Transitar por la vida caminando

Juan Ramón Hernández Valerón.

[Img #32956]Tengo amigos, muy buenos amigos, que caminan mientras transitan por la vida. Amigos por los que siento mucha admiración y respeto porque practican una filosofía de vida que me llama mucho la atención.
 
La mayoría de estos caminantes rondan los sesenta y algunos hace un rato largo han  cruzado esa frontera. En su transitar por la vida han visto de todo y han pasado por casi todo. Aparte de agua y comida llevan en sus mochilas tres kilos de experiencia, dos de desilusiones, tristezas y amarguras, setecientos cincuenta gramos de alegrías, quinientos de batallas perdidas, doscientos gramos de caídas y cien de anhelos y esperanzas.
  
Todo ello cabe en sus mochilas y, caminata tras caminata, han sido capaces de llevar este peso porque han ido fortaleciendo sus piernas, su corazón  y su mente a partes iguales. Transitan por la vida salvando los obstáculos que se les ha presentado en cada momento, sin dejarse vencer por el cansancio acumulado ni por la carga que suponen las penas y amarguras.
 
A veces, los obstáculos son tan enormes, ocupan tanto espacio en el camino que creen no van a poder sortearlos, pero ellos no se amilanan ni cejan en su empeño por lograr seguir adelante, aunque para ello tengan que dar un rodeo que les haga volver al sendero. Son caminantes avezados, no se detienen ante cualquier dificultad. Están muy curtidos y experimentados.
 
Han recorrido muchos lugares, han pateado todos los senderos, conocen al dedillo todos los vericuetos, no se les escapa ningún detalle; se guían por su instinto y experiencia para no perder la senda ni perderse mientras caminan; saben ponerse en el lugar del otro, son solidarios y te dan consejos que te ayudan a sobrellevar la marcha; son sabios e indulgentes, son los amigos con los que siempre has deseado compartir la vida, los que están en la misma sintonía que tú, aquellos con los que compartes agua, comida, conversación, alegrías y penas, anhelos y esperanzas.
 
A veces, muchas veces, te has despistado y, sin querer, te has quedado atrás. Y te angustias porque no oyes a los que iban delante de ti. Te has quedado solo y te entra el pánico, pues la región por la que transitas te es desconocida y te pone excesivamente nervioso e inseguro, porque temes no encontrar de nuevo la senda. 
 
Cada vez es mayor la afición por el senderismo. La gente comienza a entender que los seres humanos necesitamos estar en continuo contacto con la naturaleza, de la que, sin saber bien por qué, nos hemos apartado, sustituyéndola por pistas de asfalto, aglomeración y ruidos. Ello nos has llevado a sentirnos solos en medio de tanta gente. Por eso necesitamos tanto la naturaleza, el bosque, contemplar el agua precipitarse barranco abajo en busca de un lejano mar; transitar por un espacio natural alejado de la civilización; admirar la majestuosidad de una montaña; oír el arrullo de las olas; deleitarnos con el canto de un pájaro; escuchar el ulular del viento; sentir el ligero aire frío en el rostro por la mañana, nada más comenzar la ruta; percibir el penetrante olor de una planta; gozar con el roce de la vegetación; maravillarnos con la lluvia tranquila, serena, sosegada; sobrecogernos con la incomparable contemplación de un amanecer y la fascinación de un atardecer; impactarnos con la quietud de la noche; deslumbrarnos con la observación de las estrellas mientras te embarga la emoción de sentirte vivo y en paz contigo mismo. 
 
Luego, al finalizar la caminata, sentarte a descansar en torno al cálido fuego de la amistad mientras escuchas el sonido inigualable de una guitarra que te transporta a la niñez, a los momentos felices y añorados de la juventud, a un tiempo que siempre crees que fue mejor, mientras tus ojos se van cerrando y tú luchas por mantenerlos abiertos, pero el sueño se va apoderando poco a poco de ti, porque las caminatas son duras y te cansas, pero no te importa, porque, a pesar de todo te sientes feliz por el tremendo esfuerzo realizado, y porque se ha instalado dentro de ti una paz interior que regenera cada una de tus células.
 
Y piensas que todo eso no es sino volver a encontrarte cada cierto tiempo contigo. Esa conciencia recobrada, esos instantes pasados con gente tan en sintonía con uno es el antídoto que algunos seres humanos necesitamos para seguir conectados a este mundo que corre muy deprisa sin que tengamos apenas tiempo para detenernos en los pequeños detalles, para poner atención al otro, para decirle simplemente “aquí estoy, puedes contar conmigo”.  
 
Parece que lo que interesa es llegar al final de la meta sin saber bien para qué, solo llegar como sea, sin detenerse un momento a contemplar el paisaje, a oler una flor, a observar la paciente laboriosidad de las hormigas, a charlar sin prisas con los amigos, a descubrir el verdadero valor de las cosas que nos rodean, a recobrar el auténtico sentido de la vida.
 
A lo mejor sería bueno y necesario que nos detengamos un momento a reflexionar sobre nuestros actos para que nos demos cuenta de los terriblemente infelices que a veces nos sentimos. Para que  caigamos en la cuenta de que el culto a la individualidad que nos vende este sistema en el que estamos inmersos no es sano, bueno ni asumible, porque nos está llevando por senderos que no deberíamos transitar si queremos sentirnos bien y en paz con nosotros mismos y con el mundo.
 
Juan Ramón Hernández Valerón
Comentar esta noticia

Normas de participación

Esta es la opinión de los lectores, no la de este medio.

Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios inapropiados.

La participación implica que ha leído y acepta las Normas de Participación y Política de Privacidad

Normas de Participación

Política de privacidad

Por seguridad guardamos tu IP
216.73.216.46

Todavía no hay comentarios

Quizás también te interese...

Con tu cuenta registrada

Escribe tu correo y te enviaremos un enlace para que escribas una nueva contraseña.