La apropiación interesada de las palabras

Josefa Molina

[Img #10531]"La libertad es salir a tomar una cerveza". ¿Recuerdan esta frase? La convirtió en viral la presidenta de la Comunidad autóma de Madrid, la popular Isabel Ayuso, en el marco de las elecciones autonómicas en abril de 2021, cuando España estaba sumida en una situación de emergencia sanitaria por la Covid-19. La pandemia mundial, que en nuestro país se le dio por finalizada en julio de 2023, 2 años y 7 meses después de su declaración, tuvo como resultado la muerte de casi 100.000 personas fallecidas en España.

 

Más allá del sentido político que quiso imprimir a esta frase la presidenta madrileña en contraposición a las medidas de disminución del contacto social y uso de mascarillas impuestas por el Gobierno central como vías para ralentizar el contagio del virus, un gobierno que, como saben estaba entonces como ahora, gobernado por el partido socialista, lo que me interesa de esta frase es la apropiación que realizan los diferentes partidos y facciones políticas de términos como libertad, justicia, verdad o pueblo para amoldarlos a sus propios discursos.

 

La catedrática de Lingüística en la Universitat de València y experta en análisis del discurso desde enfoques cognitivistas, Beatriz Garrallo Paúls, realizaba en un artículo un interesante análisis sobre el uso interesado y con frecuencia, polarizado del lenguaje por parte de la clase política y cómo, a través de ese uso, se crean narrativas que fagocitan el discurso y encienden la confrontación dialéctica en el ámbito político que, a veces, deja de ser en sí misma diálectica para convertirse en puro insulto y descalificación o se reconvierten directamente en mentiras o fakenews. (1) Según expone Garrallo en su análisis, "el lenguaje, en definitiva, no crea realidades sino interpretaciones; y si estas se ajustan a la verdad, no pueden considerarse meros "relatos", pues con ello no solo se iguala el valor público de los discursos verdaderos y falsos, sino que se da total legitimidad a los liderazgos que se apoyan en el fraude y la mentira".

 

Esto me ha llevado a reflexionar sobre la apropiación de determinados términos en el discurso político e incluso en las propias siglas de los partidos políticos que, como pueden intuir, responden a un objetivo muy determinado: apropiarse de forma interesada de conceptos como libertad, justicia, pueblo... para utilizarlas, no como instrumento de comunicación, sino del establecimiento de unos principios ideológicos determinados.

 

Por cierto, es nombrar los principios para que me venga a la cabeza la famosa frase "Estos son mis principios, y si no le gustan, tengo otros", atribuida erróneamente al icónico humorista Groucho Marx, una frase que ironiza sobre cómo el discurso político se acomoda a lo que el público quiere oír. (2)

 

En un artículo publicado en este mismo medio, hacía referencia a cómo determinados partidos de ideología derechista (Partido por la Libertad de Dinamarca o el Partido Ley y Justicia de Polonia, por ejemplo) utilizan en su denominación palabras como nación, alternativa, libertad, ley y justicia. Las palabras elegidas en sí mismas no tienen por qué tener una connotación en negativo, sin embargo, el carácter meneable de las mismas hace que su significado varíe según el contexto en el que son utilizadas. Y esto no es inocente.

 

No es lo mismo decir zorra cuando se hace referencia a una mujer que cuando se dice zorro en relación a un varón. No es lo mismo exclama ¡Eres un monstruo! cuando va dirigido a un hombre que cuando se dice ¡Eres una monstrua! a una mujer, como no es lo mismo decir hombre público que mujer pública. La utilización de estos términos no es nada inocente, como no lo es apropiarse de los mismos para moldear la realidad y hacer que encaje en el discurso de tal o cual partido.

 

¿Recuerdan el juego infantil del teléfono cuando nos situábamos en fila y nos decíamos una palabra muy deprisa al oído? Lo interesante del juego no solo eran las risas que provocaba en el grupo al desvelarse qué se había entendido sino también la capacidad del juego para poner de manifiesto lo que cada persona interpreta según su propio bagaje intelectual, su mochila de conocimientos y, por supuesto, su postura ideológica.

