Gloria
Me pidió que hablara en la presentación de su libro y sentí, al mismo tiempo, un honor y un vértigo. El honor lo entiendo. El vértigo es más difícil de explicar.
El libro se llama Melodías del camino. Lo escribió Gloria Betancor. Es una autobiografía, que es uno de los géneros más antiguos y más valientes de la literatura: nace en el instante preciso en que alguien se detiene, mira hacia atrás, y decide que lo que ha vivido merece ser contado. No porque haya ganado batallas ni cruzado océanos. Sino simplemente porque ha sido suyo. Porque ha sido verdad.
Hija de maestros. Hermana de maestros. Maestra ella misma a los diecinueve años en el campo de Tefía, donde enseñaba a leer mientras ayudaba en las faenas del campo. Después Montaña Alta, donde la bruma era tan densa que a veces tapaba las caras de sus alumnas pero no apagaba las ganas de aprender. Después Madrid. Después Colombia, donde aprendió, ella, que había ido a enseñar, lo que significa confiar en la vida sin más red que la fe. Después, de vuelta,a este pueblo. A esta ciudad. Guía. Porque la vida la trajo cuando más la necesitaban quienes la querían, y ella supo reconocer en ese regreso no una derrota sino una vocación.
Yo no soy creyente. Y sin embargo fue Gloria quien me hizo ver en la figura de Jesús de Nazaret una de las historias más hermosas jamás contada. Hay un secreto que no había contado hasta hoy: siempre me gustó observarla cuando comulgaba. Su recogimiento. Su silencio. Esa paz que yo miraba desde fuera con algo parecido a la envidia. No la envidia de quien quiere lo que tiene el otro. Sino la de quien reconoce en el otro una manera de estar en el mundo que quisiera, algún día, aprender.
Recuerdo entrar en Las Dominicas y leer en posters y cuadros versos de Tagore, palabras de Richard Bach. El descubrimiento de Juan Salvador Gaviota. Eran frases que no se entendían del todo cuando tenías doce, trece años, pero que te quedaban dentro como semillas. Y que luego iban brotando en los momentos más inesperados de la vida.
Las melodías de su camino fueron nuestras canciones en la montaña. El descubrimiento de otras islas. El valor de lo sencillo. La certeza, que ella nos transmitió sin palabras, solo con su manera de vivir, de que la fraternidad no es un ideal lejano, sino una práctica cotidiana. Una forma de mirar a quien tienes al lado.
No voy a contar lo que hay en esas páginas. Hay libros que se merecen el privilegio de sorprender, y este es uno de ellos. Lo que sí puedo decir es que en él encontrarán fe. No la fe de los catecismos, sino la fe viva, a veces desconcertante, de quien ha visto con sus propios ojos lo que el amor es capaz de hacer.
Amado Nervo escribió que al final del camino se puede decir: amé, fui amado, el sol acarició mi faz. Gloria podría firmar esos versos. Pero añadiría algo más: enseñé. Escuché. Y donde me lo permitieron, intenté hacer del mundo un lugar un poco mejor.
Eso, al final, es lo único que importa.
Javier Estévez































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