Nunca conoció el mar. De niña soñaba con él cada noche, y en cada despertar pensaba que el mar era como un cielo lleno de agua. No de colores o nublado como el que cubría las montañas, barrancos y arboledas que flanqueaban la casa en la que había nacido, en la ladera de un luminoso valle escondido en el interior profundo de la isla.
-¡Por Dios, María! Te pasas las horas mirando al cielo, hija mía –le repetía a diario su madre, por lo cual no resultó difícil para sus hermanos buscarle un apodo. Mary Cielo se quedó, y Mary Cielo siguió siendo cuando fallecieron sus padres y cuando sus hermanos se marcharon a la capital, pues habían oído que estaban llegando turistas a la isla y se podía conseguir un trabajito.
Ella prefirió quedarse. No quería separarse de aquel cielo que la hechizaba, y al que siguió mirando día tras día, después de acabar las labores de la tierra, que le daba los frutos para su sustento, y de atender a los animales.
De año en año recibía la visita de sus hermanos, que le hablaban de la civilización, de los coches, de cómo había avanzado la sociedad, de los hijos que tenían, y siempre intentaban convencerla de que se fuera a vivir con ellos, para que no estuviera tan sola.
Pero Mary Cielo nunca se despegó de aquel lugar. Y ahora, que es casi centenaria, con muchos achaques pero aún activa, sigue soñando con el mar, aunque ya no lo ve como un cielo lleno de agua sino como una inmensa laguna negra que la atrae irresistiblemente.
Ella intuye lo que eso significa pero no opone resistencia alguna. Y cada día, esperando lo que ha de llegar, se sienta a la puerta de su casa para contemplar el cielo que tanto adora, de colores vivos por el que suspira y por el que anhela seguir paseando su mirada hasta que ese mismo cielo se la lleve.
Texto y foto: Quico Espino
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