Donde tres mil personas construyeron un pueblo invisible para alimentar a Europa.
El plástico del invernadero gotea calor. Es un mediodía cualquiera de 1968 y Antonio, con catorce años, se seca el sudor mezclado con polvillo y tierra cernida. No hay escuela para él hoy. Ni la habrá mañana. A sus pies, la ladera desciende hacia el mar en una sucesión de invernaderos que trepan por la montaña como una enfermedad brillante.
Arriba, donde la tierra roja se encuentra con el cielo, el rugido de un camión inglés Bedford, atascado en la tierra volcánica, compite con el bullicio de un pueblo invisible: tres mil almas hacinadas en una rampa sin mapas oficiales, sin alcalde ni médico, pero con sus calles propias, la Calle del Cuerno, El Canal, El Horno, con tiendas, escuela, cine y hasta circo. Bienvenidos a Tabaibales, puerto de náufragos del oro rojo.
Hoy, si uno se detiene en esa repisa natural y escucha, solo percibe el siseo del viento entre las tabaibas. El paisaje ha recuperado su silencio geológico. Sin embargo, para quienes aún respiran ese silencio, es una mentira conveniente. Hubo un tiempo, no hace siglos sino apenas ayer, en que esta rampa árida fue el escenario de una epopeya humana descomunal. Este artículo intenta devolverle la voz.
EL AGUA QUE LO HIZO POSIBLE
Para entender por qué brotó un pueblo de la nada en mitad de una ladera de tierra, hay que entender primero el suelo. El subsuelo de Veneguera es una esponja geológica, porosa y llena de bolsas de agua que afloraban casi en cuanto uno excavaba. Antes de que existiera Tabaibales, existía el agua. Esa es la clave que lo explica todo.
Figuras casi feudales como Marcelino Marrero, el llamado Virrey de Mogán, y posteriormente la Comunidad Quintana, que algunos llaman Veneguera, porque los propietarios fueron cambiando mientras el nombre quedaba, levantaron una ingeniería titánica de pozos y galerías. Una ingeniería que cobró vidas: uno de esos pozos, el de las Mercedes, cedió el forro durante los trabajos y tres operarios quedaron sepultados. El único superviviente llegó vivo al brocal para morir allí mismo, en el umbral. Pero esa misma ingeniería convirtió la ladera desértica en un vergel industrial que, cuando estalló el boom del tomate en los años cincuenta y sesenta, necesitó brazos. Muchos brazos. Todos los brazos que pudieran llegar
LA TIERRA DE LAS MIL MANOS
Llegaron de todas partes. Carmen Hernández conoció gente de las siete islas. José Navarro, moganero que hoy vive en Las Palmas, recuerda caras de Fontanales, de Calderín, de Lanzarote. Antonio Tejera, que aparece en la foto, fue con sus padres y sus hermanos cuando tenía catorce años, sacado de la escuela porque un año malo de lluvia había arruinado los cultivos de Ingenio. Nadie los llamó. Los llamó la necesidad, que entonces tenía un nombre concreto: el pedregal. Quitar piedras de la tierra para poder cultivarla. Catorce pesetas de jornal a la semana.
Las cuarterías, hechas con canto de Gáldar, eran de las mejores de Gran Canaria. Pero todas compartían la misma lógica. Antonio Tejera recuerda casas donde convivían hasta tres matrimonios separados únicamente por cortinas de tela. Carmen Hernández llegó siendo una niña, hija de pastor, y pasó su entera juventud entre el barranco de Veneguera y la rampa de Tabaibales. Allí aprendió a hacer queso en una cueva, y la gente hacía cola todos los días para llevarse un poco de suero. Teresita, que venía desde El Roque, Ingenio, para la zafra de enero a finales de mayo, tenía una habitación grande para ella y su marido. Cocinaban con leña y bebían el agua de las galerías del barranco de Veneguera, que era, dice, el agua mejor de la isla.
La comunidad se organizó sola, sin que nadie lo planificara. Había tiendas, la de Antonio Monzón, Juan Suárez o Domingo Macías, una panadería, y bares que cerraban tarde. La panadería la regentó durante tres años el joven José Navarro. Se levantaba a medianoche para amasar, y la señora que trabajaba con él le enseñó la única regla que importaba: la masa es como un niño, siempre está caliente. Al amanecer salía a repartir el pan en carro de madera por toda la rampa, parando los camiones que subían para venderles pan caliente. Cuando fallaba el marido, la señora lo cubría sin decir nada. Porque allí, así funcionaba todo.
