Las bibliotecsa, lugares de magia
Se le atribuye a Jorge Luis Borges, probablemente uno de los escritores argentinos más conocidos y venerados dentro de la literatura hispanoamericana y universal, la frase que reza: "Siempre imaginé que el Paraíso sería algún tipo de biblioteca". Y no puedo estar más de acuerdo con él, la verdad.
Las bibliotecas, tanto las privadas como las públicas pero más las públicas, hacen una labor fundamental ya que atesoran lo más valioso de la creación humana: las palabras convertidas en historias de terror o fantásticas, en cómic, en novelas, en ensayos, en poemarios, en revistas, en grandes relatos de amor... es decir, de todo aquello que el ser humano ha sido capaz de crear a través de la imaginación y volcar en negro sobre blanco.
El término 'biblioteca' proviene del latín bibliothēca, que a su vez procede del término griego βιβλιοθήκη (bibliothēke) y está compuesto por βιβλίον ('biblíon', 'libro') y θήκη ('théke', 'armario, caja'); es decir, el lugar donde guardas libros. De sobra son tristemente conocidas las icónicas bibliotecas de Alejandría, la de Pérgamo y la Asubarnipal (Irak), todas ellas víctimas del fuego estúpido e insensato de los conflictos bélicos. Según los estudiosos del tema, fue en Roma donde se fundó la primera biblioteca pública de la que hay constancia, obra de Asinio Polión, a la que siguieron otras grandes bibliotecas, como la Octaviana y Palatina, creadas por Augusto, y la Biblioteca Ulpia, del Emperador Trajano. Ya en ellas, existía una sección griega y otra romana.
Para conocer en profundidad la evolución del libro les invito a leer El infinito en un junco, el ensayo de la escritora zaragozana Irene Vallejo, en la que narra la invención de los libros en el mundo antiguo. La obra, galardonada con el Premio Nacional de Ensayo 2020, se ha convertido en un auténtico best-seller lo que ha llevado a su autora a recorrer cientos de ferias del libro por todo el planeta. Una obra con muchas ventas que, curiosamente, fue rechazada por distintas editoriales hasta llegar a Siruela, que la publicó y promocionó hasta que convertirla en el éxito mundial que es hoy en día, algo que nos deja entrever interesantes claves sobre la importancia de contar con una editorial grande que visibilice y promocione una obra no solo en librerías, sino en festivales literarios y en medios de comunicación.
Hoy las bibliotecas, además se servir como espacio de repositorio del conocimiento humano, son espacios para la promoción de la cultura y la lectura, un lugar en el que las personas buscan tranquilidad y silencio para el estudio o la lectura pausada y tranquila, pero también son espacios multifuncionales ya que muchas albergan salones y aulas que actúan como lugares para la celebración de actos de todo tipo, desde presentación de libros a la celebración de jornadas formativas, sesiones dirigidas a familias o clubes de lecturas, además de ser espacios donde poder conectarse a internet, leer la prensa diaria, acceder a libros electrónicos y audiolibros, música, fotografías y multimedia históricas, etc...
Una vez leí que la capacidad de pensamiento crítico de un país, de una ciudad o de un pueblo, y por tanto, de cultura y yendo un poco más allá, de respeto a los demás y todo lo que eso incluye (derechos humanos, empatía, justicia, solidaridad...) se puede medir por la cantidad de libros que se atesoran en sus bibliotecas y, por supuesto, por la cantidad de bibliotecas y librerías que hay dentro de su ámbito territorial.
Según datos del Ministerio de Cultura, el Sistema de Sistema de Información sobre Bibliotecas Españolas del Consejo de Cooperación Bibliotecaria (CCB), que coordina la Subdirección General de Coordinación Bibliotecaria, estima, con datos relativos a 2024, que en España había algo más de 4.540 bibliotecas públicas activas en España, una cifra que incluye 77 bibliobuses. A este número hay que sumar la red de bibliotecas universitarias, un centenar en el Catálogo Colectivo de la Red de Bibliotecas Universitarias y especializadas.
En Canarias, según datos de la Red de Bibliotecas de Canarias (BICA) hay más de 130 bibliotecas y unas 220 sucursales, consolidando un catálogo colectivo que supera los 3,7 millones de fondos. Este sistema abarca bibliotecas públicas, especializadas y centros de documentación.
Lo cierto es que cualquier ciudad que se precie debe de contar con una biblioteca viva, activa y abierta que responda al nivel cultural de su ciudadanía. Por eso me alegro enormemente de la iniciativa impulsada por el ayuntamiento de Gáldar de reconvertir el antiguo edificio sede de la Once en la futura Biblioteca municipal, permitiendo que la ciudadanía lectora cuente no solo con instalaciones más adecuadas sino que también con salas de uso polivalente, salón de actos y diversos espacios específicos entre las que se encontrará, espero, la Poeteca que alberga la actual Biblioteca pero más espacio y volúmenes.
