Vidal Bolaños BetancortEn el Confital, donde las rocas se vuelven negras de tanto resistir, Marta y Luis celebraban su San Valentín número treinta y dos arrancando lapas con una navaja roma.
Nada de restaurantes en Triana. Nada de rosas que se marchitan antes del lunes.
—¿Te acuerdas? —dijo él, forcejeando con una especialmente aferrada.
Ella sonrió sin apartar la vista del Atlántico.
El primer San Valentín lo pasaron igual: sin dinero, recién llegados a la isla, con una botella de vino del sur y las manos en carne viva. Él juró llevarla algún día a París. Ella le dijo que era un idiota.
Ahora tenían hipoteca, nietos y pensiones. Podrían estar en cualquier sitio.
Pero ahí estaban, con la brisa de levante enredándose en el pelo gris de ella, con las rodillas crujientes de él sobre la piedra volcánica, saboreando el mar directamente de la concha.
—Las lapas —murmuró Luis— saben agarrarse a lo que importa.
Marta le pasó la navaja y el vino.
No hacía falta decir más.
Treinta y dos años aferrados a la misma roca, resistiendo las olas, sabiendo que el amor verdadero no es el que florece fácil en macetas de San Valentín.
Es el que se agarra. El que no suelta. El que sabe a sal.
Vidal Bolaños Betancort































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