Teatro

Javier Estévez

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Llegué al ensayo con esa mezcla de curiosidad y cautela con la que uno entra en una casa que conoce solo por fotografías. Era el primer ensayo al que asistía como autor de la obra. El texto ya no estaba en el papel, ni en la pantalla, ni en la soledad de la mesa donde fue escrito. Estaba allí, a punto de ocurrir.

 

Los actores hablaban entre ellos, estiraban el cuerpo, repasaban frases en voz baja. En algún momento el director dio una indicación breve y todo empezó. Lo que siguió fue algo que todavía me cuesta explicar con precisión.

 

Jon dejó de ser Jon y empezó a ser Sirio. María ya no era María: era Vega. José y Miguel aparecieron como Cástor y Hadar, con esa naturalidad extraña con la que a veces el teatro logra suspender la incredulidad. No fue un cambio brusco, ni espectacular. Ocurrió de una manera silenciosa, como cuando cae la noche y de pronto descubres que el cielo está lleno de estrellas.

 

Había escenas que me emocionaban de una forma inesperada. No porque recordara el momento en que las escribí, ni porque reconociera una frase que me había costado encontrar. Me emocionaban porque ya no eran mías. Habían pasado por el cuerpo de otros, por su respiración, por sus dudas, por sus pausas. El texto se había convertido en algo más amplio que su origen.

 

En un ensayo uno descubre algo que la escritura no puede anticipar: el peso de los silencios, el tiempo exacto que necesita una mirada, el modo en que una frase puede iluminar o herir según la diga una voz u otra. El teatro es, entre otras cosas, una forma de revelación.

 

Rafa, el director, había entendido algo esencial del texto. No lo explicó: lo hizo visible. Bajo su mirada, las escenas adquirían una gravedad leve, como si los personajes flotaran un poco por encima del suelo. En ciertos momentos los actores no parecían actores. Parecían otra cosa: cuerpos que emitían luz.

 

Pensé entonces que el teatro se parece al cielo nocturno. Hay oscuridad, hay silencio, hay un espacio abierto donde casi nada ocurre durante un rato. Y de pronto algo brilla. Una palabra, un gesto, una pausa. Un actor que respira y, en ese instante, sostiene un universo.

 

Salí del ensayo con una sensación difícil de nombrar. No era orgullo. Tampoco alivio. Era algo más sencillo y más raro: la certeza de que el texto había encontrado un lugar fuera de mí.

 

Quizá escribir una obra sea eso: lanzar una pequeña constelación al espacio y esperar, con paciencia, a que alguien la mire desde otro cuerpo, desde otra voz, desde otra vida.

 

Ayer, por primera vez, vi esas estrellas encenderse.

 

Javier Estévez

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