El edificio, con una superficie construida de 1.400 metros cuadrados repartidos en tres plantas, será la sede de la futura biblioteca y de la radio municipal, tal y como anunció hace apenas unos días el Ayuntamiento de Gáldar que, para su materialización, destinará algo más de 500.000 euros.
Hay que recordar que la biblioteca galdense, que cuenta con más de 25.000 volúmenes de fondos bibliográficos, comenzó su andadura en el año 2002 en el edificio ubicado junto al Polideportivo Juan Vega Mateos, aunque anteriormente había contado con varias sedes intermitentes como la situada en el espacio que hoy alberga la emblemática Sala Sabor. La actual biblioteca municipal, con Juan Carlos Cabrera Estévez, su director al frente desde hace más de 25 años, ha venido desarrollando durante este tiempo una ingente labor para movilizar este templo de los libros, un trabajo que, sin duda, se verá mejorado con la puesta en marcha de la futura sede municipal dependiente de la concejalía de Biblioteca del Ayuntamiento de Gáldar, que dirige Carlos Ruiz Moreno.
Por cierto, que la importancia de las bibliotecas es tal que cuenta con un día anual propio, el 24 de octubre, una fecha instaurada en 1997 en recuerdo a la destrucción por el fuego de la icónica Biblioteca Nacional de Sarajevo durante el conflicto de los Balcanes en 1992. El fuego maldito de las guerras, de la violencia, de la destrucción que solo engendra eso: violencia y destrucción, como en la que nos quiere meter el prepotente presidente de color naranja que más le valiera visitar alguna biblioteca y leer un poco más de filosofía, historia, geografía y, sobre todo, de manuales de diplomacia. Nos iría mucho mejor al resto del planeta...
Pero volvamos a Borges, la frase "Siempre imaginé que el Paraíso sería algún tipo de biblioteca", la traslado también a las librerías. Y es que tanto las bibliotecas como las librerías son espacios para la literatura y los libros, lugares donde se contiene el conocimiento universal de la humanidad, y no solo eso, sino también donde se encuentran las herramientas para cultivarnos a nivel intelectual.
Por supuesto que entre una librería y una biblioteca pública la diferencia es que mientras una vende libros y ese es su negocio, la otra alberga libros en préstamos para el público lector y eso nunca debe ser un negocio, si no que se debe de entender como lo que es: un espacio al servicio del público. Y sin embargo, afirmo que apostar por contar con una biblioteca bien dotada de fondos es siempre un buen negocio, aunque no sea rentable financieramente hablando. Porque es un servicio que se presta a la ciudadanía que, aunque pueda ser deficitario a nivel económico, nunca lo es a nivel social y cultural, generando un poso de conocimiento cada vez más necesario en un momento de la humanidad en el que las humanidades son menospreciadas dentro de los currículos educativos en beneficio de las asignaturas técnicas, lo que, como bien sabemos, responde a unos intereses muy definidos de una sociedad consumista bajo los mandatos del neocapitalismo.
Además, las bibliotecas como espacios públicos que son acogen de forma gratuita la celebración de actos como presentaciones de libros, cosa que en las últimas fechas he observado que las librerías no están acogiendo, quizá por entender que no resulta rentable ubicar un espacio para ello, cosa de la que difiero completamente ya que siempre la librería se lleva un tanto por ciento del precio del libro presentado o vendidos en una sesión de firma de libros, por lo que no logro entenderlo.
Por cierto, y aquí hago una reivindicación tanto de tantas autoras y autores como de las pequeñas editoriales de las islas: sería más que aplaudible que las librerías con sede en Canarias tuvieran más visibles las obras de escritoras y escritores canarios ya que, salvo honrosas excepciones, los libros de autoras y autores de las islas suelen estar todos apelotanados en una estantería al fondo del establecimiento y muy pocas veces ocupando los escaparates del mismo. En un negocio donde las novedades son semanales, las personas que escribimos no solemos tener visibilidad ninguna en nuestra propia tierra. Entiendo que una librería es un negocio, pero un negocio que se nutre también de las editoriales y de las personas que crean literatura aquí, en estas islas en medio del Atlántico.
Para los malpensantes, aclaro que esta reivindicación no es un ataque de ombliguismo ni egocentrismo como escritora. Responde más bien al justo reconocimiento a las autoras y autores que están al frente de una producción literaria de gran calidad en el Archipiélago que, sin embargo, no encuentran eco donde tienen que tener, es decir, en las librerías y hasta a veces, en las bibliotecas públicas.
Por eso, les invito a visitar su biblioteca o su librería más cercana y acercarse a la lectura de nuestros creadores en prosa y verso. Déjense sorprender por su calidad. ¡Salud y literatura!
Josefa Molina






























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