Mi bisabuela Paula después de la esquila, recogió y lavó los vellones de las ovejas en el barranco y durante aquellos días de caluroso verano los puso a secar en un extremo del patio, bajo el manzano. Entrado ya el otoño, cardó e hiló la lana en la rueca, obteniendo una gran madeja que llevó al telar de cha Petra en Caideros, a ésta, en pago por el tejido, mi bisabuela le ofrece un suculento queso y un corderillo. Al poco tiempo tiene entre sus manos un paño tirando a un blanco-beig, que no tarda en convertir en la chaqueta que tenía en mente hacía ya casi un año desde que su marido, José, esquiló las ovejas. Se alegró que sobrara para un fajín.
Paula sorprendió a su marido con la chaqueta de estameña el día de San José, fiesta de su barrio. Estaba muy elegante arropado con aquella prenda forrada de lino que prometía inviernos cálidos cuando estuviera por las cumbres con su ganado. Por lo que me cuentan mis padres, mi bisabuelo nunca se quitó esa chaqueta; formaba parte de él ,impregnada del aroma del ganado y los olores del campo: romero, tomillo, salvia…, y del tabaco de hoja que fumaba en cachimba tiñendo de amarillo su canoso bigote. Al morir, mi abuelo heredó el ganado junto con su chaqueta, la cual había obtenido con el tiempo, un cierto color marrón claro, pero seguía amorosa y confortable, sólo se la quitaba y llevaba sobre los hombros cuando hacía la trashumancia a la montaña de Amagro, zona más cálida que las Medianías de donde procedía.
Cómo había de esperar, mi abuelo falleció a una edad muy avanzada sentado en el poyo del patio, bajo el manzano, mientras dormitaba una tardecita arropado con su chaqueta de estameña. Mi abuela, entre lloros y ayayais le quita la chaqueta y lo acuesta llamando a su hijo, a grandes y estranguladas voces, ofreciéndole la prenda con mucha reverencia cual si fuera un distintivo de la familia; como un legado…
Así fue como mi padre siguió con la tradición de ovejero llevando esta chaqueta que parece incombustible, ahora más oscura de color, pero perfecta, que guarda los olores familiares de sus antepasados junto con los del campo donde se criaron. A su muerte fue mía, yo también soy ovejero, pero no la uso en mi trabajo; uso prendas modernas, más livianas y aptas para la lluvia que me facilita el trabajo con el ganado, pero la chaqueta de mis antepasados, que cardó e hiló mi bisabuela, la guardo como un tesoro en una caja de cedro a salvo de polillas, y me la pongo con mucha reverencia cuando voy de romería a Gáldar con el ganado para que Santiago me lo bendiga y a la vez bendiga esta prenda que lleva la esencia de los míos seguro de que ellos recibirán esta bendición en el Más Allá.
Texto e ilustración: Juana Moreno Molina
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