Corazón partío

Quico Espino

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Cuatro letras tiene la palabra inglesa “love” y cuatro letras tiene también su significado en español: “amor”. Y en ambas hay una “o”, que en el caso de la escultura que está en el puerto de Tazacorte, La Palma, está representada por un incompleto corazón rojo, un corazón partío, como dice la letra de una canción de Alejandro Sanz.
 
¿Quién me va a curar el corazón partío?, se preguntará muchísima gente, viendo el incierto rumbo del mundo, donde el amor, que debería ser el que impera, el motor de esta odisea que es la vida, se aleja cada vez más para dar paso a otro sentimiento, no tan positivo.
 
Parece ser que no aprendemos, que toda la historia de la humanidad no nos ha enseñado nada y tropezamos siempre con la misma piedra, esa que nos impide avanzar a mejor, la que hace que sea mayor la brecha social entre la gente poderosa y la plebe. 
 
¡Con lo fácil que serían las cosas si nos respetáramos unos a otros y compartiéramos el mundo, sin vanidad, sin injusticias ni abusos, sin delirios de grandeza!
 
Y yo me pregunto: ¿para qué quieren los ricachones tanto dinero? Pues si los ricos repartieran la mitad de su dinero entre los pobres, no existiría el hambre, se acabaría la pobreza en el planeta. Igualmente, si Europa no se hubiera metido en África y no se hubiera llevado toda su riqueza no serían tan paupérrimos los países africanos. Si los talibanes, los habitantes de Arabia saudí y otros muchas sociedades amaran a las mujeres, no habría ni una pisca de machismo en este mundo. Si nos respetáramos y nos quisiéramos todos y todas, siendo cada cual como realmente es, que es lo que dice un cantante brasileño, llamado Marcio Faraco, en su tema “Mundo oval”: “la riqueza está en el hecho de ser todos diferentes”, sería otro el cantar. 
 
“Iguales y diferentes” se titula un libro que escribimos mi amigo Juan Ramón, mi amiga Pepa Aurora, otro escritor llamado Oswaldo Martín y yo, en el que hablamos sobre el hecho de que todos somos iguales aunque seamos diferentes. Ser blancos, negros o amarillos no nos hace distintos como seres humanos, por lo que tenemos nuestros derechos, unos derechos fundamentales que deben prevalecer para que nos miren como iguales ante la leyes, unas leyes que deben ser respetadas y no mancilladas.
 
Ser iguales a pesar de nuestras diferencias se consigue sobre todo aportando, dando, pues quien más da es quien más tiene. Recuerdo que, siendo un chiquillo y antes de irme a estudiar a La Laguna, saqué cientos de baldes de agua de un aljibe que teníamos, al que llenábamos gracias a una acequia aledaña al pozo, y que se la dábamos a casi todos nuestros vecinos. 
 
Como por aquellas fechas estaba a la orden del día la economía de trueque, a mi madre le daban platos de higos y de nísperos, manillas de plátanos, bolsas de papas recién cogidas, habichuelas, aceitunas endulzadas y un largo etcétera, aparte de las gracias por el agua.
 
También recuerdo que había una señora, una especie de segunda madre para mí, que estuvo a punto de ser maestra y que impartía clases particulares, y la única manera que tenía de devolverle el favor a mi madre era enseñándome las partes de la oración y las tablas de sumar, restar, multiplicar y dividir. Y antes de los cinco años estaba yo aprendiendo el nombre, el pronombre, el adjetivo… y los ejercicios de la rama más antigua y elemental de las matemáticas.   
 
¡Qué pena que este mundo nuestro no se haya arreglado y que vaya cada vez peor por culpa del dinero, que es el que da el poder. Ya lo anunció Francisco de Quevedo  hace más de cuatro siglos con su “Poderoso caballero es don dinero”. 
 
Guerras, hambre, falta de respeto y consideración, abuso de poder, y otras muchas calamidades se ciernen sobre nosotros a causa de la megalomanía de algunos políticos que se creen el ombligo del mundo y actúan con total impunidad.
 
Esperemos que entren en razón y, si no, que les frenen a tiempo para que su actos no sean tan destructivos como, por ejemplo, lo que sucedió en Gaza, donde, por más que mientan el primer ministro israelí y el presidente de los Estados Unidos, se cometió un genocidio como la copa de un pino.
 
Yo sigo creyendo en la bonhomía de la gente. Espero que haya un momento, un día, en el que se produzca un punto de inflexión y el pueblo se dé cuenta de que las cosas no pueden continuar por estos derroteros. Hemos de abrir bien los ojos entonces, armarnos de seguridad, quitarle el poder a quien lo tiene, pues lo usa para su propio beneficio, y, por fin, llevar la justicia al mundo. Entonces sí seremos todos iguales. 
 
Ojalá.
 
Texto: Quico Espino
Fotografía: François Hamel
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