Preguntas y reflexiones sobre el mal (y nuestra forma de afrontarlo)
Hace unas semanas tuve el placer de visionar 'Cortafuego', un film dirigido por el director, guionista y productor catalán, David Victori, en el que recrea las vicisitudes de una familia en pleno proceso de duelo que acuden a una moderna casa en mitad de un bosque para recoger las pertenencias del padre de familia, fallecido por enfermedad en aquella misma casa. Al duelo de la madre, interpretada por la actriz sevillana Belén Cuesta, y su hija pequeña, de unos ocho años, se suma una situación extrema generada por un incendio que comienza a rodear el bosque donde está ubicada la vivienda de madera. Junto a la casa hay otra vivienda donde reside de forma permanente el guarda forestal de la zona, interpretado magistralmente por el actor de Gerona, Enric Auquer.
La trama comienza cuando, en medio de una situación de emergencia provocado por el fuego, la hija desaparece. Los servicios policiales centrados el incendio que avanza devorando el bosque, desisten en la búsqueda de la niña y dejan a la madre, acompañada por su hermana, su cuñado y el hijo de ambos, en medio del bosque con la orden de abandonar el lugar. En este contexto, se produce el momento de suspende cuando la familia se entera de que fue el guardabosques la última persona en ver a la niña, generando una sospecha sobre él que se acrecienta cuando se descubre la pulsera de la pequeña en el interior del coche del guarda forestal.
A partir de ahí, la película comienza a sufrir una espiral de violencia que me hizo reflexionar sobre los límites morales de las personas, o más bien, sobre cómo las personas nos saltamos esos límites cuando nos enfrentamos a una situación límite, especialmente si esa situación genera un peligro para las personas que más amamos. De hecho, es en el enfrentamiento entre la madre y el guardabosques donde la cinta adquiere su momento culmen de dramatismo. Un enfrentamiento entre una madre desesperada que busca a su hija y un hombre del que todos sospechan y sobre el que los demás deciden que es el culpable de la desaparición de la niña. Culpable sin pruebas, sin hechos que lo corroboren, sin juicio. Culpable porque buscan respuestas y necesitan un chivo expiatorio. Y ahí está el quid de la cuestión: cómo una familia normal, socialmente estructurada, con principios y valores éticos, decide tomarse la justicia por su mano y llegar incluso a ejercer violencia sobre una persona porque piensa que uno de los suyos está siendo atacado. Aún sin pruebas de ello.
Creo que esta cinta tiene el poder de situarnos ante un espejo para formularnos esa pregunta incómoda que todos los que tenemos cierto criterio no quisiéramos nunca tener que afrontar: ¿hasta dónde estarías dispuesto a llegar, hasta qué punto de uso de la violencia podrías llegar, si sospechas, solo sospechas, que uno de los tuyos está siendo agredido de alguna manera? Resulta muy interesante esta diatriba moral. ¿Seremos capaces de perder la cordura, de romper con todos nuestros principios éticos, con nuestra moral, para defender a los nuestros? ¿Seremos capaces de tomar la justicia por nuestra mano sin medir las consecuencias ni para los demás ni para nosotros mismos?
Me parece de lo más apropiado traer aquí estas preguntas ante el panorama político actual: ¿seremos capaces de golpear, violentar, humillar e incluso asesinar por supuestamente defender a nuestro país, aún sin tener la certeza de una culpabilidad, sin una causa que los justifique? ¿Seremos capaces de dejarnos llevar por esta escalada de violencia que sacude el mundo actual, auspiciado y alentado por estados criminales como Estados Unidos e Israel que no dudan en utilizar sus bombas y lanzar sus misiles sobre un colegio de niñas, saltándose todas las convenciones del derecho internacional y del respeto mínimo hacia los derechos humanos con el solo objetivo de obtener beneficios económicos y territoriales?
¿Estaremos tan dominados por estos personajes que juegan a ser emperadores del mundo enarbolando un credo de apología del mal y del odio? ¿Seremos la sociedad civil, la que todavía cree en la ética, en los derechos humanos, en el pacifismo, en la no violencia, en el ejercicio de la diplomacia, capaces de frenar esta escalada de violencia o nos sumaremos a ella aplicando aquello de que mientras no se toque a mi familia, no me importa? ¿Seguiremos mirando para otro lado sin hacer nada para frenar a estos desalmados que están llevando al mundo a su destrucción? ¿Seguiremos cuestionando a los presidentes europeos que aseveran con firmeza que ese no es el cambio, que abogan por el respeto al orden internacional, que afirman no a la guerra? ¿Estamos en un momento del 'sálvase quien pueda'? Da pavor ser consciente de las posibles respuestas...
