O la espera necesaria para cerrar un ciclo
Desde hace más de una década —pongamos desde aquel entusiasta 2010 en el que tantas cosas parecían posibles— se habla con cierta regularidad de localizar los restos del último rey de Gran Canaria: Fernando Guanarteme, o Tenesor Semidán, según la preferencia de cada cual por la épica o la precisión histórica.
No deja de ser una idea sugerente. Al fin y al cabo, pocos lugares pueden permitirse el lujo de tener un capítulo de su pasado esperando pacientemente en alguna iglesia de La Laguna, aguardando el momento oportuno para regresar a casa. No cualquier momento, por supuesto. Uno a la altura de lo que hoy entendemos por historia: bien iluminada, cuidadosamente narrada y, si es posible, acompañada de un calendario festivo razonablemente nutrido y quizás escenificada por los percusores de nuestro grandioso Festival Internacional de Cine.
Y en eso Gáldar ha avanzado mucho.
Quien pasee por algunas calles del casco histórico puede comprobarlo sin dificultad. Hay flores, fachadas pulidas y ese aire de prosperidad tranquila que invita a pensar que el municipio vive una etapa especialmente inspirada. Una prosperidad selectiva, quizá, pero no por ello menos vistosa. Al fin y al cabo, toda ciudad tiene sus escaparates.
Es en esos escaparates donde mejor se entiende la transformación. Gáldar ha aprendido que la historia no basta con tenerla: hay que saber escenificarla. Algo así como aquel célebre baño político de Fraga en Palomares, donde el gesto valía más que el agua. Aquí, con el Atlántico a pocos minutos, tenemos una versión local en Los Dos Roques (está todo inventado, solo hay que copiar ideas): un instante bien calculado, una fotografía oportuna y el mensaje flotando sobre el horizonte.
El resultado está a la vista.
Gáldar brilla.
Gáldar celebra.
Gáldar vive una etapa pletórica.
Naturalmente, sobre todo en algunas calles de su casco histórico, que es donde la prosperidad adquiere esa forma visible que tanto agradecen los visitantes y las fotografías institucionales. Más allá, el municipio continúa su vida con una discreción casi admirable: calles donde la accesibilidad sigue siendo una aspiración respetable, donde las fiestas llegan con menor frecuencia y donde la purpurina —ese termómetro infalible del entusiasmo municipal— aún no ha terminado de asentarse.
Pero toda gran narración necesita su final.
Y ahí entra en escena el último Gran Guanarteme.
En algún lugar de La Laguna sigue esperando. 500 años de paciencia dan para mucho, así que unos meses más no deberían alterar demasiado el calendario histórico. Cuando llegue el momento adecuado, el regreso será inevitable.
La escena resulta fácil de imaginar.
Llegada por el Puerto de Sardina, con la solemnidad inmensa, custodiado por la Armada con honores, para que nadie dude de que no se trata de un simple traslado, sino de un acontecimiento destinado a cerrar círculos. El cortejo avanzará lentamente por la carretera serpenteante, que ese día se denominará Vía Imperial hacia la ciudad, saboreando cada curva como quien se aproxima a una cita largamente preparada.
El destino final será el Santuario de Santiago.
Allí tendrá lugar el encuentro entre símbolos. Jefes de Estado de varios países serán invitados, autoridades, discursos y ese intercambio de solemnidades que tanto favorece a la historia cuando se presenta en público.
Y después, naturalmente, la celebración.
Confeti.
Purpurina.
Voladores.
Todo concentrado —como corresponde— en algunas calles del casco histórico, que son las que mejor entienden el lenguaje del brillo y la solemnidad festiva.
Finalmente, el descanso definitivo bajo la sombra del drago centenario de las Casas Consistoriales. Allí donde las historias encuentran su cierre y los ciclos adquieren ese aire de eternidad cuidadosamente programada.
Entonces sí.
Entonces podrá decirse que el ciclo se ha completado: el del último Guanarteme, el Grande, es recibido por el Gran Guanarteme “El Chico” y quizá también el de quien ha sabido ejercer durante años una versión particularmente convencida de esa tradición u una historia maquillada.
Porque la historia, cuando se representa con suficiente entusiasmo, tiene la curiosa virtud de parecer inevitable.
Especialmente cuando ocurre en algunas calles del casco histórico.
Guayarmina Guanarteme
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