Ausencias

Javier Estévez

[Img #35753]En italiano hay dos verbos para olvidar. Dimenticare: sacar de la mente. Escordare: arrancar del corazón. No es una sutileza lingüística. Es un mapa del dolor. Vi Hamnet después de leerlo. Leí Hamnet sabiendo cómo termina. No importó. Hay historias que no se arruinan con el final porque el final ya está en la primera página, en el aire, en el título mismo. Un hijo muere. Un padre escribe. Una madre, Agnes, no puede.

 

Eso es todo y eso no es nada.

 

Agnes carga con la culpa de no haber sabido evitar. El padre carga con la culpa de haber seguido adelante. Ella no puede escordare. No quiere y no puede sacar a Hamnet del corazón porque eso equivaldría a romper el vínculo. Para ella, el amor no admite sustitución ni desplazamiento.

 

Pero tampoco dimentica del todo. Hamnet sigue estando en su percepción del mundo, en los espacios, en el cuerpo. El recuerdo no es una imagen mental: es una presencia fisiológica. Algo que late. Algo que duele como duelen las rodillas antes de la lluvia.

 

El padre, en cambio, sí practica el dimenticare. Saca a Hamnet de la mente para poder pensar otra cosa. Eso le permite seguir escribiendo, trabajando, viviendo. Respirar sin ahogarse. Pero no puede escordare. El corazón insiste. El fantasma vuelve. La obra gira obsesivamente alrededor de lo no resuelto.

 

El resultado es brutal: ha sacado al hijo de la mente consciente, pero no ha podido sacarlo del corazón, y entonces el corazón habla a través del teatro.

 

El teatro, en Hamnet, es el espacio donde nadie consigue escordare del todo. No es olvido. Es circulación.

 

Para Agnes, el teatro no es una creación, es una epifanía. Es una forma de estar con Hamnet que no la obliga a traicionarlo aceptando del todo su ausencia. El teatro suspende el tiempo del duelo. No cura, pero alivia. Es como poner la mano sobre una herida: no desaparece, pero se siente menos sola.

 

Para el padre, en cambio, el teatro es un mecanismo de supervivencia. Escribir Hamlet es una forma de seguir vivo sin enloquecer. El teatro le permite respirar. Escribe para ordenar el caos. Para decir lo que no puede decir como padre. Para mantener a raya el dolor dándole forma. Para volverlo habitable. Lo convierte en algo que se puede mirar sin cegarse.

 

La escena final es tan potente, tan conmovedora, porque, por una vez, el teatro funciona para ambos a la vez, pero de manera distinta. El teatro no reconcilia plenamente. Pero hace algo quizá más honesto: les permite coexistir con la pérdida sin destruirse mutuamente.

 

Para Agnes, el teatro es un lugar donde los muertos pueden aparecer sin mentir.

 

Para el padre, es un lugar donde el dolor puede decirse sin nombrarse.

 

Y para Hamnet, si podemos decirlo así, es el lugar donde su ausencia se vuelve forma, voz, sombra. Donde no se pierde del todo.

 

El teatro nos recuerda siempre que los ausentes están presentes. Por eso, desde su origen, es el lugar ideal para la memoria.

 

Terminé de leer el libro en un barco, mar adentro. Terminé de ver la película en mi casa, solo. En ambos casos lloré de esa manera que te deja vacío y lleno a la vez. De esa manera que no tiene sonido.

 

Las emociones que procura la literatura, y el cine, a veces, son emociones con las que no se podría sobrevivir. Y pienso qué asunto tan misterioso es el arte que logra que una persona, después de leer y ver una película como esta, se sienta capaz de todas las cosas de este mundo.

 

Incluso de creer que el teatro, o la literatura, o el cine, o lo que sea que llamemos arte, no es un consuelo. Es algo mejor: es un lugar donde lo que perdimos puede seguir existiendo sin que tengamos que mentir sobre su ausencia.

 

Javier Estévez

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