¡Qué bonito es el fútbol!

Tomás Armas

[Img #14801]Un lunes cualquiera, en un colegio o instituto cualquiera, de un municipio cualquiera. Son las ocho y cuarto de la mañana y, poco a poco, van llegando las niñas y los niños, los chicos y las chicas. Aún con algo de sueño, se reúnen en pequeños grupos. Hablan, cómo no, del partido del fin de semana: del gol que casi entra, del pase bonito, de la parada del portero. Pero lo que más repiten, casi sin darse cuenta, es que se lo pasaron bien, que disfrutaron. Ese es el primer indicador de que todo va en la dirección correcta.

 

Suena la sirena. Son las ocho y media. Se acabó la charla: toca entrar a clase. Y aquí aparece la primera gran enseñanza que no se puede perder de vista: lo académico es la prioridad. Matemáticas, lengua, inglés… El alumnado sabe que antes de pensar en entrenamientos o partidos, hay que cumplir con las responsabilidades escolares. Los deberes están hechos desde el viernes, las dudas revisadas en casa, y la actitud en clase es de atención y respeto. El fútbol motiva, sí, pero no sustituye nunca al estudio.

 

Llega el recreo. Bocadillos, fruta, comida sana, risas… y, de nuevo, el partido aparece en la conversación. Pero también se habla de otras cosas: de los estudios, de los juegos, de los videojuegos que utilizan con responsabilidad —solo los fines de semana— y siempre priorizando contenidos adecuados. Ese equilibrio es clave. El fútbol no ocupa todo el espacio; forma parte de una vida más amplia y ordenada.

 

De vuelta al aula: música, educación física… Incluso cuando piden jugar al fútbol, entienden que hay otros contenidos que aprender. Juegos tradicionales, otros deportes, coordinación, expresión corporal. Y disfrutan igualmente. Porque han aprendido que no todo gira en torno al balón.

 

Al llegar el mediodía, toca el comedor. Otro momento educativo fundamental. Alimentación sana, hábitos correctos, aprender a comer de todo, aunque no siempre guste. Entre cucharadas y conversaciones, aparece el entrenamiento de la tarde, pero también los deberes pendientes. Porque saben que antes de ir al campo hay que cumplir en casa: ayudar a preparar la mesa, comer con tranquilidad, recoger la cocina, fregar cuando toque y lo importante, hacer los deberes. Solo después llega el momento de ponerse las botas. Este orden no es casual, es educativo. El mensaje es firme: primero las obligaciones, luego el deporte.

 

La guagua, el transporte escolar o la vuelta a casa a pie se convierten en otros espacios de convivencia. Ahí se mezclan deportes, intereses, experiencias. Hay quienes juegan al fútbol, pero otros al baloncesto, al voleibol, al balonmano, practican lucha canaria, gimnasia rítmica o ajedrez. Y eso enriquece. Porque el fútbol no debe ser exclusivo ni limitante, sino una parte más del desarrollo integral.

 

El traslado al entrenamiento —muchas veces en coche con la familia o compartido caminando con otros compañeros— también es parte de la experiencia. Conversaciones tranquilas, repaso del día, anticipación del entrenamiento. No hay prisas desmedidas ni presión: hay acompañamiento.

 

Y empieza el entrenamiento. Pero no es solo fútbol. Es aprendizaje, concentración, respeto, esfuerzo, compañerismo. Se escucha al entrenador o entrenadora, se acepta el error como parte del proceso y se valora el trabajo colectivo. Aquí es donde cobra especial importancia otro aspecto fundamental: jugar con los amigos, con los compañeros del barrio, con quienes también comparten clase, recreo y guagua. Cuando los equipos se forman desde esa cercanía, el juego cambia. Hay confianza, hay comunicación natural, hay alegría. El conjunto se vuelve más creativo, más participativo, más propositivo. No hay miedo al fallo, porque el entorno es seguro. Y eso favorece tanto el aprendizaje como el disfrute.

