Grupo FSM: Perdiendo el norte

Cosme Vega Reyes

[Img #19674]Durante décadas, el Grupo FSM ha sido un referente empresarial en el norte de Gran Canaria. Generador de empleo, dinamizador económico y símbolo de arraigo territorial. Pero precisamente por haber ocupado ese lugar no puede caer en la tentación de pensar que esa posición le otorga carta blanca para hacer lo que le venga en gana, ni mucho menos para enfrentarse a la ciudadanía del territorio en el que desarrolla su actividad. Resulta especialmente penoso comprobar cómo está erosionando su propia reputación por su empeño en imponer la planta de biogás en La Atalaya.

 

No se trata de una crítica aislada. Existe una oposición vecinal amplia y persistente. Hay preocupación social real en la zona, no vista desde la oposición al Macromuelle de Agaete. Incluso administraciones locales han manifestado su rechazo o reservas. Y, aun así, la empresa quiere continuar con el proyecto adelante como si el territorio fuese un simple soporte físico y no una comunidad viva.

 

Aquí es donde su discurso de la responsabilidad social empieza a hacer aguas.

 

No basta con hablar de sostenibilidad, transición ecológica o energía limpia. Esas palabras no pueden utilizarse como envoltorio publicitario mientras se ignora a la población directamente afectada. Cuando los conceptos se retuercen y se vacían de contenido, dejan de ser principios y se convierten en marketing y es lo que está haciendo el Grupo FSM.

 

La sostenibilidad verdadera no es solo ambiental. Es social y territorial. Y ningún proyecto puede considerarse sostenible si provoca una fractura profunda en la comunidad donde pretende implantarse.

 

Especialmente dramático resulta comprobar que muchos trabajadores del propio Grupo FSM viven en los barrios que se verían afectados por la planta. Resulta incoherente hablar de compromiso con las personas y cuidado del equipo humano mientras se impulsa una instalación industrial molesta a escasos metros de sus casas. El bienestar no puede quedarse en el centro de trabajo y desaparecer al cruzar la puerta.

 

Además, cuando existe un más que probable perjuicio para miles de vecinos, el principio de prudencia debe prevalecer. No se trata de alarmismo. Se trata de responsabilidad básica. Si hay riesgo de afectar la calidad de vida de un núcleo poblado, la decisión sensata es detenerse, reevaluar seriamente y buscar otra ubicación.

 

Una gran empresa no demuestra su fortaleza imponiendo proyectos pese al rechazo social. La demuestra sabiendo rectificar cuando el coste reputacional y comunitario es demasiado alto.

 

Grupo FSM todavía está a tiempo de evitar que un proyecto concreto termine dañando una trayectoria construida durante generaciones.

 

Porque ninguna empresa puede crecer de espaldas a la comunidad que la sostiene. Y porque sin comunidad, no hay desarrollo sostenible posible.

 

Cosme Vega Reyes

 

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