Microrrelatos. Flanqueada por delfines

Un encuentro inesperado en alta mar revela el trasfondo de una travesía marcada por la incertidumbre y la aparición de una figura legendaria que busca refugio lejos de su país de origen.

Eulalio J. Sosa Guillén Lunes, 23 de Febrero de 2026 Tiempo de lectura:
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Para mi sorpresa, al llegar muy de mañana al muelle Norte —ese lugar donde, por lo general, atracan las ciudades flotantes— lo hallé atestado de cruceristas. Pero ni rastro de la tía Cloe, la hermana mayor de mi madre, ni de su esposo Roque, que la aventaja en cinco años. Eran, a la postre, la tía Cloe y Roque el motivo último de mi presencia en el atracadero, y al no encontrarlos resolví abandonar el lugar sin mayor dilación.

 

De regreso a casa, enmadejando el camino ya desandado, entré —sin saber muy bien cómo— en un bucle de turbación. Primero pensé que quizá los tíos habían caído por la borda al intentar una arriesgada autofoto, con los fiordos y sus neveros como telón de fondo. Después creí ver a la tía Cloe rodando por la pendiente pasarela, descoyuntándose la cadera. Y, por último, acaso para atemperar mis nervios, me incliné por una hipótesis más benigna y menos aparatosa: el extravío de una de sus valijas.

 

Con estas y otras tribulaciones alcancé el vestíbulo de casa, donde, arrinconada, se alzaba una montaña de maletas, aún con los marbetes lañados a las asas. Era, pues, de suponer que los tíos habían regresado sanos y salvos de su periplo por el Atlántico Norte.

 

Con pasos quedos me adentré en la galería con la sana intención de sorprender a los tíos. A medida que me acercaba al recibidor, la voz timbrada de la tía Cloe se hacía más nítida. Lentamente fui hilvanando sus palabras melifluas en frases que resultaron cantos de sirena, y decidí escuchar la narración entre bastidores.

 

Según la tía Cloe, ajena a latitudes y longitudes, aún faltaban tres días exactos para que el crucero llegara a su destino final cuando el capitán ordenó poner la nave al pairo. El oficial de cubierta, un experimentado marino, informó a los pasajeros más próximos que el patrón, un curtido lobo de mar, tomaba medidas preventivas, adelantándose con la maniobra a un posible riesgo de abordaje. Quizá aquello que se acercaba por la proa fuera el tronco de una secuoya a la deriva, o bien un contenedor mal dispuesto en una estiba apresurada. En ese momento, alguien del pasaje creyó ver en el objeto un gran cetáceo de color esmeraldino entre el inquieto azul del mar, y otro, a su lado, apostó por un banco de peces espada, tal vez por las puntas que sobresalían de entre las blancas crestas. Pero de repente el viento roló, dejando de apreciarse el indefinido objeto. Y aquel vivo interés, rayano en la euforia del principio, dio paso al convencimiento casi generalizado de que habían sido víctimas de un espejismo o de un error de percepción.

 

A punto estaban, pasados unos minutos, de abandonar los puestos de oteaje, cuando un fortísimo chirrido, cual lamento de metales que se repelen al mínimo roce, los sobrecogió. Por suerte, el capitán ya se encontraba entre ellos y, de inmediato, todos miraron por sobre la borda. Con verdadero pasmo, vieron aquella enorme mano verdosa adherida al casco por la amura de babor.

 

Salvo la oficialidad presente, el resto de congregados creyó que de las oscuras profundidades de una ignota zona abisal ascendía un endriago, con la monstruosa y perversa intención de hacer zozobrar la nave y enviarla a pique. Pero nada más lejos de la verdad: de las gélidas aguas del océano surgió una gigantesca diadema con siete rayos cuprosos que coronaba el helénico rostro de aquella mujer, cuyo torso estaba cubierto por una estola muy patinada y chorreante de agua salada.

 

La colosal figura se mantuvo a flote con suaves movimientos de sus extremidades inferiores, cual caballito de mar suspendido en la barra del tiovivo, hasta que descubrió las charreteras doradas del capitán y, dirigiéndose a él, dijo:

 

—¡Oh, capitán, mi capitán! Permítame un instante de solaz al costado de su nave, pues hace tiempo que braceo, incansable, sin hallar orilla ni islote donde reponer mis menguadas fuerzas. Este brioso navío suyo, tan gallardo en su avance, no ha podido sino tentar mi determinación. Semanas ha que abandoné el pedestal en mi país de acogida para sumergirme en las grises aguas del Hudson, anhelando la mar abierta. ¡Quién lo iba a decir!: antaño vocera de libertades y ahora, temblorosa y aterida, busco la mía propia. He dejado de ser digna representante de la encomienda primigenia y, cuando alguien al pasar leía a mis pies el verso: «Enviadme a estos, los desamparados, sacudidos por las tempestades», no podía por más que sonrojarme y sentir un pálpito en mi descompuesto corazón de latón.

 

De unos meses acá, un viento ponzoñoso se ha ido colando por las rendijas de las nobles instituciones de mi país, inoculando en las entrañas de sus dirigentes una maldad inaudita. Aterrorizada, escucho cómo resuenan himnos tenebrosos del pasado que dan paso a una arenga dirigida a las masas cretinizadas; las soflamas enardecen el racismo más rancio y la xenofobia más vil.

 

De puertas afuera, se exigen regiones enteras del planeta para anexionarlas, para mayor gloria de este remedo de emperador. Se socavan las instituciones internacionales y el mundo asiste, conteniendo la respiración, al desmantelamiento paulatino de las mismas. Se intenta, en pocas palabras, instaurar el Nuevo Desorden Mundial.

 

Desde los Apalaches hasta las Rocosas, una turba de mostrencos acompaña al augusto que sigue al clown. Entre esa patulea hay quien dispara a un sanitario, como si no fuera este un ángel del cielo puesto en la tierra, y de igual modo se atreven con indefensas mujeres e incluso osan detener al pequeño Conejo a la entrada de su «madriguera». Por todo ello, estoy en las antípodas de estos descerebrados e impíos adoradores del becerro de oro.

 

Estimado capitán: dicho en román paladino, estoy de zascandiles hasta el moño. Solo me resta agradecerle el auxilio y desearle buena mar.

 

La tía Cloe puso punto y final a su relato y yo entré con los brazos abiertos para besarla y le dije, riendo:

 

—¡Qué histriónica eres, Cloe!

 

Y Roque, que la aventaja en cinco años y la idolatra, sacó del bolsillo de su americana su smartphone y me mostró la foto virtual de la estatua, alejándose, flanqueada por delfines.

 

Eulalio J. Sosa Guillén

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