Las élites de poder occidentales. Sin patria ni ley
Hace siglos que ante el resto del mundo la cultura occidental pretende ser el espacio geopolítico más tolerante en creencias, erudito en conocimientos, competente en tecnologías y avanzado en artes. Y como colofón de esas auto arrogadas virtudes, desde mediados del siglo pasado, Occidente también considera que está conformado por los países más democráticos, los que más respetan el derecho internacional y los más responsables medioambientalmente, aunque, últimamente con la notable excepción de los EE. UU. No obstante, esta imagen autocomplaciente ha venido contestándose cada vez más críticamente desde dentro y fuera del imperio. Y razones no faltan.
Aun así, entre sus ciudadanías el prestigio de las instituciones occidentales ha sido notable, sobre todo en Europa y durante el largo periodo de vigencia de los Estados del Bienestar. Pero, cuando la crisis del petróleo de 1973 puso en evidencia las debilidades de ese modelo y contribuyó a poner fin a los treinta años gloriosos de crecimiento y bonanza, las élites de poder empezaron a desembarazarse del consenso asumido tras el fin de la segunda guerra mundial, con la instauración del Neoliberalismo que empezó a cambiar las tornas drásticamente.
El régimen político, económico y cultural neoliberal trajo el cambio de paradigma de la desregulación legislativa, la flexibilización de los mercados laborales, la privatización de recursos públicos y la apertura comercial. Redefinió el papel de los Estados, de protectores sociales a garantes de las fuerzas del mercado, provocó precariedad salarial y aumento del desempleo. E impuso que las políticas económicas se centraran en el control de la inflación y la austeridad, a menudo, incluyendo una mayor desigualdad social y la distribución desigual del poder.
A nivel externo, la economía occidental, buscando la expansión global de sus mercados, eliminó barreras comerciales e impulsó el libre comercio, facilitando la circulación de capitales productivos y financieros a gran escala, preferentemente hacia la nueva fábrica mundial, China, su actual Némesis. Las empresas transnacionales adquirieron una influencia comparable a la de los estados nacionales, condicionando las políticas de los países para atraer inversión extranjera.
Así mismo, la desintegración de la Unión Soviética contribuyo a consolidar este sistema a nivel mundial hasta conformar un único mercado funcional al capital transnacional: la globalización. Este proceso sirvió, como es notorio, para que los más poderosos aumentaran la concentración de riqueza a costa de profundizar la desigualdad social.
Y cuando, tras décadas de privatizar ingentes beneficios especulativos se provocó la Gran recesión en 2008, con la transferencia de los fallidos financieros de la gran banca a los Estados, todo fue a peor. Pues en vez de reconocer la inviabilidad sistémica el modelo, se aplicaron recortes sociales hasta el “austericidio”, hubo perdida de propiedades y empleos masivos, se generalizó (vía “financiarización”) el endeudamiento y se extremó la dualización económica a beneficio de los más poderosos.
Hoy, en su imparable declive, el neoliberalismo sufre una reacción antagónica interna con el "trumpismo", el cual, frente al afán globalista, partidario del libre comercio y de la manipulación de las instituciones internacionales del original, es proteccionista, nacionalista, abiertamente hostil a las reglas globales y temerariamente beligerante. Lo que nos lleva a las puertas de que este modelo extractivista, insolidario y voraz nos arrastre a males aún mayores y sin posibilidad de retorno.
En este momento histórico crítico como nunca, aun siendo las principales responsable del desastre a las puertas, las élites -esas minorías con un poder desproporcionado que ocupan en la cumbre de las sociedades las posiciones estratégicas en las principales instituciones políticas, económicas y militares -en vez de contribuir a concentrar todas las capacidades en lidiar con los desafíos mayores de la desestructuración ecológica planetaria y en poner coto a las crecientes fracturas geopolíticas mundiales, siguen aplicadas en perseverar, patológicamente, en manipular, acaparar, reprimir y destruir. Sin patria ni ley.
Xavier Aparici Gisbert































Normas de participación
Esta es la opinión de los lectores, no la de este medio.
Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios inapropiados.
La participación implica que ha leído y acepta las Normas de Participación y Política de Privacidad
Normas de Participación
Política de privacidad
Por seguridad guardamos tu IP
216.73.216.159