La serenata

Quico Espino

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-Yo creo que es la Rondalla Canaria, que le está ofreciendo una serenata a Sarito, por su onomástica. Pues sí que tiene perras el que le brinda la parranda, pues esa rondalla debe cobrar por lo menos ochocientas pesetas, cien para cada uno, o una, porque son más las chicas que los chicos. 
 
Eran los años sesenta del siglo pasado. Estaban de moda las serenatas. Sobre todo en las onomásticas, pues por entonces se llevaba más el santo que el cumpleaños. Recuerdo que mi madre siempre me felicitaba el día de San Francisco, el de Asís, el cuatro de octubre, pero no tenía en cuenta la fecha de mi nacimiento. 
 
Era habitual ver a una rondalla frente a una casa, enfrascada en una serenata, y a la persona agasajada asomada a la puerta, a la ventana o en el balcón,  (“… asómate al balcón, carita de azucena”) escuchando risueña a los parranderos o parranderas, pues al lado solía aparecer quien había contratado a los músicos para que actuaran. Siempre, o casi siempre, era un hombre el que concertaba la cita con la rondalla y, por lo general,  la serenata iba dedicada a una mujer.
 
También por aquellas fechas sonaba en la radio, no recuerdo si Radio Las Palmas o Radio Atlántico, La Ronda, que era un programa en el cual la gente pedía y dedicaba una canción a quien quería, por diferentes motivos, ya fuera por su boda, su santo, su cumpleaños, porque se había mudado de casa, un viaje… Y en este caso se diversificaba el género, que tanto era masculino como femenino, aunque predominaba el primero.
 
-Y ahora una ronda más para la señorita fulanita de tal. Su novio, que trabaja en una plataforma petrolífera de Mauritania, le desea que pase una noche muy feliz en compañía de sus padres y hermanos –decía el locutor, muy simpático él, siguiendo la dinámica del programa.
 
A esta señora tan elegante que se encuentra como ausente y que parece estar bordando una especie de colcha,
 
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… le gustaba mucho la música clásica, sobre todo la sonata para solo de violín en sol menor de Johann Sebastian Bach, y solía llamar a la radio para pedir que le pusieran el tema que tanto adoraba. Y cuando sonaba, se imaginaba al violinista
 
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… emperifollado, con buen color, repeinado  y con la imaginación puesta en ella, jovencita, flotando en un plano superior, reverenciada, con una gran melena, un traje negro ajustado con cientos de estrellas y una luna, unos zapatos del mismo color, y, además, agarrando por la punta el arco del violín que él estaba tocando, como si estuvieran unidos por la música.
 
Para ella era como una serenata. Y durante el rato que duraba el tema, volvía a sentirse como si tuviera quince años, como si fuera la niña bonita, que fue cuando le empezó a gustar la música clásica y cuando oyó por primera vez que la música amansa a las fieras. 
 
Recuerdo que mi madre, no sé si porque le encantaban las coplas que entonaba, o los tango que cantaba mi padre, en vez de decir “las penas con pan son menos”, que más adelante se universalizaría en la novela de la escritora mejicana Laura Esquivel “Como agua para chocolate”, decía “las penas con música son más llevaderas”.
 
Texto: Quico Espino
Fotos: Claudino Romero y François Hamel
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