La lucha, un oasis en el desierto de la globalización

Felipe García Landín

La lucha es una historia singular que conmueve desde su inicio con los primeros planos, llenos de una belleza hipnótica, que remarcan los silencios y crean una atmósfera tan envolvente que atrapa al espectador. Los silencios van generando una tensión narrativa que el director, José Ángel Alayón, sabe administrar a lo largo de los 90 minutos de metraje. 90 minutos intensos que no dan tregua a las emociones. El argumento es, aparentemente, sencillo: un padre y una hija, que se encuentra al final de la adolescencia, intentan superar la pérdida de Pilar, esposa y madre, un año después de su fallecimiento. Una familia de luchadores, la madre también lo era, que bregan con el dolor y la incomunicación. La imponente presencia física de Miguel, que contrasta con su estado (vitalmente derrotado, desolado), y la fragilidad, en apariencia, de su hija Mariana llevan al espectador directamente al terrero de los sentimientos, en el que se dirime la búsqueda de un padre por parte de Mariana y la superación de un vacío existencial en el caso de Miguel; de una fortaleza física imponente, pero de una fragilidad casi infantil en las cosas de la vida.

 

Los primeros planos y la fotografía de Mauro Herce (Sirat) llevan la mirada de los espectadores justo donde quiere el director: hacia las expresiones faciales, las miradas, las emociones, los silencios, el sudor de los cuerpos en la brega, el sonido del viento, el dolor, el sufrimiento... Pequeños detalles que, gracias a los primeros planos, bien ejecutados, revelan tensión interna, muestran la vulnerabilidad de los personajes, acentúan su estado psicológico y enganchan al espectador. Los diálogos son los precisos para fijar el paso del tiempo, el impacto de la muerte de la madre y la necesidad de escapar a la incomunicación y a la soledad. La música, árida como la isla de Fuerteventura en la que se desarrolla esta historia intimista y conmovedora, le da un tono casi épico a la lucha diaria por sobrevivir. Los golpes de tambor remarcan la pena por la ausencia de Pilar, todo un referente de la lucha canaria en la Isla, mientras padre e hija buscan superar la situación, él en huida; ella en el reencuentro, en los lazos familiares rotos por la desgracia. Podría decirse que Miguel está anclado en el presente y amarrado al pasado mientras que Mariana piensa en futuro. Las escenas de lucha definen a los personajes y a una sociedad pegada a la tierra, con normas que priman la nobleza y la lealtad, que dan sentido a una manera de subsistir en un territorio yermo y solitario como Fuerteventura. La lucha canaria funciona como refugio, pero también es una forma de hacerse un lugar en el mundo. El director nos muestra el paisaje en esencia, sin tarjetas postales, sin playas, sin hoteles, sin turismo. El paisaje interior de la isla, inquietante, complementa y aumenta el drama al que asistimos. Inevitablemente me vinieron los versos del poeta: Y el hombre amasa en tierra, siempre en tierra, su casa y su sonrisa. ¡Esperar y llorar, Fuerteventura! «Donde la vida como acaba empieza», añadiría aquel poeta desterrado de España. La Isla es el otro personaje fundamental de esta historia, marca el ritmo vital de los personajes y la pesadumbre: «Toda Fuerteventura aguarda en llanto, cuerpo a tierra, enterrada y siempre viva, yacente al sol, desnuda y meditando en su resurrección o en su agonía». Palabras lezcanianas que podríamos aplicar a los personajes de este drama intimista. Los personajes perviven como si vivieran por primera vez el amanecer de su mundo, en la inseguridad en el destino. El deporte de la lucha da amparo a los personajes y los mantiene con vida, con esperanza. Casi por casualidad aparecen los lugares de trabajo: una lavandería industrial — suponemos que trabajan para los hoteles pues no hay referencias concretas— y una cantera. El ruido de las industrias y el trabajo mecánico e impersonal contrastan con el paisaje físico y sentimental en el que se desenvuelven los hombres y mujeres de esta historia, celosos de su cultura ancestral.

 

El realismo de la historia viene dado no solo por la técnica narrativa próxima al documental sino, fundamentalmente, por el testimonio de una comunidad que vive en la frontera de la globalización. Los personajes parecen vivir al margen de la civilización, de esa que se autodenomina del progreso, como si se autoexcluyeran. Apegados a la tierra, y a una cultura en la que priman los sentimientos y la nobleza. El mismo lugar en el que trabajan, la lavandería y la cantera, parece aislarlos de otros sectores de la sociedad y los recluye en un espacio limitado en el que mantienen la dignidad. La lucha es la última frontera para la libertad e independencia, necesarias para mantener la integridad como un valor intrínseco. Y la película de Alayón lo cuenta como una elegía, como una endecha antigua, acompañada por la música de Camilo Sanabria y Adriana García Galán, sin maniqueísmos y sin héroes. Escuchamos la voz de Valentina la de Sabinosa que enfatiza esta danza de los vivos que bregan con la esperanza de llegar al mañana: El baile del vivo no lo sé bailar/ Que si lo supiera ya estuviera allá {...} Arriba, arriba y arriba iremos/ Que en allegando descansaremos. Porque la existencia se asemeja a la lucha canaria: Mano al calzón y a la espalda, genio, destreza y valor. Y limpieza en la mirada.

 

Sostienen este cine poético actores no profesionales, la mayoría luchadores, bien dirigidos por José Ángel Alayón. Protagonizada por Yazmina Estupiñán y Tomasín Padrón y acompañados por Aridany Pérez, Sara Cano e Inés Cano, quienes con buenas mañas le hacen una pardelera al público que cae rendido. Éramos 40 espectadores mal contados en la sesión a la que asistí, a pesar de la hora torera e ingrata. La mayoría mujeres jóvenes, algunas acompañadas por sus padres. Al final, semblantes añusgados y aplausos espontáneos. Unamuno veía a Fuerteventura como un oasis en el desierto de la civilización, aunque hoy sustituiríamos esta palabra por globalización. Lo dicho, La lucha es de esas películas que no se olvidan fácilmente. Te revuelve el alma. Mucho tiene que ver el guion de Marina Alberti y Samuel M. Delgado que feminizan la historia.

 

Felipe García Landín

Comentar esta noticia

Normas de participación

Esta es la opinión de los lectores, no la de este medio.

Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios inapropiados.

La participación implica que ha leído y acepta las Normas de Participación y Política de Privacidad

Normas de Participación

Política de privacidad

Por seguridad guardamos tu IP
216.73.216.152

Todavía no hay comentarios

Quizás también te interese...

Con tu cuenta registrada

Escribe tu correo y te enviaremos un enlace para que escribas una nueva contraseña.