La culpa de todo la tuvo el cine

Juan Ramón Hernández Valerón.

[Img #32956]La influencia que ha ejercido el cine americano en nosotros es tan fuerte que ha condicionado nuestra forma de entender el mundo y la vida, sobre todo durante la época de la dictadura, que, como todos los mayores de sesenta años sabemos, esta duró tan solo cuarenta años, un día y miles de noches.

 

Desde que se inventara el cinematógrafo a finales del siglo XIX, el mundo de la imagen revolucionó el pensamiento occidental, porque el celuloide fue el espejo en que los distintos países se vieron reflejados e influenciados al expandirse con celeridad por el mundo occidental, afectando de manera especial al continente europeo.

 

Los españoles, hambrientos de casi todo, seguíamos  los cánones que llegaban desde “el país de las oportunidades” y aunque la influencia se extendía a todas las áreas, fue, tal vez, el cine el que más contribuyó a acelerar esta influencia. Lo que generó una narrativa que se ha ido puliendo con los años y que hemos acabado por aceptar sin que nos ruboricemos ante la colonización que ha ejercido o  sigue ejerciendo en nuestras vidas. Ha sido nuestro modelo a imitar. Tal es así que se nos ha quedado impregnado en nuestro ADN, pues defendemos como nuestros sus valores y su visión del mundo. 

 

Por eso nos ha dolido la actitud que han tomado con Europa desde hace ya un año (¿de verdad que ha pasado tan solo un año? ¡Nos ha parecido un siglo desde que el presidente más antipático, por utilizar un adjetivo suave, haya llegado a la presidencia de Estados Unidos, y mira que han llegado personajes complejos, por seguir utilizando un adjetivo suave!) ¡Qué despacio pasa el tiempo para algunas cosas!

 

Nos hemos identificado tanto con esa sociedad gracias al cine que de alguna manera nos creíamos y nos sentíamos americanos. Lo único que nos faltaba era un documento oficial que lo acreditara. Eso nos ha sorprendido y nos ha costado asumir nuestra realidad. Nos encontramos en un estado de shock y no levantamos cabeza, porque nos hemos sentido abandonados, desprotegidos y desamparados. Acostumbrados a ir siempre cogidos de su mano, el caminar solos representa un enorme esfuerzo. 

 

Está claro que la influencia estadounidense en la sociedad española produjo no solo un enorme cambio cultural, sino también de modernización, especialmente a partir de los años 50, importando valores occidentales, estilos de vida y modas que contrastaban con el régimen franquista y que transformaron nuestra mentalidad. Las películas americanas introdujeron modelos de consumo y libertades individuales que desafiaron la estricta moral de la época. Y eso a pesar de que los cortes eran continuos y exasperantes debido a la férrea vigilancia que aplicaba la censura.

 

El cine nos entretenía y moldeaba nuestras aspiraciones y nuestras formas de pensar, actuando como un potente vehículo trasmisor de valores y modelos de conducta. 

 

En el año 1970 tenía yo 17 años, y diecisiete mil complejos. Todo me daba vergüenza y tratar a las chicas de mi edad representaba un verdadero suplicio, una hazaña digna de un héroe de película. ¡Menos mal que los seres humanos pasamos tan solo una vez en la vida por esta etapa calamitosa que tantas secuelas deja en nosotros! y lo único que conectaba nuestras miserables vidas con el mundo exterior eran las pocas películas que, como un divino maná, llegaban a nuestro pueblo.

 

Sí, debo confesar que la culpa de casi todo fue del cine, porque de no haber sido por él yo no me hubiera enamorado de todas las jóvenes protagonistas de aquellas películas que llegaban a mi pueblo cuando estaba en plena efervescencia adolescente, y no hubiera envidiado a tantos galanes masculinos que gozaban del favor de ellas, haciéndome infeliz en muchos momentos de mi triste vida.

 

La culpa la tuvo el cine, sigo diciendo, porque si no fuera por eso yo no estaría hoy tratando de ocultar el hecho ignominioso de confesar mi falta de empatía juvenil. 

 

Pero era ir al cine, sentarme en una de las butacas de madera, esperar unos instantes a que comenzara la película para que yo diera rienda suelta a mi desbordante imaginación de niño en transición a la vida adulta. Era ahí donde me sentía libre y capaz, seguro de mí mismo, resuelto, decidido. Porque me convertía en el protagonista masculino que las enamoraba a todas ellas. Era el caballero galante y respetuoso que las cortejaba con mi verbo fácil y mi desbordante simpatía. Era el valiente galán que se enfrentaba a los malvados para defender a tan frágiles criaturas. El que nunca se dejaba corromper, el que mostraba un comportamiento ejemplar, el que se sacrificaba por todo. 

 

Era la virtud personificada. Orgulloso, sintiéndome transformado por ellas, trataba de enfrentarme a mi realidad diaria, que poco o nada tenía que ver con mis ensoñaciones.
 

Por el contrario, detestaba las películas españolas de los años sesenta, porque lo único que hacían era meternos el miedo en el cuerpo, ofreciéndonos un mundo tan estrecho como el de nuestra vida real y en el que la religión ejercía una gran influencia. También odié siempre algunas películas que vi cuando niño y que tanto me impactaron y angustiaron. No he podido olvidarlas con el paso de los años. Por lo que enfrentarme al cine español siempre haya sido inicialmente, fuente de rechazo.

 

No cabe duda que la influencia del cine americano facilitó la modernización social y cultural de la población española, tan reducida y estrecha, zafia e ignorante, por lo que me aferré  a él como una tabla de salvación que colmara mis aspiraciones intelectuales.

 

Y así, influenciado por el cine, llegué a la vida adulta con más pena que gloria.

 

Juan Ramón Hernández Valerón.

 

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