitado desplazamientos innecesarios y ha actuado con responsabilidad. Eso ha sido determinante. Porque, dentro de la gravedad de este episodio, podemos afirmar que se ha garantizado la seguridad de las personas. Y ese es siempre el principal objetivo.

 

Al mismo tiempo, esta borrasca nos deja una lectura positiva que no podemos obviar. Las lluvias han supuesto una aportación extraordinaria a nuestras presas, que han acumulado millones de metros cúbicos de agua - aun no tenemos el dato definitivo- en pocos días. Un volumen que no se registraba desde hace décadas y que tiene un valor estratégico para la isla, especialmente para el sector primario y la seguridad hídrica.

 

Es una paradoja que conocemos bien en territorios como el nuestro: los mismos fenómenos que generan riesgo son, al mismo tiempo, una oportunidad para reforzar nuestra resiliencia. Por eso, la gestión de esta emergencia no termina cuando cesa la lluvia. Continúa con la evaluación de lo ocurrido, con la mejora de los protocolos, con la inversión en infraestructuras -nos costará muchos millones afrontarlo- y con la consolidación de una cultura preventiva que nos permita estar aún mejor preparados para el futuro.

 

Gran Canaria ha respondido. Lo ha hecho con responsabilidad institucional, con coordinación entre administraciones, con el compromiso de los servicios públicos, con una prensa necesaria y parte activa y con la implicación de la ciudadanía. Nos tiene que llenar de orgullo reconocerlo cuando situaciones similares han acabado en catástrofes que no se olvidan y terminan en tragedia. Esa es la verdadera fortaleza de esta isla. Y es, también, la mejor garantía para afrontar los desafíos que vendrán.
 

Antonio Morales Méndez

Presidente del Cabildo de Gran Canaria

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