Microrrelatos. Mamá

El texto revela las luces y sombras de la maternidad, abordando el amor incondicional y la soledad, el cansancio y la culpa que suelen permanecer ocultos tras los relatos idealizados.

Olga Valiente Miércoles, 11 de Marzo de 2026 Tiempo de lectura:

Nunca escuché a nadie explicarme lo que significaba de verdad de ser madre.

 

A mi alrededor, todas me hablaban del amor, sí, de las primeras veces, de sus manitas y el olor a limpio de su piel, de esa sensación de calma que te da tenerle cerca y escuchar su corazón. Todas afirman que ser madre es lo más bonito que les ha pasado en la vida y, la verdad, no mienten.

 

Pero… se callan lo que no quieren que oigas.

 

Ninguna te cuenta el miedo que se siente siendo madre, ese que empieza incluso antes de que nazca. La incertidumbre de no saber si todo saldrá bien, de si serás capaz. Luego nace, y en el lugar de desaparecer, aumenta más y más cada día, acompañándote a lo largo de los años, evolucionando contigo, transformándose en uno nuevo. Más concreto, más afilado, más real.

 

Porque no todo es de color de rosa, ni va siempre acompañado de música suave y ligera. No todos los días brilla la luz del sol y te acaricia la cara, ni te revolotean mariposas haciéndote sentir bien

 

A veces tiene ojeras profundas, olor a vómito, platos sobre la encimera, casa desorganizada, pelos locos y una mujer en pijama mirando el reloj, desesperada, a las cuatro de la mañana, preguntándose cómo es que su cuerpo puede aguantar tanto tiempo sin dormir y por qué se siente tan culpable y tan mala madre por querer descansar más de dos seguidas sin que la necesiten. A menudo, el baño se convierte en refugio donde llorar sin ser vista, donde confesar lo que no se atreven a decir.

 

«No puedo más» «Necesito dormir» «Me gustaría estar sola cinco minutos»

 

Culpa. Mucha culpa. Por estar cansada. Por querer parar. Por decirlo. Por desear, aunque solo sea por instante, la vida que tenía antes.

 

Y entonces llega la contradicción más cruel y bonita de todas: lo amas con una intensidad que no sabías que existía, con una que nace desde dentro, desde el alma, que no se compara con nada y con nadie, pero al mismo tiempo, estás perdida, agotada y te sientes invisible.

 

Ser madre es partirte en dos.

 

Una parte de ti quiere seguir siendo mujer, con sus metas y sus sueños, con sus ganas de vivir. La otra mitad no tiene ojos sino para su pequeño universo. Y durante mucho tiempo, casi nadie te pregunta cómo estás de verdad. Solo preguntan por el bebé. Y mientras, tú sonríes, dices que todo va bien, que eres feliz.

 

Rota, vacía, a veces enferma, pero inmensamente feliz.

 

Ser madre es duro. Es brutal, desordenado, injusto casi siempre. Te cambia el sueño, el cuerpo, la piel, la identidad, el pensamiento. Te apaga las luces y te enfrenta a tus sombras. Te obliga a crecer, aunque no quieras. Te rompe en pedazos…

 

Hasta que un día, en mitad de todo ese caos, en medio de juguetes tirados, prisas, llantos y manchas de puré, tu hijo te abraza sin motivo. Apoya su cabeza en tu pecho refugiándose en su lugar más seguro del mundo y te dice «te quiero».

 

Y entiendes por qué nadie te cuenta la parte mala de ser mamá.

 

Es duro, sí. Hay días que duelen, también. Hay noches eternas y muchas mañanas imposibles. Pero, desde ese primer día, para alguien eres y serás siempre heroína y refugio.

 

Olga Valiente

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