Gáldar: ¿Macroeventos necesarios?

Guayarmina Guanarteme

[Img #37008]En los últimos años, Gáldar se ha consolidado como uno de los puntos más concurridos de Gran Canaria. Navidad, Carnavales, conciertos multitudinarios y grandes eventos han convertido el Casco Histórico en un foco permanente de atracción para miles de personas de toda la isla. A simple vista, podría parecer un éxito indiscutible: calles llenas, plazas abarrotadas y una imagen proyectada hacia el exterior de municipio dinámico y vibrante.
 
Pero conviene detenerse y formular una pregunta incómoda: ¿es necesario este modelo? ¿Y, sobre todo, qué aporta realmente a quienes viven en Gáldar los 365 días del año?
 
El ejemplo más reciente lo hemos vivido en los últimos Carnavales. El mayor aparcamiento del Casco, La Quinta, fue cerrado para acoger actos festivos, sin que se ofreciera una alternativa real para los vecinos. El resultado fue el caos: calles cortadas, tráfico colapsado, residentes dando vueltas durante largos periodos de tiempo sin encontrar dónde estacionar. Personas mayores, familias con niños, trabajadores que simplemente intentaban regresar a casa tras su jornada laboral.
 
¿De verdad era inevitable? ¿Se planificó con suficiente rigor? ¿Se pensó en el residente antes que en la foto aérea del evento multitudinario?
 
No se trata de cuestionar las fiestas ni de renegar del Carnaval, que forma parte de nuestra identidad. Se trata de analizar si el modelo elegido prioriza el espectáculo por encima de la convivencia. Porque una cosa es dinamizar el municipio y otra muy distinta convertir el Casco Histórico en un escenario constante donde la vida cotidiana queda relegada a un segundo plano.
 
Gáldar siempre ha sido cabeza de comarca en el Norte. Un referente comercial, social y cultural sin necesidad de macroinfraestructuras ni concentraciones masivas. Su esencia ha sido la cercanía: la plaza como punto de encuentro, el comercio de proximidad, la vida de barrio donde todos se conocen y todos caben. Esa identidad no necesitaba escenarios gigantes ni cierres generalizados de espacios públicos para brillar.
 
La concentración de inversión en el Casco Histórico también genera otra percepción preocupante: la desigualdad territorial. Mientras se centra todo en el Caso, muchos barrios no tienen personas que realicen sus fiestas patronales. ¿Estamos construyendo un municipio equilibrado o un escaparate puntual?
 
Además, existe un coste invisible que rara vez se menciona: el desgaste de la convivencia. El ruido hasta altas horas, la dificultad para descansar, la suciedad posterior a los eventos, el estrés circulatorio. Cuando el vecino comienza a sentir que su bienestar es secundario frente a la masificación, algo falla en el modelo.
 
Convertir cada festividad en un macroevento puede generar impacto económico puntual, pero no puede ser el eje central de un proyecto de municipio. El desarrollo sostenible requiere planificación, participación vecinal, equilibrio entre atracción exterior y calidad de vida interior.
 
La pregunta de fondo es sencilla pero profunda: ¿queremos una “macro Gáldar” o queremos seguir siendo un pueblo con identidad propia? ¿Qué tiene de malo mantener la esencia que durante décadas nos convirtió en referencia del Norte sin perder la cercanía?
 
Crecer no siempre es sinónimo de saturar. A veces, la grandeza está en saber conservar lo que funciona, en proteger el carácter propio y en escuchar a quienes viven aquí todo el año.
 
Gáldar merece un debate serio sobre su modelo de futuro. No desde la confrontación, sino desde la reflexión. Porque antes de preguntarnos cuántas personas caben en una plaza durante un concierto, quizás deberíamos preguntarnos cuántas siguen sintiéndose en casa cuando termina el espectáculo.
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