EL TRABAJO QUE MATA EN SILENCIO
Dentro de los invernaderos de plástico, una novedad tecnológica que nadie entendía del todo, el calor era tan brutal que la tierra llegaba a cernirse sola y los plásticos parecían derretirse sobre las cabezas. Se entraba a las siete de la mañana y algunos días no se salía hasta las cuatro de la tarde. Se cultivaba tomate, pepino, berenjena, pimiento. Se cargaban los cajones cuesta arriba y cuesta abajo por una rampa que no perdonaba el cuerpo de nadie.
Y el trabajo mataba. José Navarro, que aparece en la foto, lo cuenta sin adornos: un compañero joven murió intoxicado por los pesticidas, el tifa, que se echaban dentro de los invernaderos, sin mascarilla ni protección de ningún tipo. Lo llevaron a Mogán. En Mogán falleció. Nadie respondió, no se movió un solo papel. "Murió y se acabó", dice Navarro, sesenta años después. Sin investigación, sin indemnización, sin registro. Solo un nombre que los supervivientes aún pronuncian en voz baja.
En ese mismo período, Navarro y sus compañeros estuvieron once semanas sin cobrar cuando la empresa entró en crisis. Antonio Tejera tuvo que echarse el saco a la espalda y caminar de Veneguera a Tazarte a buscar trabajo, de lunes a sábado, por el litoral cuando el mar lo permitía. Una tarde el oleaje le arrastró el saco. Se quedó sentado en las piedras, esperando que las olas se lo devolvieran. Se lo devolvieron. La mujer de Navarro trabajó allí toda su vida activa. Cuando él fue a buscar su historial laboral años después, descubrió que figuraba cotizado menos de un año. Toda una vida en menos de un año.
LO QUE COMÍAN, LO QUE CANTABAN
La economía de la supervivencia la sostuvieron las mujeres. Teresita habla de una dieta de posguerra en plenos años sesenta: papas, jaramagos que había que lavar bien para quitarles el amargor tóxico, relinchones cocinados con aceite o limón si había, carne de cochino salada porque no había nevera, huevos de las gallinas que una se traía desde casa al comenzar la zafra. "La gente antes era muy aprovechadora", dice Teresita con un orgullo que no necesita explicación. No se tiraba nada. Las calabazas eran mejores que las papas.
Había días en que no había ni gofio. Entonces llegaba el cura, cada quince días o una vez al mes, dependiendo de si alguien podía ir a buscarlo a Mogán en coche, porque él no tenía, con leche en polvo y queso plato para repartir. Y cuando la crisis vaciaba las tiendas y el hambre ya era hambre de verdad, aparecía el dueño de los cultivos en una falúa, con cuatrocientos panes, cien sacos de papas y cuarenta de gofio. No por caridad: necesitaba a sus obreros vivos para terminar la zafra. "El mejor gofio que me he comido en mi vida", dice Teresita. "No sé si era que tenía más hambre."
Mientras tanto, en los surcos, las mujeres cantaban. Se picaban unas a otras con versos improvisados sobre los novios, la envidia y el amor. Carmen Hernández recuerda uno que le lanzó a una compañera que le rondaba al novio: Mi niña, si quieres novio, tienes novio seguro. Y la otra respondía con otro más afilado. Era un duelo con música, una manera de reírse en voz alta de todo lo que había que aguantar en silencio.
LA ARTERIA DEL MAR Y LOS BAILES MANDADOS
El milagro de Tabaibales no habría sido completo sin su cordón con el mar. En la playa de Veneguera, un muelle de piedra recibía los cajones de tomate que bajaban por la rampa en yuntas de bueyes y en camiones Bedford que patinaban sobre la tierra. Allí esperaba anclado el barco Veneguera, que no podía acercarse a la orilla por su calado. Las falúas hacían el trasvase en aguas abiertas, una coreografía peligrosa que dependía del oleaje y la marea, y que conectaba directamente la ladera con los mercados de media Europa.
Esas mismas falúas eran, en sentido inverso, el único vínculo con el mundo. La falúa La Girina hacía el trayecto de Veneguera a la playa de Mogán y de la playa de Mogán a Arguineguín todos los días, cargando personas, animales y enseres, porque las carreteras de tierra eran impracticables buena parte del año. Llegar a Tabaibales ya era un acto de fe.
