
Hoy, martes 24 de febrero, compré EL PAÍS porque en portada anunciaba una entrevista realizada a Manuel Vicent por Juan Cruz Ruiz: dos escritores que pesan lo suyo y saben lo que se traen entre manos.
Y recordé que en mis primeros inicios de profesor de Lengua y Literatura fotocopiaba las historias que nos contaba Vicent. No solo el alumnado se sorprendía de la fotocopia recibida, del tamaño de una hoja de periódico, pero más limpia, sino que una vez leída servía para unas cuantas clases de las que impartí en aquellos momentos. Eran los tiempos en que los alumnos leían y a internet ni se le esperaba en el horizonte más cercano. Ahora Manuel Vicent está a punto de cumplir 90 años y sigue escribiendo en el mismo periódico. Cuando las hazañas se sustancian debidamente, Juan Cruz suele dar en el clavo. Y esta es una de las tantas ocasiones. Por eso Manuel Vicent, junto al Mediterráneo, su mar y su libertad, vive de la manera en que lo hace: la sencillez marca la pauta, dice las cosas por su nombre y a toda prueba de honestidad destaca su actividad.
No recuerdo apenas los textos que utilizaba en clase, pero sí creo recordar que se publicaban los sábados, con lo cual disponía de tiempo para redactar una batería de preguntas que hablasen de Lengua y Literatura: comprensión lectora y criterio personal. Así que Manuel Vicent siempre me ha acompañado: ha sido honesto con su trabajo y su sorprendente punto de vista, que no es más que otra manera de mirar, ha servido de entusiasmo y estímulo constante de aquel profesor que fui en un tiempo ya lejano. Espero, y deseo, que los alumnos de aquel entonces, al menos a uno, le haya servido para el objetivo que nos marcamos en un tiempo indefinido. Si ha sido así, habrá valido la pena. Pero no se crean que fue fácil. Tras una primerísima etapa donde temía las preguntas del alumnado, que me provocaban un miedo atroz, creía que debía ser infalible, hasta que descubrí que no se puede estar en todo. Y que nadie es perfecto. Por eso, quizás, me apoyé en opiniones expertas del momento donde la Literatura servía de fondo. Me imagino que ahora ocurrirá más o menos lo mismo, pero se ha de tener en cuenta otras variables, que presumo más difíciles.
En cualquier caso, Manuel Vicent siempre ha estado ahí, aunque él no lo sepa, en su sitio: EL PAÍS ha servido de todo; no solo por su trayectoria articulista, sino porque su grata presencia ha devenido en rigor, seriedad y sencillez que, unidas las tres, ha demostrado una peculiar manera de ser, estar y sentir. Que dicho ahora y con el paso del tiempo no es poco.
Sí, era el tiempo en que los alumnos leían y uno recomendaba la lectura de cualquier periódico impreso porque siempre se escribía bien y no se cometían los errores inexplicables de estos tiempos de ahora, tan venidos a menos. En fin, que la vida consiste en ir dando vueltas por ahí hasta que la rueda de la existencia se detiene. Que siempre sucede.
Juan FERRERA GIL































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