
La tertulia de la azotea no solo mezcla con el verde de la Montaña cercana, sino que en sus vueltas esporádicas y estacionales trascienden el elevado lugar. Aprovechando el sol de invierno, antes de que las nubes cumplan su trabajo, recargamos las pilas de la existencia como si fuéramos lagartos en busca de calor. Es lo que tiene el invierno, que sirve para añorar otras estaciones. Y una cosa resulta meridianamente clara: la distendida charla se mezcla con la nueva y pequeña vecina que siempre nos saluda. Y nos da la eterna bienvenida en la espera del tiempo.
Juan FERRERA GIL































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