Era el marido de mi tía Fefa, una de las diez hermanas de mi padre, el cual tenía tantos cuñados como hermanas porque ninguna se quedó para vestir santos. Quitando esta tía, que se casó ya mayor, todas fueron parideras como conejas y, de hecho, cuando se murió mi abuela paterna, allá por los años setenta del siglo pasado, el cura hizo un recuento del que salieron sesenta y seis nietos y noventa y tantos bisnietos. Recuerdo que la mayoría de la gente del pueblo me decía ¡adiós, primo!, pues por parte de mi madre también tuve cuarenta y pico primos hermanos.
Mi tío Paco era ciego de nacimiento y tocaba la guitarra igual que, solía decirse, los ángeles lo hacían con el arpa. De hecho no sabíamos mis padres, mis hermanos y yo cómo le cabían los dedos tan gordos en los trastes del instrumento con el que tan bien se amañaba, pues las cuerdas sonaban de manera perfecta y mi padre, con sus tangos, mi madre, con sus coplas, mi hermano mayor echándose sus pasodobles, y mi hermana embebida en sus boleros y sus canciones ligeras, decían que tocaba la guitarra divinamente.
Era una fiesta verlo acompañando a mi familia que no paraba de cantar alrededor de una hoguera, en la playa de Agua Dulce, sentado sobre la arena, con los ojos cerrados, iluminado por las llamas y arrullado por las olas, totalmente abstraído en la música que estaba tocando, respetando “los alientos”, decía él, al referirse a las pausas y a los silencios que hay que guardar cuando se encaraba con un tema que él tocaba a la guitarra y otros cantaban. Su cara era un poema, pues ponía todas las expresiones propias de las letras que emitían mis padres, mi hermana o mi hermano.
Cuando mi padre cantaba el tango de Gardel “Volver”, a él parecía que se le teñía el pelo de plata y se le marchitaba la frente. Al acompañar a mi madre con “Rocío”, la versión de Imperio Argentina, él simulaba llevar un manojito de claveles en las manos, emulando al mozo encendío que tras la cancela le hablaba de amor a la mocita que da título a la copla. Con mi hermana, que solía echarse el tema cantado por Antonio Machín “El pobre bardo”, creía estar entre las orquídeas que salían en la letra y se imaginaba que era el menesteroso enamorado de una niña de la sociedad, y cuando acompañaba a mi hermano mayor, al cual le gustaba cantar el pasodoble de Jorge Sepúlveda “María Dolores”, se veía a sí mismo diciendo “déjame que te cante, morena de mis amores”.
A mí, hasta que tuve uso de razón, me resultaba raro que fuera ciego, como me parecía igualmente extraño que hubiera gente sorda o muda. De hecho había dos primas de mi madre, hermanas ellas, una sorda y otra muda, y la primera tenía abrumada a la segunda porque le hablaba sin cesar y esta última no podía responderle. En Ingenio había discapacitados tanto físicos, entre ellos los cojos, mancos, sordos…, como psíquicos, a los que llamábamos subnormales (no en vano había una Escuela de subnormales, escrito exactamente así) y quienes no teníamos ninguna lacra, tanto nos reíamos de unos como de otros, especialmente de aquellos o aquellas que considerábamos subnormales.
-¡Juan el bobo! ¡Diego el loco! ¡María la boba! –gritábamos, brutos como arados, inconscientes, cuando les veíamos pasar, y ellos nos tiraban piedras que cogían del suelo. Recuerdo que María la boba lanzaba piedras con los pies y tenía una puntería asombrosa que se traducía en los chichones que tanto mis amigos como yo teníamos en la cabeza. Mi padre les llamaba gallos a los chichones y siempre me decía: “ese gallo te canta esta madrugada”.
A mi tío Paco le llamábamos todos mis hermanos y mis primos el ciego; mi padre, su hermano y sus hermanas le decían “mi cuñao Paco el ciego” y la mayoría de la gente del pueblo lo conocía como Paco el ciego, como si su discapacidad fuera su primer apellido.
Su esposa, mi tía Fefa, se empeñó en ayudarle, que más bien era al contrario, y le ponía obstáculos, una silla o una mesa pequeña, para que él presintiera, decía ella, que había algo que lo estorbaba, no sea que se encontrara por ahí con alguna dificultad que le impidiera seguir su rumbo. No sirvió de mucho, en lo que a él incumbía, pero ella se emperró en hacerle la vida más fácil y se la hacía más difícil.
Por eso, dentro de la casa se chocaba con distintos muebles que ella colocaba para conseguir su propósito. De tropezón en tropezón, decía él, resignado a no llevarle la contraria a su mujer. Yo nunca lo vi caerse delante de mí pero sí lo vi tropezar más de una vez y siempre que lo hacía se cagaba en su compañera, ¡la madre que la parió! Y cuando yo le preguntaba que si estaba bien, me respondía:
-Pues dando tambucazos por culpa de mi mujer.
Recuerdo que hasta mi tía Fefa se reía.
Y yo, cada vez que lo nombro, o lo citan por hache o por be, siempre lo veo tocando la guitarra, como si dicho instrumento y él fueran inseparables. Y lo vislumbro reposando sobre la arena, con los ojos cerrados, alumbrado por las llamas de la hoguera y acariciado por el rumor de las olas.
Texto: Quico Espino
Ilustración: Juana Moreno Molina
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