No soy yo de revanchas, y ya no me duele lo que les voy a contar de mi infancia, la cual estuvo llena de miedos y no fue todo lo divertida que tendría que haber sido por culpa de un cura, que representaba a la Iglesia, pues, por desgracia, me persiguió ese ojo de Dios, que fue con lo que, con seis años, el párroco del pueblo me comió el coco. Aparte del pecado mortal, el diablo y el fuego eterno, entre otras perversidades, el ojo que todo lo ve estaba siempre frente a mí, me pisaba los talones, especialmente cuando pasaba miedo. Tanto que, impresionado, aterrorizado, ya lo he manifestado en este mismo periódico, vi al diablo varias veces detrás de las piteras. Seguro que eran los enormes espuchos de la planta los que me hacían ver los cuernos del demonio, pero lo cierto es que yo le veía hasta los ojos encendidos como fuegos.
O sea que eran tres los ojos que me espantaban ya antes de hacer la Primera Comunión, entre tanto Padre nuestro, Avemarías, Señor mío Jesucristo, Salves, Yo pecador, y otros rezos que me tuve que aprender a fuerza de bofetones, porque Jesús, que nació de una madre virgen, sufrió mucho para llegar a ser Dios y esta vida nuestra es un valle de lágrimas, un destierro en el que a los desesperados hijos de Eva se nos muestra el fruto bendito del vientre de la virgen María.
Me metieron la fe con calzador. Y el miedo en el cuerpo. Era tanto el poder de la Iglesia que nadie se atrevía a protestarle al señor cura, el cual descargaba entre los niños y con las mujeres todas sus neuras. Yo le conté a mis padres cómo me trataba aquel hombre y ellos alegaban que nada podían hacer contra él. También me gocé varias veces la manera en la que trataba a las mujeres, a las que echaba de la iglesia por no llevar velo o porque tenían los brazos demasiado desnudos para su gusto.
El cura en cuestión era un personaje soberbio, engreído, vanidoso, petulante, insolente, y muchos más adjetivos peyorativos entre los que entran antipático, irrespetuoso y malo, pues trataba con desdén a la mayoría de la gente. A los ricos no. Al farmacéutico, al médico, al alcalde… les mostraba más respeto, aunque él estaba por encima de todo el mundo. No me extrañaría que, de haber vivido en épocas anteriores, habría ejercido de inquisidor, como Juan Diego, actuando en la película “El rey pasmado”, basada en la novela de Gonzalo Torrente Ballester. Por suerte no todos los sacerdotes eran iguales.
Más de una vez llegué a esconderme para que no me viera. Temía tener que confesarme porque me encerraba entre sus muslos y me echaba un aliento asqueroso mientras me sobaba las orejas y me preguntaba, con morbo, cuántos pecados había cometido, sobre todo los de la carne, cuando yo no sabía todavía ni a qué se refería.
Le tenía tanto miedo a él como al ojo de Dios, que me persiguió hasta los diez años, cuando una mañana mandé al cura a tomar por el saco, después de que me pegara bofetadas y, el día señalado, pretendía que yo, como no me sabía el genitivo de consul/consulis (tercera declinación latina) alargara la mano para zurrarme con la varita mágica, que convertía, según él, a los burros en seres inteligentes. Fue entonces cuando lo mandé a tomar por donde cargan los camiones.
Yo estaba haciendo, junto a otros seis niños de mi misma edad, tras la Primera Comunión, un cursillo de preseminario que duraba todo el verano porque era la única posibilidad que teníamos de estudiar y el cura convenció a nuestros padres para que nos metieran en el seminario. Todos los días nos levantábamos a las seis y media de la mañana para llegar a la misa de las siete, en la cual, turnándonos, teníamos que servir de monaguillos. Y la misa, en aquellas fechas, era en latín. Se decía por entonces que Ingenio era el pueblo de los cochinos y de los curas.
Por eso, cuando vi la foto que encabeza este artículo, con el ojo de Dios en la parte alta, enmarcado en ese triángulo, pensé de entrada en lo que sufrí de pequeño, pero luego leí la frase que le acompaña y le quité drama al asunto. Se dibujó entonces en mi cara una sonrisa mientras pensaba que menos mal que las cosas han cambiado en el seno de la Iglesia. Y más que tienen que cambiar, sobre todo en cuanto a que los sacerdotes no utilicen nunca más la religión para meter miedo a los niños.
Texto: Quico Espino
Foto: François Hamel
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