¡Arriba las manos!

Pascual Calabuig Miranda

[Img #3694]Corría la primavera de 1974 y mi entretenimiento favorito, en los días libres, era acercarme a zonas boscosas para seguir la crianza de las aves en el entorno del noroeste de Gran Canaria, donde, desde muy niño, pasaba los fines de semana y las vacaciones. Armado de unos buenos prismáticos, me encaramaba a los árboles y a lo alto de roques y laderas para, desde allá arriba, ver cuántos huevos ponían, cuanto tiempo de incubación requerían y cuantos pollos nacían. Pero, sobre todo, me encantaba conocer cuántos pollos eran capaces de sobrevivir y volar del nido.

 

Para acercarme a las zonas boscosas, alejadas de caseríos y pueblos, lo hacía caminando, otro de mis grandes entretenimientos de juventud, las largas caminatas. Casi siempre lo hacía solo pues a mis amigos, en aquellos tiempos, no les gustaba, o no aguantaban. Así que mejor, y más tranquilo, caminar en soledad.

 

Justo en medio de la Semana Santa, esta vez acompañado del buenazo de Miguel Reyes, Lito, nos dirigimos al Brezal, en los altos de Santa María de Guía, donde estábamos siguiendo la crianza de un nido de pinzón vulgar, al que aquí conocen como “chaochao”. Por el barranco llegamos a Guía y luego subimos, por Los Naranjos, bordeando la Presa de Las Garzas, hasta San Juan. Seguimos por caminos reales, hasta El Palmital. Desde allí al Brezal una bajada por la carretera de Moya y ya estamos en pleno bosquete de brezos y fallas.

 

Un rato para coger resuello y me subo a lo alto de un brezo en una ladera desde donde podía ver perfectamente la cazoleta de un nido de pinzón y ver cómo la madre no paraba de llevar mariposas y larvas. En esto que Lito me dice: “Pascual, por ahí detrás viene alguien”.

 

Al momento oigo unos gritos muy agresivos: ¡Arriba las manos, no se muevan!

 

Miro hacia abajo y allí que veo a Lito, blanco como un papel, brazos en alto, mirándome con los ojos desorbitados y cuya imagen quedó así grabada en mi memoria. A su lado tres guardias civiles, dos guardias con ametralladora corta, de las que llamaban zetas, y el otro, el que daba las órdenes, empuñando una pistola con la que me apuntaba.

 

¡Que levante las manos! Vuelve a repetir el Jefe.

 

¡Si las levanto me caigo! Le contesto mientras iniciaba el descenso.

 

Ya en el suelo, sin dejar de apuntarme con la pistola le dice a los guardias a su mando: ¡Pero si es un chiquillo!

 

[Img #37229]

 

¡No, tengo diez y seis años! Se me ocurre contestarle. No le debió gustar el comentario pues, con mucha autoridad y mientras ponía el seguro a la pistola, me dice que hable solo cuando él lo pida y que le enseñe la documentación. Saco el DNI y al ver mi nombre le cambia la cara y me pregunta: “¿Cómo se llama su abuelo? Agustín, pero le dicen Agustinito”, le contesto, ya más tranquilo, sin aquel arsenal de guerra apuntándonos.

 

Pues sepa usted que acabo de desayunar con su abuelo”, me dice aquel, por entonces, Capitán de la Guardia Civil, ya en un muy distendido tono.

 

Y cómo es que nos ha dado este tremendo susto si solo estamos viendo pájaros”, le contesto.

 

Nos explica el Capitán que: “se han escapado anoche dos legionarios, presos en el Castillo de San Francisco. Van armados con pistolas robadas en la prisión. Recibimos aviso de que ustedes se habían escondido aquí con las pistolas que llevaban en las manos, ya veo que eran los prismáticos, pero el aviso era ese, así que vinimos inmediatamente”.

 

Arreglado el entuerto nos llevan a la tienda, por encima del bosquete de brezos, donde estaba el señor que nos había denunciado tan erróneamente. Aclarado todo, nos quedamos solos pero, ya sin ganas de pajariar, nos volvemos, andando, a Gáldar.

 

Le cuento a mi madre lo ocurrido y me cuenta que: “si si claro, ese es Antoñito, el Jefe del Cuartel de Guía, que viene cada día a casa de abuelo a buscar la leche y se toma algo con él”.

 

Al año siguiente iniciaría la carrera de Biología en la Universidad de La Laguna, con apenas diez y siete años. Terminada esta, ya licenciado, inicié unos trabajos de investigación con lagartos endémicos de Tenerife. Y una tarde, volviendo de la Facultad, escucho que se ha producido un golpe de estado, secuestrando al Parlamento en Madrid. Llamo a mis padres y todavía recuerdo la voz seria de mi padre: “vete a casa y no salgas para nada hasta que esto haya pasado”. Así lo hice llegando enseguida a mi casa, en el barrio de San Lázaro, con la pequeña Honda 70 con la que me movía en aquella entrañable ciudad universitaria donde pasé una de las mejores épocas de mi vida.

 

En la tele no me canso de seguir las noticias y, al momento, reconozco la cara de aquel Teniente Coronel que comandaba el asalto. A la mañana siguiente, fracasada la asomada militar que propiciaban los continuos atentados de la ETA, provocando a los militares, llamo a casa y sale mi madre: “¿Reconoces al Teniente Coronel mami? Le pregunto.

 

Claro, es Antoñito, el amigo de tu abuelo “ Me contesta tan campante.

 

El recientemente fallecido Antonio Tejero, efectivamente, fue el comandante del Cuarte de la Guardia Civil en la década de los setenta, cuando ocurrió lo narrado que es sólo una más de las muchas anécdotas de mi vida, siempre relacionadas con la fauna isleña.

 

Pascual Calabuig Miranda

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