Gáldar, 15 de septiembre de 1930
Querido Rafael, recibí tu carta hace tiempo y desde entonces la mantenía guardada en el bolsillo de mi delantal, pensando en las palabras que quería decirte por medio de Dña. María, la maestra, que sabes que yo apenas sé leer y escribir. A tu hermano no lo quiero ocupar, apenas se deja ver por aquí.
Me alegra que estés bien y que enseguida encontraras trabajo en esa tierra que no me imagino como será. Por aquí no puedo decir que no ha cambiado nada, pero sí que ha cambiado esta casa nuestra. Yo perdí el hijo que esperaba por una caída y me encuentro muy débil para seguir trabajando en los cachos que tenemos, además de que hay que cuidar de los animales: la vaca ( que ya ha parido), las dos cabras, las gallinas… Los muchachos nuestros hacen lo que pueden, son muy diligentes, aunque yo prefiero que no pierdan colegio y, para que estés enterado, a las niñas las puse en el colegio también para que no sean unas burras como yo y puedan tener un porvenir, se casen o no.
Te tengo que decir, Rafael, que te fuiste por las ansias de tener más, aquí no nos faltaba la comida, y me dejaste tan sola… Tus hijos necesitan a su padre y yo te necesito a ti. Acuérdate del dicho “contigo pan y cebolla”. Estoy segura, Rafael, que si te vinieras para acá todo sería mejor, nunca nos ha faltado la comida y el cacho de tierra de la Hoyeta puede esperar.
He conocido a muchas mujeres que sus esposos han emigrado buscando mejor porvenir y han pasado años sin que regresen y, envejecidas prematuramente por la carga de hijos y responsabilidades las llaman “Mujeres de Sal”, quizá sea por lo desaladas que les dejó la vida; yo voy de camino de ser una de ellas: a veces tengo ganas de tirar la toalla.
Piensa, Rafael, si tu ida ha sido motivada por la ambición, porque nosotros, gracias a Dios. tenemos para comer, nunca hemos pasado hambre y en estos tiempos malos, por lo menos nos tendríamos el uno al otro y sería la vida más llevadera.
Te tengo que decir, también, que parece ser que han terminado los años de sequía. Llueve desde hace unos días y la semana pasada, tu primo Alberto, el de la Era, se ofreció a arar el cacho de Arriba y plantar dos sacos de papas. Me ha sido de mucha ayuda, incluso de trajinar con los animales. Todas las tardes se acerca a tomar un café conmigo: es un buen hombre y no sé cómo no se ha casado.
Me despido con un fuerte abrazo
Tu esposa Pino.
Texto e ilustración: Juana Moreno Molina
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