Creo haber visto ya el charco
donde se escondía la luna
cuando el sol la perseguía
porque la veía desnuda.
Entonces se revestía
con una bata de bruma,
huyendo del astro rey
que admiraba su figura.
Él se había enamorado,
al mirarla clara y pulcra,
y su rostro se tiñó
del color de la aceituna.
Desde su lecho, sombrío,
la contempló, cual pintura,
surgiendo detrás del Teide
más radiante que nocturna.
Le pareció misteriosa,
la miró como a una bruja
que robó su corazón
sin contemplación ninguna.
Sacudido por el aire,
maldiciendo su fortuna,
dio alaridos por el cielo
creando nubes de espuma.
La luna no se enteró.
Presumida, presta y pura,
quiso dar alas al viento,
cuya exhalación la acuna.
Después se dejó llevar,
cual si fuera una burbuja
que se desplaza en el cosmos
y que la corriente empuja.
Navegando entre las nubes,
mirando a la mar oscura,
los celajes sorteó
sin necesitar ayuda.
Se columpió entre las olas
como si fuera una pluma.
Las aguas se sorprendieron
al sentirla tan segura.
Y la luna, salerosa,
se vistió con una blusa
de lunares, cual gitana,
y bailó una hermosa rumba.
Quico Espino
Fotos: Ignacio A. Roque Lugo y Eduardo García
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