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Desde hace mucho tiempo tengo claro que la izquierda debería tener la flexibilidad necesaria para articular múltiples formas de llegar e incidir en la sociedad. Si quiere, si queremos lograrlo, tenemos que cambiar el mensaje, el discurso, las formas, ello no tiene porque suponer perder coherencia ideológica, de tal manera que se pueda conectar y llegar a los distintos públicos. Loable la iniciativa de Rufian en ese sentido, aunque le falte contenido de momento, pero ese zarandeo ya es algo, y no es poco. Y en la vía opuesta el inmovilismo de Podemos con una posición excluyente y dogmática. Tenemos que saber adaptarnos a los cambios operados en la sociedad con bastante diálogo, modificando esquemas y posiciones excluyentes para ser capaces de recoger el sentir de las distintas capas sociales, y plasmarlo en cambios normativos y legislativos que respondan a esos deseos.
Lo que parece el caos actual, va de quién controla las riquezas en el mundo, el dinero, las armas, y lo que es más importante: la narrativa.
El ruido que se nos impone es para que no miremos donde de verdad se está decidiendo todo por los mega ricos, propietarios de las redes sociales, de medios comprados, de noticias e información dirigidas, de algoritmos que nos llevan a su terreno.
El sistema ideado por ellos se retroalimenta y se protege con y por su élite dominante, convirtiendo su código moral de ultraderecha en legislación derivada de sus ideas religiosas basadas en una teocracia fascista, donde sobran derechos humanos, organismos internacionales regulatorios, y hasta la democracia les sobra. Es útil sólo para su aniquilación desde dentro. El pueblo Palestino es el más claro ejemplo, pero no el único. El ciudadano sólo entra en la ecuación como coartada. Todo se decide en despachos cerrados. Esto ya no va de izquierdas y derechas, y de buscar la unidad sólo por el miedo a ese neofascismo en sus variadas formas que se nos viene encima. Va de que tenemos que cambiar nuestro esquema mental, atender a los problemas reales de toda la sociedad, y comprender que cuando los mega ricos rompen con sus acciones la legitimidad, las normas, cualquier horizonte democrático y sólo queda su capacidad para hacer daño, la fuerza para imponerse, el resultado es pura decadencia y es ya un hecho, no una hipótesis, y justo por ello, agitan el caos y la violencia. Contrariamente a lo que venden, eso no es signo de poder, es sintoma de declive y sufrimiento. Tenemos que ser capaces de enfrentarnos a ellos sin mirarnos al ombligo por cuotas de poder, de siglas, de influencia en ámbitos territoriales.
Mientras esa élite en sus múltiples formas nos devora y aprisiona a nuestro alrededor esa izquierda miope, sigue con sus luchas cainitas, olvidando que esto no va de izquierdas y derechas, que esto va de saber articular una respuesta alejada de purezas ideológicas que nos permita recuperar la narrativa, resistir e incidir realmente en la sociedad. Que frente a esos mega ricos vengativos, despectivos, semianalfabetos, seamos capaces de ir tejiendo de nuevo la convivencia demócratica, dentro y fuera de nuestras fronteras. Restablecer la legitimidad internacional, y que acaben pagando por sus crímenes. O lo entendemos, que tengo grandes dudas de ello, o lo sufriremos, asistiremos a la demolición del estado del bienestar, de la sanidad pública, etc, nos jugamos demasiado. Tenemos que unir fuerzas y esfuerzos, con grandes dosis de escucha y de ceder si es necesario, en aras de ese necesario entendimiento y no desperdiciar votos y representación en esa excesiva fragmentación, no es fácil, pero no imposible. Y no nos vendría nada mal un poco de autocritica desde toda la franja de esa amplia izquierda, PSOE incluido.
Bernardo A. Medina Rodríguez
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