Eulalio J. Sosa GuillénA Juan le pareció que el buque de cabotaje que se deslizaba sobre la línea del horizonte estaba a punto de caer al abismo, cual barquito de papel en el imbornal un día de lluvia. Pero Juan, en su adultez, de sobra sabía que la Tierra era redonda. Según su médico, le quedaba solo un año de vida.
Angustiado, miró a su nieta, que construía un castillo de goteo, mientras el devenir de las olas, mostraban variados encajes sobre la arenilla. Juan se dijo a sí mismo que cada una de aquellas blondas era un episodio no vivido con la niña: los próximos cumpleaños, las horchatas del verano, los presentes por Navidad y la orla de fin de carrera.
Marta acabó por aburrirse de las desdentadas torres y del fantasma que las habitaba y optó por recolectar conchas y rumorosas caracolas. Entonces, Juan abrió la radio e, instintivamente, siguió la estela de pasos a distancia.
De repente, la niña se detuvo frente a las bolas de alquitrán y gritó: “¡Abuelo!”.
Juan arreció el paso y, al llegar, vio los cuerpos hinchados de aquellos africanos: el de la joven que, a pesar de todo, mostraba su preñez; el del niño que frisaba la edad de Marta; y el de los dos hombres, de dientes blancos como el marfil de los paquidermos…
Juan tapó los llorosos ojines de la nena y dio gracias al cielo por un año más de vida a su lado.
Mientras, el mar de ondas del transistor confirmaba la venida de León XIV a Canarias.
Eulalio J. Sosa Guillén
































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