Palabras periodísticas del profesor Humberto Hernández

Nicolás Guerra Aguiar

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La lengua, estimado lector, es el imprescindible instrumento para la comunicación tanto oral como escrita, popular (que no vulgar) o literaria. Y precisamente por esta última variante (con frecuencia en el lenguaje poético y el del romance tradicional) a veces no puede limitarse a la oferta léxica del Diccionario: necesita mantener identidades, arraigos, pálpitos...

 

Así, el muy frecuente rechazo de paisanos canarios a voces como seba, enyesque, garepa, jaca (‘cangrejo grande’) conduto… impacta a quienes nos identificamos con nuestra tierra. Aquellas aparecen registradas en el Diccionario básico de canarismos (Academia Canaria de la Lengua), mas no en el de la RAE. (El profesor Hernández Hernández lamenta -y somos muchos- cómo en colegios e institutos de Canarias no se trabaja con los discentes para su identificación racional-sentimental y por nuestra riqueza dialectal.)

 

Y tampoco las rigurosas estructuras sintácticas impuestas desde las primeras arribadas a las aulas (sujeto, verbo, complementos…) pueden condicionar a un conjunto aparentemente desordenado de palabras cuyas combinaciones responden a muy usuales usos y costumbres de sectores sociales. Así, por ejemplo, ¿es incorrecta la construcción cubana “¿Qué tú quieres de mí?”. A fin de cuentas nos educaron en “Yo amo, tú amas, ellos aman...”, pronombres antepuestos a la forma verbal.

 

El incumplimiento por parte de Bécquer de la conservadora organización arriba expuesta me impidió entender, de pollillo, la primera estrofa de una Rima suya: “Del salón en el ángulo oscuro […] / veíase el arpa”. Ya casi galletón me explicaron las razones por las cuales una figura literaria, el hipérbaton, había permitido alterar el orden tradicional (“El arpa se veía / en el ángulo oscuro del salón”). La lengua, pues, oferta recursos y variantes rigurosamente legítimos para la relación emisor – receptor. De entre ellos destaco hoy la riqueza dialectal, de cuya presencia en Canarias también sabe -y mucho- el profesor nombrado en el titular.

 

Y me anima sobremanera, estimado lector, la gozosa lectura de No hay dialecto pequeño, cuarenta y cuatro artículos periodísticos de Humberto Hernández Hernández, hasta ayer presidente de la Academia Canaria de la Lengua y catedrático de Filología Española en la entrañable Universidad lagunera. Pero antes, inicial magisterio en la escuela y, desde siempre, su condición profesoral de Maestro... Y en este libro, además, destaca su extraordinaria dedicación profesional y sentimental en torno al español hablado en Canarias, vinculaciones con la América hispana, diferencias con el español peninsular, aportaciones, arraigo regional desde la universalización…

 

Por tanto, lector, asimismo miembro de la rigurosa lista en la cual figuran otros profesores y sabios investigadores (alguien escribió que el dialecto canario es uno de los más estudiados del país. No obstante, permítame una intromisión: ¿también es el más conocido en todas las aulas de nuestros colegios, institutos? A fin de cuentas forma parte de bienes culturales regionales, de nuestra personalidad isleña).

 

El libro, recién publicado y recibido (gracias, don Profesor) está racionalmente organizado en tres grandes bloques de artículos aparecidos en prensa (2019-2025). Se relacionan, respectivamente, con la defensa del español, la política lingüística y la diversidad lingüística. Arquitectura esta última con el mayor número de títulos y planteamientos en torno al español hablado en Canarias. Incluye casi como cierre -sospecho que intencionado homenaje a su tierra de nacimiento, Venezuela- un entrañable recuerdo a las migraciones de nuestros paisanos (sus padres, entre ellos) y, por tanto, las combinaciones de canarismos y *venezuelarismos escuchados en su casa y calles caraqueñas. Así, por ejemplo, millo, alongarse, fisquito, machango entre los primeros y pichirri, jodedor, pendejada, tequeño, caer un palo de agua… de los segundos.

 

Obviamente, no puedo entrar en todos los grandes aciertos presentes en No hay... (sobrepasaría con creces mi autoimpuesta limitación de 1101 palabras). Pero sí destaco tres elementos comunes a todos: uno, el didactismo, es decir, siempre hay en ellos apuntes que enseñan, instruyen, educan lingüísticamente. Otro, ubicado con habilidad en el cuerpo textual de cada uno, consigue sensibilizar al lector a través de interrogaciones que despiertan su curiosidad y lo invitan a reflexionar. Además, también logra evitar lo que él mismo llama “la tentación purista”, es decir, el excesivo rigor academicista en un ente vivo, la lengua, cuya evolución es innegable e imprescindible para seguir siendo. (Recuerdo, como ejemplo de tal proceso transformador, que allá por los años ochenta se establecía un riguroso corte entre cesar -el cese era impuesto, nunca voluntario- y dimitir -acción personal-: hoy ya se identifican, tal es la voluntad de quienes se sirven de la lengua española.)

 

En este proceso evolutivo podría entrar el cada vez más presente uso entre canarios de vosotros, etiquetado como “desestabilizador pronombre” por el profesor Hernández Hernández. Y aunque “hablantes mayores y de zonas rurales” de La Gomera, La Palma y algunos municipios de Tenerife lo usan (que no Gomera, ni Palma, ni Hierro, ni Graciosa, ni Península, tal como acertadamente expone), poco tienen que ver uno con el otro. Pero eso sí, matiza: ninguna objeción por su parte a quienes consideran que es forma más elegante (?), más solemne como tratamiento de cortesía que la dominante en Canarias. (Añado una experiencia personal en el aula, año 2000: para una alumna canaria el uso de vosotros la diferenciaba de sus padres, para ella primarios en el uso de nuestra lengua, ¡tremendo disparate!)

 

En otro apartado trata como “enorme desatino” la idea de que la clase burguesa (“cierta decadente aristocracia” propietaria de un “reconocido pijerío”) sea la poseedora de una modalidad lingüística selecta y minoritaria y, consecuentemente, la imponga a otros sectores. O estos, por falsas creencias en prestigios sociales, la imitan. Y pone ejemplos ya instalados entre la gente menuda y algunos mayores: finde, porfa, chupi, cuqui, influencer, fashion, chic, guay… (Por cierto: esta última monería ya aparece en La Celestina, 1499, pero no con el significado actual de ‘muy bueno’. Fue interjección arcaica con sentido de ánimo, dolor, pena... o simple suspiro.)

 

Con mucho más regusto si acaso cupiera releí el artículo “Caca, culo, pedo, pis...” dedicado a ciertas voces normales en unos contextos pero en el “nivel de la vulgaridad” en otros. Así, “apárcalo de culo” / mandar a alguien a tomar por culo”; “niño de teta / enseñar las tetas”… Y lo hice porque tres meses atrás defendí en un acto académico mi perplejidad ante etiquetas que la RAE coloca a algunos términos. Así, considera que mear es palabra malsonante, ofende al pudor. Pero el mismo acto fisiológico, el mismo, no recibe tal calificación si usamos orinar. Igual ocurre con cagar / defecar. ¿Por qué, estimado lector?

 

En fin. Un libro muy interesante, cargado de opiniones rigurosas pero sin ánimo alguno de imposición.

 

Nicolás Guerra Aguiar

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