En estos días he terminado de leer el ensayo Decir el mal: La destrucción del nosotros, obra de la filósofa Ana Conde-Carrasco, que profundiza sobre el concepto del mal, haciendo un recorrido a través de los distintos posicionamientos de los grandes pensadores de la historia de la filosofía, desde Sócrates a Hannah Arendt, pasando por Platón, Agustín de Hipona, Schelling, Kant, Marx o Sade. En su trabajo nos adentra en diversos ejemplos de la maldad más feroz del ser humano partiendo de un hecho concreto de la mitología griega relativa al lanzamiento del niño Astianacte, hijo de Héctor y Andrómena, desde las murallas de Troya. A partir de ahí la autora discurre en su argumentación para proponernos la siguiente reflexión: ¿es el mal algo tan humano que lo asumimos y justificamos, sin más?
Hacer el mal supone romper la convivencia en paz con los otros, destruir los vínculos de la comunidad, generar odio y violencia en nuestro propio beneficio bien o bien porque me conviene, o porque me genera placer o porque prevalece aquello de 'primero yo'.
Quiero detenerme en la figura simbólica del oso dentro del film. El padre fallecido esculpía en madera osos, supuestamente desaparecidos y ya inexistentes en ese bosque, situado en algún punto de Cataluña. El oso como la figura simbólica del padre fallecido pero también como símbolo de protección, el instinto maternal. De hecho, el guardabosques, preguntado por la guardia civil de dónde habían surgido las heridas que tenía en su cuerpo, afirma que haber sido atacado por una osa que solo pretendía defender a su familia.
Dudo mucho de que los colonos israelitas que en estos momentos están ocupando las casas y terrenos de los desterrados a base de bombas de Gaza o el Líbano estén defendiendo a sus familias, aunque probablemente estén convencidos de ello o hayan sido impulsados a verlo de esa manera para justificar sus acciones sin cuestionarse si quiera de lo injusto y deplorables que resultan. Probablemente hasta lo conciban como un derecho divino del pueblo israelita sobre el palestino. Como indica Conde-Carrasco, entender no es justificar.
El Gobierno de Netanyaju lleva décadas insuflando entre su población el odio a los palestinos hasta tal punto de concebirlo como animales, seres sin alma, los ha deshumanizado para poder atacarlos y violentarlos sin remordimientos, tal y como hicieron los nazis a los judíos en los campos de exterminio nazi. O tal y como lo hicieron los tutsis en el genocidio de Ruanda, durante el cual, en apenas unos meses de 1994, se asesinó entre 500.000 y un millón de tutsis y fueron violadas entre 250.000 a 500.000 mujeres. Una vez más, como en cualquier conflicto bélico, la violación como arma de guerra.
Solo deshumanizando al otro se podrá hacinarlos en vagones como animales, convertir sus restos en jabón, utilizar el cuerpo de un bebé recién nacido como si fuera un balón de fútbol o reducirlos a cenizas, como fueron tantas y tantas personas en los campos de exterminio nazis. Pero también como están siendo tratados ahora, en pleno siglo XXI, el pueblo palestino, la población ucraniana o la de Irán, a pesar de estar este último dominado por un gobierno despótico, misógino y dictador de una ayalotá. Cualquier dictadura, sea esta religiosa, política o militar, se asienta sobre el dolor y la opresión de una población. Y como estamos viendo todos los días, la violencia solo trae consigo más violencia y destrucción.
Hoy más que nunca debemos contar con principios pacifistas de comportamiento. Enarbolar el entendimiento y el diálogo. Apostar por la diplomacia y el respeto al derecho internacional. Los habitantes de este planeta en peligro solo queremos vivir en paz. Ver crecer a nuestras hijas e hijos. Intentar ser felices, sin más. Eso es todo.
Cuando vi la película 'Cortafuego' como cuando leo los periódicos o veo los telediarios, parafraseando al cantautor argentino León Gieco, solo le pido a dios (o a mi conciencia) que lo injusto nunca, nunca me sea indiferente; que el dolor del otro nunca, nunca deje de dolerme.
Por eso, ahora y siempre, exclamo y grito: ¡NO A LA GUERRA!
Josefa Molina

































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