 

Durante la semana, los entrenamientos continúan, siempre respetando el mismo orden: estudios primero, deporte después. El martes, partidillo; el jueves o viernes, tecnificación. Todo con ilusión, pero sin perder de vista que el fútbol es una actividad complementaria, no el eje central de la vida.

 

Y llega el fin de semana. El partido. El momento esperado, ese espacio en el que todo el esfuerzo de la semana cobra sentido. Y da la casualidad de que, ese día, es el cumpleaños de una de las niñas que forman parte del equipo. Y al entrenador se le ha ocurrido la estupenda idea de ponerse de acuerdo con el grupo contrario y con el árbitro y, cuando están todos alineados en el centro del terreno, antes del inicio del encuentro, la niña se adelanta unos metros y todo el campo al completo le canta el “cumpleaños feliz”. Seguro que no lo olvidará en su vida. Una vez finalizado el partido, la cumpleañera compartirá golosinas con los compañeros de los dos equipos, con los miembros de los cuerpos técnicos y con el colegiado. ¡Qué bonito!

 

Pero también aquí hay que educar la mirada, porque el verdadero aprendizaje no está únicamente en el marcador. El resultado no es lo más importante; lo verdaderamente valioso es cómo se juega, cómo se compite desde el respeto, cómo se aceptan los errores propios y los ajenos, los aciertos del rival, cómo se construye equipo desde la generosidad y la empatía. Es en cada pase compartido, en cada gesto de compañerismo, en cada palabra de ánimo, en la felicitación a un contrario, ¿por qué no?, por haber marcado un bonito gol, donde se fortalecen los valores que trascienden el deporte. Aprender a ganar con humildad y a perder con dignidad forma parte de un proceso mucho más grande que el propio juego. Al final, lo que permanece no es el resultado, sino la experiencia vivida, el crecimiento personal y colectivo, y la satisfacción de haber disfrutado del camino junto a los demás.

 

El equipo contrario no es un enemigo. Son niños como nosotros, que también han ido al colegio, que también han hecho deberes, que también han entrenado con ilusión. Son compañeros de experiencia. Por eso, antes del partido se saludan, y al final —independientemente del resultado— a felicitar por el esfuerzo realizado a nuestros compañeros y a los del equipo contrario, a los árbitros, a aplaudir a los familiares y aficionados para agradecerles que nos hayan acompañado y a cantar la canción: “Nuestro equipo es el mejor, porque jugamos con mucha ilusión. Corremos, luchamos y disfrutamos, aunque empatemos, ganemos o perdamos. Riqui, raca, sin bon baca, sin bon ba; hurrá, hurrá, hurrá, nuestro equipo, nuestro equipo, y nadie más”.

 

Las familias, desde la grada, acompañan. Animan, apoyan, pero también educan con su comportamiento. Porque todo forma parte del mismo proceso.

 

Después del partido, vuelta a casa. Descanso, desconectar del fútbol, juego libre, tiempo en familia. Y un pequeño repaso de lo que viene en la semana escolar. Porque el lunes, a las ocho y cuarto, todo empieza de nuevo.

 

En el deporte rey formativo, como en la vida, el progreso no suele ser inmediato ni sencillo. La reflexión de un director de cine chileno el día de la recogida de su premio Goya 2023 a la mejor fotografía, sobre una frase que les contó su maestra de escuela—“la montaña cuesta subirla, pero desde las alturas se contemplan mejores vistas”— encaja perfectamente con los valores que se busca inculcar en los jóvenes deportistas: esfuerzo, constancia y paciencia. Cada entrenamiento, cada error y cada pequeño avance forman parte de esa subida que, con el tiempo, permite disfrutar no solo de los logros deportivos, sino también del crecimiento personal.

 

El fútbol base, entendido así, no es una fábrica de resultados, sino una herramienta educativa. Un complemento que suma, que ayuda a crecer, pero que nunca sustituye lo esencial: la formación académica, los valores y el desarrollo personal. Porque cuando el fútbol ocupa su lugar —ni más ni menos—, cuando se vive con amigos, con respeto y sin presión, entonces sí: ¡Qué bonito es el fútbol!

 

Tomás Armas

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