
Acabo de leer de Lucía Solla Sobral, Comerás flores, Libros del Asteroide, Barcelona, 2025, y me ha encantado.
¡Cuán difíciles pueden llegar a ser las relaciones de pareja! Estábamos detrás del libro, aunque nos decidimos al tropezarnos con él en Canaima y recordar al mismo tiempo que nuestras lecturas de fin de semana se verificaban una vez más. La juventud de la autora fue otra razón por la que nos decidimos, donde nos empeñamos en conocer las nuevas relaciones y los novedosos pareceres. En cualquier caso, la novela nos ha resultado más que interesante en la que unos personajes se mueven actualmente, y viven, con todo lo que eso conlleva. Siempre espera que el lector se decante en un sentido o en otro; sin embargo, nunca creemos que el silencio llegara a convertirse en un arma que presume de poder y violencia. Y su final nos ha sorprendido gratamente: la figura de su padre regresa del más allá para colocar las cosas en su sitio. Sí, ya sé que es una manera de hablar; sin embargo, somos como somos y en ocasiones los duelos señalan el tiempo que necesitamos para aceptar y superar. Y no solo la nueva situación, que también, sino para que las cosas y los asuntos se decanten por el camino más natural posible.
La escritora, Lucía Solla Sobral, nos ha puesto los pies en el suelo de las nuevas relaciones y ahora empezamos a entender por qué ya mucha gente no utiliza los indicadores de los coches que conducen: son los nuevos tiempos y las nuevas normas que los jóvenes se han dado; sin embargo, hay un poso de no saber afrontar los destinos que la vida a todos nos prepara y dispone en el camino a seguir. No sabemos si estamos indicando una bobería, pero a este lector la novela le ha servido no solo para leer una historia con principio y final, sino que va mucho más allá de las relaciones que presentamos las personas: somos difíciles hasta decir basta. Y su lenguaje, directo y al grano, no se detiene en florituras innecesarias y dice lo que quiere decir. Su atmósfera, inquietante, también es algo que deberíamos tener en cuenta pues no en vano su estilo llano y directo es una especie de torpedo que no desaparece, pero que impacta en la diana. Solo al final, cuando la protagonista logra aceptar la situación por la que ha pasado, se decanta por una sabiduría cotidiana que incide en la misma idea de siempre: es una virtud que las personas sean la clave de la historia; al menos, lograremos entender que somos unos seres que vamos deambulando por ahí y dejamos diversas huellas sin ni siquiera pretenderlo; solo con nuestras actuaciones y consideraciones dejaremos en los demás el recuerdo de lo que un día fuimos. Siempre ha sido así y seguirá siendo. Que no es poco.
El hecho de que la escritora decida alternar pequeños capítulos con frases de su realidad no es más que una nueva virtud de su manera de escribir, siempre tan radical y tremendamente clara. Lo que diferencia su primera reflexión sobre la última es la aceptación de la realidad que ha tardado más de dos años en sustanciarse en personajes difíciles y complicados.
Lucía Solla Sobral sabe perfectamente lo que escribe y sienten sus personajes. Da igual que queramos pensar que la historia le sucedió a ella. O no. Es lo de menos. Lo auténticamente relevante es que está bien escrita y mejor hilvanada. Y nos sucederá lo de siempre: que tardará en borrase de nuestra imaginación pues los personajes creados darán mil vueltas a nuestro alrededor hasta que consiga sustituirlos por otra nueva realidad. No sé si nos hemos explicado debidamente. Pretendíamos hacerlo. Otra cosa es que lo hayamos conseguido.
Estimados lectores, si es que han llegado al final de este ladrillazo: si le gustan las situaciones nuevas, raras y difíciles, ésta es su novela. Que la disfruten.
Juan FERRERA GIL





























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