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No sé yo bien lo que nos está pasando. No termino de entenderlo. O será que no quiero entenderlo.
Este mundo nuestro de hoy, tan cambiante y tan problemático, hace tiempo que nos está haciendo infelices a todos, sin excepción, por unas causas o por otras. Parecemos que vamos sin rumbo por la vida, sin objetivos, a la deriva.
El caso es que vivimos en un continuo sobresalto desde hace ya más de un año. Cada día despertamos con noticias preocupantes que nos llegan sobre la situación internacional. La última ha sido el bombardeo por parte de Israel y Estados Unidos sobre Irán. No les ha bastado el genocidio del pueblo palestino.
Hay quien no quiere darse cuenta de que la situación política internacional no solo nos afecta en el plano económico, sino que influye en nuestros quehaceres diarios y nos condiciona enormemente nuestros estados anímicos.
Esta escalada de violencia que nos llega a través de los medios de comunicación todos los días y a todas horas nos está haciendo mucho daño. No sé, o no quiero saber, si de lo que se trata es de meternos miedo de manera intencionada para que vivamos en un continuo sobresalto, para que nos sintamos vulnerables y desprotegidos.
El caso es que nuestro transitar diario por la vida está lleno de temores. Nos ocurre que ya no nos sentimos serenos y sosegados como antaño, sino nerviosos y angustiados en cualquier sitio que nos encontremos.
Para tratar de combatir este desasosiego sales a la calle buscando encontrar el refugio de amigos, pero te das cuenta de que ellos están igual que tú. Los notas intranquilos, sin interés por nada, no hay entusiasmo en sus conversaciones, por lo que, abrumados, nos despedimos pronto y cada uno enfila en solitario el camino a casa. Cuando abres la puerta crees, o quieres creer, que tus seres queridos te van a recibir mejor, pero te equivocas, ellos están igual que tú, están afectados de la misma enfermedad, por lo que los saludas con un gesto vago y, sin más, te diriges a tu estudio, cierras la puerta y te confinas en ella, como si estuvieras en plena pandemia. Y allí permaneces enclaustrado horas y horas.
Es curioso y preocupante, es inhumano, lo aceptas con normalidad, como un acto cotidiano, porque llega un momento en que no quieres saber nada del mundo, nada de los otros, nada de nadie. Solo deseas estar solo, nada te interesa, como si fueras el único ser viviente de este mundo, porque no quieres oír nada más. Estás enfadado, terriblemente enfadado, aunque lo malo es que no sabes de qué o contra quién ni el porqué. No encuentras respuestas.
Sin embargo, te surgen muchos interrogantes a los que necesitas dar respuestas, pero no se te ocurren. Continúas intranquilo, nervioso. Y entonces, te vienen a la mente escenas que se han hecho cotidianas: conversaciones banales entre amigos, en las que sin saber bien el motivo se enfrascan en disputas que terminan en arrebatos coléricos, haciendo que el diálogo se interrumpa y sea imposible volver a recuperarlo, situaciones desagradables que acaban con la armonía dejando mal a todos los presentes.
Estas reacciones son cada vez más frecuentes en nuestras conversaciones entre amigos y conocidos. Y te da la impresión de que ni la meteorología ayuda, porque los días te parecen grises, no sale el sol. Todo es triste y deprimente, todo parece haberse confabulado para hacerte sentir mal, para que estés incómodo, serio, taciturno, como hacía mucho que no te sentías.
Y entonces, como último recurso, enciendes la tele, coges el mando y, procurando huir de los telediarios y noticias, busca desesperadamente una película de las que uno llama tontonas, de las que no te hacen pensar, y te sumerges en ella, tratando de aislarte de todo y de todos, para que pasen las horas y, si pudiera ser, los días y las semanas sin que nada altere tu espíritu.
Vives en tu casa, en tu habitación, como si esta fuera tu isla desierta y tú un Robinson Crusoe perdido en un lugar remoto, pero con una gran diferencia respecto al protagonista de la película: deseando que no llegue ningún barco que te quiera llevar de nuevo a la civilización, sino acabar tus días aislado, sin más compañía que la tuya, anhelando, a pesar de todo, mantener un fino hilo de esperanza: que el día de mañana amanezca con un tenue rayo de sol que te dé el calor mínimo necesario para querer seguir viviendo.
Juan Ramón Hernández Valerón
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