 

Nada es inocente. Ni el uso de determinadas palabras en determinados discursos ni la realización de actos en determinados escenarios. Lo vimos perfectamente claro en la actuación de Benito Antonio Martínez Ocasio, más conocido por su nombre artístico: Bad Bunny. El cantante puertorriqueño convirtió el medio tiempo de la Súper Bowl para reivindicar lo latino y dar un bofetón político al presidente de los Estados Unidos, Donald Trump. Bad Bunny, cuya música te puede o no gustar, cuya letra puedes o no entender, utilizó el que está considerado como el mayor escaparate televisivo del norteamérica para poner en evidencia la importancia de lo latino y sus gentes dentro de la sociedad norteamericana y sobre todo, hacer una denuncia hacia la política inmigratoria auspiciada por Trump y ejecutada por su brazo armado, el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE, por sus siglas en inglés), una agencia trumpista de rostros cubiertos que mantiene aterrorizada a la población latina residente en el país. Y no es para menos: la admministración norteamericana ha deportado a más de 200.000 personas desde llegada del magnate a la presidencia del país, ejecutando las detenciones de personas migrantes sin respetar los derechos humanos ni constitucionales de un país que se autodenomina 'el más democrático del mundo'. Hasta tal punto que, como saben, el Servicio de Inmigración ha protagonizado el asesinato de dos ciudadanos norteamericanos que protestaban contra sus actuaciones, lo que ha generado una oleada de protesta y de manifestaciones contra las políticas migratorias del presidente naranja.

 

El gesto de entrega durante el show de una réplica del premio Grammy, uno de los más prestigiosos dentro del mundo de la música, por parte del compositor de Puerto Rico a un niño latino se interpretó como una llamada de atención hacia la detención del pequeño ecuatoriano Liam Conejo Ramos, de cinco años, arrestado junto a su padre en Minneapolis (EEUU). Esto no es inocente y desde luego, crea una lectura política en paralelo al compararla con la entrega, rastera y sumisa en mi opinión, de la medalla del Nobel de la Paz por parte de la venezolana Corina Machado a Trump en la Casa Blanca, la misma Corina que ha sido minusvalorada y despreciada por el propio Trump para liderar el país caribeño tras el secuestro de Nicolás Maduro en enero de 2026.

 

Ante unos mismos hechos, los discursos moldean y se adaptan las palabras para que correspondan a una verdad determinada, es decir, para que se amolde a la argumentación y a los intereses de cada uno. Lo que la libertad es para el trumpismo American first para otras personas de similar ideología es tomarse una cerveza en una terraza mientras para otras supone la posibilidad de moverse por el mundo en busca de un futuro mejor. Está claro que muy escasa libertad puede existir en un país cuando no se respetan los derechos humanos o cuando se encarcela a las personas por ser de otro lugar de origen, de otra ideología o religión, pero también cuando no se llega a fin de mes o no se cuenta con un techo bajo el cual dormir, por mucha libertad que tengamos a la hora de elegir un candidato u otro en una cita electoral cada cuatro años.

 

También la palabra 'democracia' sufre un continuo desgaste. La democracia que supuestamente engloba todo un conjunto de normas que regularizan el orden social y que tienen como fin, además, controlar el poder político y garantizar los derechos y deberes de la ciudadanía, puede verse totalmente denostada cuando, utilizando los canales del juego político, un gobierno ejecuta una reforma laboral ampliando, por ejemplo, la jornada de trabajo de 8 a 12 horas o reduciendo de forma considerable el derecho a huelga y a manifestaciones. Por cierto, que el nivel de democracia de un país se mide, entre otros ítems, por la posibilidad por parte de la ciudadanía de manifiestarse en las calles para reivindicar cuestiones laborales o sociales. Es una forma de tomar pulso al sistema democrático. Cuando se prohíben las manifestaciones, el país se aleja de regirse por unos principios de participación democrática y pasa a ser otra cosa. Por cierto que el partido con el que Javier Milei se hizo con la presidencia de Argentina se denomina 'La Libertad Avanza'. Aten cabos.

 

Tampoco el concepto de socialdemocracia, como ideología política y económica de izquierdas que aspira a la justicia social, la igualdad y el bienestar dentro de una economía capitalista de mercado, tiene relación alguna con el nacioanalsocialismo del partido de Adolf Hitler, por mucho que ambos partidos utilicen el término socialismo dentro de su denominación.

 

Desde luego, todo lo abordado en este artículo necesitaría de largos ensayos por especialistas en la materia para profundizar sobre ello, tal y como merece la importancia de este tema. Mi intención ha sido tan solo traerlo a colación con el fin de llamar la atención sobre el hecho de que el uso de las palabras nunca es inocente y que con frecuencia se ejerce una apropiación de las palabras, de sus significados y del lenguaje utilizado para expresarlas, de forma partidista y sesgada.

 

Por eso, debemos hacer un uso responsable de las palabras porque, para bien o para mal, de ellas dependen el devenir social de una comunidad, en un sentido o en otro.


 

(1) Tres mitos del lenguaje político: entre la polarización y las emociones. Enlace web.

 

(2) Según parece, la frase atribuida a Marx, apareció en un periódico de Nueva Zelanda en 1873, en la forma "Éstos son mis principios, pero si no les gustan, yo los cambio". La atribución de la cita a Groucho se publicó por primera vez en el Legal Times en 1983, años después de su fallecimiento.

 

Josefa Molina

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