En busca del fuego

Juan Ramón Hernández Valerón.

[Img #32956]“No se sabe cuándo ni cómo fue, pero el hombre del Paleolítico descubrió el fuego”.

 
Nunca he podido olvidar estas palabras aprendidas de aquellos tiempos lejanos de la niñez. Me recuerdo siendo un niño de siete u ocho años cuando las leía por primera vez en uno de aquellos libros en los que se mezclaban todos los conocimientos de aquel entonces. Creo recordar que se titulaba “Fundamentos”, pero no lo podría asegurar a ciencia cierta. 
 
Eran los tiempos de la Dictadura Franquista, allá por el año 60 o 61, donde la Educación era impartida por maestros que no habían sido represaliados, ni apresados ni estaban desaparecidos o fusilados por la represión brutal que se instauró  después de la guerra civil y que continuó durante décadas. Muchos de ellos ni siquiera cumplían los requisitos para impartir la enseñanza, pero el Régimen se había encargado de dejar muchas vacantes. Así que llegó mucho partidario de “la letra con sangre entra”. Aunque hubo, es de justicia decirlo también, algunos buenos, sabios y cariñosos profesores que hicieron que prendiera en mí la llama del conocimiento.
 
Aquellos libros de los que hablo tenían de todo, una especie de “tres en uno”: Ortografía, Gramática, Matemáticas, Historia, Geografía… Todo el saber en un solo libro. Los niños de la Escuela Elemental no necesitábamos más, suponían los responsables de la Educación. Conocimientos Básicos y muy apretaditos eran suficientes, para qué más. Todos los adelantos educativos que se habían realizado en la República se tiraron a la basura como hicieron el barbero y el cura, ayudados por el ama y la sobrina de D. Quijote para que no se volviera loco con tanta lectura sobre libros de caballería. 
 
Los responsables educativos no querían calentar en demasía nuestros cerebros. Aprenderíamos solo los conocimientos básicos para limar un poco nuestra ignorancia, pero regados con una buena dosis de formación del espíritu nacional y mucho rezo. 
 
Tampoco sabría decir el porqué le cogí tanto cariño a la frase. Tal vez fuera porque en mi mente infantil me imaginaba al hombre del Paleolítico paralizado, atemorizado y al mismo tiempo fascinado, contemplando  un árbol ardiendo por el impacto de un rayo en un día de tormenta, y cómo después de estar mucho tiempo dedicado a la contemplación de este hecho que no llegaba a comprender, tuviera la osadía de acercarse poco a poco, avanzando y retrocediendo, gritando y gesticulando como un poseso, sin saber bien qué actitud tomar, hasta que, de manera accidental, su mano o su pie sintiera el calor de  una brasa que le haría gritar de dolor antes de salir aullando con una sensación que no había sentido nunca anteriormente.
 
Y seguía conjeturando yo en mi desbordante imaginación infantil cómo aquel (llamémosle hombre) huía muerto de terror y de dolor. Pero volvería sobre sus pasos, aún muerto de miedo, pero sin poder evitar sustraerse a aquella imagen que lo atraparía y lo retendría por tiempo indefinido, hasta que el árbol se redujera a cenizas.
 
O tal vez las cosas no fueron así, seguía elucubrando yo. A lo mejor se debió al potente bramido de la montaña mágica que de cuando en cuando expulsaba por su enorme y descomunal boca un líquido rojizo, brillante y ardiente que se elevaba hasta muy alto para descender luego a una enorme velocidad por todos los alrededores de la montaña, mientras gran parte de un líquido espeso se desbordaba por las laderas formando un riachuelo que descendía lentamente durante días y semanas desprendiendo fumarolas interminables cuyos vapores impedirían acercarse durante muchas jornadas, hasta que cansada de bramar y eructar se fuera quedando como dormida, después de un llanto lastimero, terrible y prolongado.
 
Así me imaginaba el descubrimiento del fuego en mi mente de niño, pero no lograba formarme una idea clara de cómo aprendieron a domesticarlo para usarlo en sus múltiples tareas.
 
Recuerdo una película que vi muchos años después titulada “En busca del fuego” que me entusiasmó, porque recreaba imágenes que mi imaginación no supo crear. Era un maravilloso film que abordaba este momento de la prehistoria en la que una tribu trataba de conservar siempre la pequeña llama encendida para que no se extinguiera en sus constantes desplazamientos, sus encuentros con otras tribus que habían domesticado el fuego y que se encontraba en un período evolutivo superior. 
 
Cuando me dediqué a la enseñanza pude poner dicha película a mis alumnos de Octavo de EGB para complementar el tema de la Prehistoria y para que entendieran que el fuego siempre estuvo ahí, que nadie lo inventó, que es uno de los cuatro elementos de la naturaleza, que ha existido durante millones de años. Que su control y total dominio les llevó cientos de años, tal vez miles. 
 
Conservo un grato recuerdo del film por el tratamiento que hacía sobre las relaciones que se establecían entre los hombres prehistóricos, la necesidad de conservar el fuego encendido a toda costa, la evolución del lenguaje, la búsqueda de alimentos, la organización social y cómo vivían y se enfrentaban a un medio tan hostil. Me parecía que estaba pensada con un sentido muy didáctico. 
 
Por eso, cuarenta o cincuenta años después la he buscado en Internet y me he puesto a verla. Me sigue emocionando.
 
Las distintas culturas a lo largo de la Historia han dado distintas versiones sobre el descubrimiento del fuego. A mí siempre me gustó de manera especial la versión mitológica de la civilización griega: Prometeo roba el fuego a los dioses para dárselo a los hombres, que eran sus amigos. Me encantaba porque hacía volar mi imaginación.
 
Juan Ramón Hernández Valerón.
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