¿Se abrirán de nuevo en Chile las grandes alamedas por donde pase el hombre libre?

Juan Ramón Hernández Valerón.

[Img #32956]El domingo, 14 de diciembre  de 2025, hubo elecciones en este país andino. El resultado de las urnas no pudo ser más fatídico para la izquierda, pues un 58% de los votos recalaron en un partido de ultraderecha cuyo líder será el próximo presidente. Todos los que depositaron su voto en este candidato eran conscientes y conocedores de su origen: un fascista, hijo de fascista; un diputado que añora la dictadura de Pinochet, que sigue siendo fiel a aquel régimen y al que sigue defendiendo a capa y espada. El resultado de las urnas no puede ser más claro: en marzo, o sea, dentro de unos días, gobernará en este hermoso país la ultraderecha.
 
Resulta duro para cualquier demócrata despertar en la mañana de un lunes y leer una noticia como esta. Este nuevo bandazo que se ha producido en Chile viene a confirmar el avance inaudito de la ultraderecha en multitud de países. 
 
El 11 de septiembre de 1973, el día del golpe de estado del general Pinochet contra el gobierno legítimo del presidente Salvador Allende, disfrutaba yo de un día de playa. Tenía 19 años y acababa de terminar COU, lo que me permitiría acceder a la Universidad. Era un estudiante pobre que tenía que trabajar en las vacaciones para conseguir algún dinero que llevar a casa y para pagar la matrícula y los libros del siguiente curso. Tanto en verano como en Navidad y Semana Santa mis amigos, estudiantes como yo, trabajábamos en la construcción. En aquellos tiempos que hoy me parecen tan pretéritos, la actividad turística en Canarias mantenía unos niveles elevados de trabajo. 
 
Por todas partes seguía levantándose hoteles  y apartamentos en la franja costera del sur de nuestra isla, por lo que el volumen de trabajadores era enorme. Una guagua nos recogía a las cinco y media de la mañana para llevarnos por aquellas pobres carreteras colapsadas por miles de coches que se desplazaban a velocidad de tortuga en filas kilométricas para llegar a nuestro destino al cabo de dos horas. Era desesperante, una tortura diaria. Y así un día tras otro, muerto de sueño en las idas y cansado y agotado en el regreso. Miles de hombres levantando edificios semejaban un hormiguero. Esto fue así hasta que los efectos de la crisis del petróleo redujeron la actividad constructora a la mínima expresión, llevando al paro a miles de personas. La gente de muchos pueblos padeció sus efectos. Fue un duro golpe a la economía de las islas. 
 
Aquel 11 de septiembre, mientras disfrutaba de los suaves rayos del sol después de nadar en las tranquilas y transparentes aguas de nuestra playa del Burrero, nos enteramos de la noticia: el presidente Allende se había atrincherado en el palacio de la Moneda con unos pocos hombres leales para defender con sus vidas el gobierno legítimo. Las imágenes de la aviación bombardeando el palacio ocuparon las portadas de los grandes rotativos de todo el mundo y nos sobrecogieron. 
 
Inevitablemente, el palacio fue tomado por las armas y los pocos supervivientes fueron arrestados. El presidente Salvador Allende, dando ejemplo de hombre comprometido hasta las últimas consecuencias, dio su vida por defender la Democracia, convirtiéndose así en una leyenda. Otro gobierno de izquierda sucumbía a manos de los militares con la inestimable ayuda de la CIA, que tenía mucha experiencia en derrocar regímenes. 
Este suceso nos impactó y creo que influyó mucho en nuestro pensamiento político, porque hay hechos que hacen que tomes partido, es inevitable. 
 
En los días y semanas posteriores nos llegaban pormenores del golpe militar y de los motivos que llevaron a Allende a sacrificar su vida. Leía los reportajes periodísticos sobre el suceso y las diversas versiones sobre lo que había pasado. Los golpistas justificaban el golpe diciendo que era insostenible un gobierno comunista en el país, que se vieron obligados a intervenir militarmente para evitar males mayores,  para que no se propagara por los demás países, y bla, bla, bla. Vamos, lo de siempre, justificar lo injustificable, pues hay que recordar que este gobierno derrocado por las armas había surgido de las urnas. 
 
No nos sorprendió, porque los españoles teníamos alguna experiencia sobre hechos parecidos. La historia, desgraciadamente, siempre se repite: los intentos de consolidar una democracia estable y duradera están expuestos a los caprichos de la clase poderosa que, apoyados por la fuerza militar, acaban en un día, en una hora, con el esfuerzo de muchos. Siempre encuentran motivos para justificar sus acciones. El caso es que terminan convenciendo a una gran parte de la población de que sus actuaciones eran necesarias; no hacerlo sería muy peligroso para el bien común.
 
El caso fue que una de las democracias más estables de América Latina caía bajo el poder de los salvapatrias de siempre. Ya antes del golpe, el gobierno de Estados Unidos con Richard Nixon como presidente y su Secretario de Estado, Henry Kissinger, influyó de manera decisiva apoyando y financiando activamente las condiciones para la realización del golpe de Estado. La Junta Militar, con Pinochet al frente, implantó un modelo autoritario: anticomunismo, prohibición de partidos políticos y de los sindicatos, eliminación de la libertad de expresión, disolución del Congreso Nacional y violaciones de los derechos humanos. Dicha Dictadura comenzó el 11 de septiembre de 1973 y acabó sus días 17 años después, el 11 de marzo de 1990. 
 
Todo ello viene a confirmar cómo los poderosos, apoyados por la fuerza militar, siempre se presentan como los guardianes que velan por la paz, el orden y la seguridad de todo el planeta. Se creen ángeles elegidos por Dios para librar al mundo del mal. Y ahí siguen empeñados desde que el mundo es mundo. 
 
Es duro de aceptar que después de tantos sufrimientos y tantos sacrificios sea precisamente a través de las urnas, con el 58% de los votos, cómo se instalará en Chile un gobierno de ultraderecha que gobernará a partir de marzo, y que un fascista hijo de fascista y admirador de Pinochet, José Antonio Kast, asumirá el Gobierno de la Nación gracias a los votos de una mayoría de chilenos que lo ha elegido para llevar los destinos del país.  
 
“Cosas veredes…”
 
Juan Ramón Hernández Valerón.
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