Poco —o más bien nada— se ha comentado acerca de la presencia de un ilustrísimo personaje de poder en el Ayuntamiento de Gáldar en la reciente gala de los Premios Goya, celebrada este año en la ciudad de Barcelona. Un evento que reúne a lo más destacado del cine español, a sus grandes figuras, a los nuevos talentos y a las instituciones que respaldan la industria audiovisual nacional.
Sin embargo, la pregunta que flota en el ambiente es tan sencilla como inevitable: ¿a qué obedecía la presencia de tan insigne personalidad en la gran noche del cine español? ¿Acudió a título personal, movido por una vocación artística poco conocida o por méritos propios dentro del ámbito escénico? ¿O asistió en calidad de representante institucional, encarnando los intereses culturales del municipio que gobierna?
La cuestión no es baladí. La asistencia a un evento de esta magnitud no suele ser casual. La gala de los Goya no es únicamente una ceremonia de premios; es también un escaparate político, cultural y mediático. En ella confluyen representantes públicos, patrocinadores, productores, artistas y responsables de instituciones que buscan visibilidad, proyección y, en muchos casos, justificar la inversión pública en cultura.
Resulta llamativo, además, que esta presencia cobre especial relevancia si se pone el foco en la realidad cultural del propio municipio. Gáldar, un pueblo con una historia centenaria y un patrimonio arqueológico de enorme valor, como el de la Cueva Pintada, sigue siendo, paradójicamente, un lugar sin salas de cine permanentes. No deja de ser una ironía que un municipio que carece de un espacio estable para la exhibición cinematográfica tenga representación en la gala más importante del cine español.
Más aún cuando Gáldar celebra su propio festival, un evento que, con esfuerzo y voluntad, trata de fomentar la cultura audiovisual y acercar el cine a la ciudadanía. ¿No sería prioritario consolidar primero infraestructuras culturales estables? ¿No debería centrarse la acción institucional en garantizar el acceso cotidiano a la cultura antes que en proyectar una imagen de presencia en grandes eventos nacionales? ¡La alfombra roja para que se luzcan los 19 concejales!
La reflexión no pretende desmerecer la importancia de acudir a actos de relevancia estatal. La cultura necesita representación, apoyo institucional y redes de contacto. Pero también requiere coherencia, planificación y transparencia. Cuando un cargo público asiste a una gala como los Premios Goya, la ciudadanía tiene derecho a conocer en qué calidad lo hace, con qué objetivos y con qué coste.
Porque más allá del brillo de los focos, las alfombras rojas y los discursos emotivos, la política cultural se mide en hechos concretos: espacios abiertos, proyectos sostenibles, acceso real de los vecinos a la cultura y rendición de cuentas. Y ahí es donde surge el debate legítimo.
Gáldar, el pueblo sin salas de cine que celebra un festival, merece algo más que una fotografía en la alfombra roja. Merece una estrategia cultural sólida, transparente y pensada para sus ciudadanos. La pregunta, por tanto, no es solo qué hacía un representante galdense en la gala de los Goya, sino qué está haciendo —o dejando de hacer— por el cine y la cultura en su propio municipio.
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