Una vez dentro, la vida social tenía sus propias reglas. Los fines de semana había bailes en dos casas grandes. Pero el problema era de geometría: había muchos más hombres que mujeres. La solución fueron los bailes mandados. Los hombres esperaban fuera en turnos rigurosos; entraban dos o tres, salían dos o tres, y el siguiente grupo tomaba su lugar. Navarro lo recuerda como si hubiera sido ayer: esperar en la calle con la novia bailando dentro con otro, aguardando que le tocara entrar. Era la geometría del deseo en su expresión más honesta. Había también cine: una sábana colgada en el almacén, una cámara de fuera, y la oscuridad llena de gente que se echaba para atrás en la silla cuando salía un caballo al galope en la pantalla, convencida de que el animal iba a salirse de la tela. Y una vez al año llegaba el circo Cubati, que montaba su carpa en el único llano disponible de El Horno, y los niños entraban a ver los muñecos asomando por encima de la valla. Era suficiente. Era más que suficiente.
José Navarro encontró también allí a su mujer, que venía de Fontanales a trabajar en la zafra. El noviazgo era de otro tiempo: salía el sábado en el coche de hora, llegaba a Fontanales a las seis de la tarde, hablaba con ella el domingo, y el lunes antes del amanecer cogía la guagua de vuelta a Veneguera. Una vez al mes. Dos horas. Así se enamoró en Tabaibales.
PARIR SOLA CON DIOS
El capítulo más duro no lo escribieron los hombres. Teresita tuvo contracciones un sábado por la noche. Su marido estaba en la zafra. El domingo a las dos de la tarde trajo al mundo a su hija en El Roque. Sola. El marido apareció el lunes por la noche. El martes volvió a los tomateros porque había zafra que terminar. "Yo y Dios", dice Teresita. Así llegaron al mundo todos sus hijos.
En Tabaibales no había médico. Las mujeres que se ponían de parto caminaban con contracciones hacia Mogán, o parían en el camino, o parían solas en la cuartería mientras el marido seguía en la zafra. La historia demográfica de esa generación tiene un enorme hueco en los registros oficiales. Nacieron muchos sin que nadie lo anotara en ningún papel. Es la historia invisible de la demografía canaria: una generación entera nacida sin parteras, sin pediatras, sin más amparo que el de las vecinas y la voluntad de seguir.
Teresita sabe lo que es crecer sin ese amparo. Se quedó sin madre a los siete años, la mayor de seis hermanos, el más pequeño de cuatro meses. Con nueve años hacía el queso. Con once llevaba la casa. “Cristiano, quien que se queda sin madre de chico, se la pasa muy crudo”, dice. Pero hay una cosa que recuerda siempre: su padre nunca se fue con otras mujeres, nunca se despegó de sus hijos, y nunca los acostó sin cenar. “Tú sabes lo que no nos dejó pasar mi padre: hambre.” Eso lo dice como lo que es: lo más grande que un hombre puede hacer por sus hijos.
EPÍLOGO: LO QUE QUEDA
La crisis del tomate vació Tabaibales, como se vacía un vaso cuando se da la vuelta. El Veneguera dejó de anclar en la bahía. La Girina quedó varada. La gente volvió a sus pueblos o se mudó a los bloques de la costa nueva. Las cuarterías se vaciaron, las fue devorando poco a poco la tabaiba. El muelle resistió en pie, pero las falúas desaparecieron.
Hoy la rampa vuelve a producir, con otros cultivos y otras manos. El paisaje está protegido gracias al movimiento que salvó Veneguera de la especulación. Pero lo que no se puede proteger por decreto es la memoria.
Carmen Hernández no aprendió a leer ni a escribir porque tuvo que quedarse en casa cuidando a sus hermanos. José Navarro lleva grabada la vida laboral de su mujer: menos de un año cotizado, toda una vida trabajando. Antonio Tejera recuerda el calor que derretía los plásticos y el saco que el mar intentó llevarse aquella tarde. Teresita, con más de ochenta años, ordeñaba catorce cabras hasta hace poco. Si le preguntas con qué época se queda, no duda un segundo.
"Con aquella", dice. "Allí fui yo muy feliz."
Este artículo no habría sido posible sin la guía y la generosidad de Claudino Romero, vecino del barrio de Aguatona (Ingenio), unido a Veneguera por matrimonio y corazón. Fue él quien habló por primera vez de Tabaibales y condujo físicamente a través de sus ruinas a quien escribe estas líneas, encendiendo la chispa para rescatar esta historia del olvido.
Juan Vega Romero
Aportes fotográficos: Claudino Romero
Normas de participación
Esta es la opinión de los lectores, no la de este medio.
Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios inapropiados.
La participación implica que ha leído y acepta las Normas de Participación y Política de Privacidad
Normas de Participación
Política de privacidad
Por seguridad guardamos tu IP
216.73.216.133