Microrrelatos. El amigo que nadie ve

La presencia invisible que ayuda a superar los miedos y crecer en la infancia.

Olga Valiente Miércoles, 04 de Marzo de 2026 Tiempo de lectura:

Cuando Gloria dijo que no estaba sola, que a su lado estaba su amigo, su mamá pensó que solo se trataba de una fase pasajera.

 

—¿Y cómo se llama tu amigo? —preguntó, sonriendo mientras la ayudaba a recoger los juguetes.

 

—Todavía no me ha dicho su nombre, pero dice que no le importa cómo lo llame. No lo necesita —respondió ella con total tranquilidad.

 

Ese amigo, al que ella describía como «pequeño y amarillo», aparecía siempre a última hora de la tarde, justo cuando la luz del sol empezaba a desaparecer por completo dando paso a la noche y el mundo, para Gloria, parecía demasiado grande como para poder hacerle frente sola. No hacía ruido, no desordenaba nada. Solo se colocaba a su lado, la escuchaba y le hacía compañía.

 

Y eso era lo único que importaba.

 

Gracias a él, Gloria ya no le temía a la oscuridad y había empezado a dormir sin necesitar la luz de la lámpara de noche. Tampoco lloraba echando de menos a papá y se había vuelto más alegre y comunicativa.

 

Con él practicaba para ser valiente, ensayaba cómo perder el miedo a hablar delante de sus compañeros del cole, transformaba miedos y preocupaciones en grandes aventuras y, cuando algo dolía, él lo convertía en un juego.

 

Un día, sin embargo, dejó de aparecer.

 

Gloria dejó de hablar de él y ni siquiera hubo despedida. Simplemente, ella dejó de necesitarlo. Se volvió más capaz, más atrevida, más valiente y menos temerosa. Incluso, comenzó a decir «no» cuando algo no le gustaba.

 

Su madre pensó que quizá se estaba haciendo mayor.

 

Y así era, pero, lo que realmente ocurrió, fue que aquel extraño amigo, pequeño y amarillo, había cumplido ya con su función. Vino para acompañarla cuando se sentía sola y no sabía pedir ayuda, para ayudarla a crecer y construirse a sí misma poco a poco, antes de sentirse segura de sí misma.

 

A veces, los adultos olvidamos que todos tuvimos nuestro propio amigo, al que le contábamos nuestras inquietudes y en él que nos apoyábamos ante los problemas. Y quizá, si prestásemos más atención y aprendiésemos a escuchar, descubriríamos que nunca se fue del todo. Que siempre ha estado ahí. Solo que ahora aprendió a hablar con nuestra propia voz.

 

Olga Valiente

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