
Estoy segura de que, de pequeños, creíamos que jugar al Risk era la mejor manera de entender cómo funcionaba el mundo. Teníamos continentes, ejércitos, fronteras y un único objetivo: conquistar al enemigo antes de que él nos conquistase.
Todo parecía inofensivo, juego limpio. Tirabas los dados, avanzabas con tu ejército y discutías con los demás hasta que el que iba perdiendo se enfadaba, tiraba todas las piezas y marchaba diciendo que no volvía a jugar más.
Sin embargo, aquí estamos: casi 30 años después y todavía seguimos jugando. Solo que, esta vez, las piezas son un poco… diferentes.
Nuestra política actual se comporta igual que nuestro tablero de antaño, solo que sus partidas llevan otra uniformidad, micrófonos y sonrisas ensayadas —aconsejadas por expertos—. Ya no se cruza fronteras invadiendo países con figuritas de plástico, ahora se utilizan drones y misiles manejados desde la distancia por personajes que nos bombardean con promesas electorales, pactos improvisados y ruedas de prensa interminables en las que acaban diciendo nada.
Ahora, los territorios tampoco se representan con aquellos colores chillones del tablero, sino con ministerios —cientos de ellos—, ayuntamientos —miles—, escaños —no sé cuántos— y titulares en la prensa que ya no sabes sin son verdad o te intentan vender una moto que compraste ya hace tiempo y encima usada.
Y qué decir de las alianzas.
Al menos cuando jugábamos le veíamos la cara al amigo de enfrente cuando nos prometía no invadirnos, y así podíamos saber que nos estaba mintiendo. Sin embargo, hoy en día, te juran lealtad por la mañana, te apuñalan al mediodía, aparecen con cara de perrito degollado por la tarde porque llevan varias horas sin comer y por la tarde, a la salida del parking —de camino a la oficina, dos o tres horas después de haber cenado, acompañado de… bueno, ese es otro tema—, comparecen juntos asegurando que la tregua entre ambos es por el bien de los ciudadanos —ahogados, quemados, descarrilados, asesinados, mendigando comida y pasando frío, pero su bien—.
Luego están los dados.
Porque, admitámoslo, aunque queramos creer que la política es estrategia e inteligencia, muchas veces es más azar que otra cosa. Todo depende de quién meta la pata primero, a quién pillen robando antes, de qué escándalo se enteren en primer lugar, quién dice la frase más desafortunada en el peor momento posible. Es decir, quién se hace más viral y se elimina del juego solito. Lo mismo que en el Risk, que el mediocre acaba teniendo suerte y el estratega se queda sin nada por enterado.
Y después está el pueblo, claro.
El pueblo es como el resto de los niños que quisieron jugar, pero no los dejaron y acabaron mirando desde fuera. No hablan, no tocan nada. Solo recogen las fichas que se caen y aguantan las discusiones de los que juegan. Nos dejan elegir color —el voto—, nos hacen creer que dirigimos el cotarro —con el voto— y cuando empieza el verdadero circo, donde cada movimiento ya está previamente más que hablado y lo único que causa son destrozos, somos los únicos culpables de que salgamos desfavorecidos —por nuestro voto—.
Lo más irónico de todo esto es que, de pequeños, jugábamos para divertirnos y acabábamos enfadados; y ahora, de mayores, nos gobiernan igual. Solo que ahora les aplaudimos y les reímos la gracia.
Quizá por eso la política nos da tanta pereza y nos tiene tan cansados: porque ya no son por y para el pueblo, sino solo un par de niños jugando a ser adultos y compitiendo por dominar el tablero con una mano sobre los dados y la otra en el bolsillo.
Olga Valiente





























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