Entre espermatozoides, preservativos, gomas, condones, forros…

Nicolás Guerra Aguiar

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En la sección “Se comenta” del pasado martes, bajo el título “A estas alturas”, ‘infonortedigital.com’ muestra su perplejidad ante una exigencia (exigir es pedir imperiosamente, de manera autoritaria) del Instituto de Política Social: la retirada de la campaña gubernamental que recomienda (no impone) el uso de condones durante el Carnaval canario. (¿Y a lo largo de los once meses restantes?)

 

Se trata de una “asociación cívica […] cuya finalidad es promover los valores humanos, desde una perspectiva Humanista, Cristiana […], la defensa de la familia, la cultura de la vida, la protección a la infancia, la defensa de la Unidad de España [...]”. Tal agrupación cristiana (mis respetos) considera que la campaña resulta “perniciosa, perversa y vulgar”. Es decir, dañina, sumamente mala e impropia de personas cultas o educadas, respectivamente.

 

Acaso podría discutirse tal sensibilidad si el autor del texto (“Haz lo que te salga del pito, pero si suena... Usa el condón”) hubiera jugado con la doble significación, coñona, del vocablo “pito” (también es un término popular relacionado con el sexo masculino). Pero ante tal ambigüedad y duplicada interpretación, me parece que debemos seleccionar los significados tradicionales registrados en los libros, sabios por sus edades y permanencias. Y también por sapiencias, erudiciones, ciencia y conocimientos de sus autores (gramáticos, filólogos, historiadores…).

 

Tanto es así que el Diccionario de la RAE ubica la voz en el duodécimo lugar (con sus sinónimos ‘pene, falo, verga, polla’) entre los trece significados registrados. Más: tal glosario tampoco construye con sexualizado contenido ninguna de las ocho expresiones coloquiales recogidas (“¡Me importa un pito”, “Entre pitos y flautas”, “Lo tomaron por el pito del sereno”...). Y como los señores componentes de la RAE fueron, son y serán académicos honorables, púdicos y recatados, queda descartado el primer supuesto de la discordia. Así pues el pito, en el mensaje carnavalero, es solo eso: un instrumento muy usado que emite sonidos cuando se sopla.

 

Respecto al segundo, y también su consideración como carnada provocativa (el artilugio forro), igualmente debemos tener en cuenta el campo lingüístico tal como insinué en un artículo anterior. Así, la voz condón está compuesta por otras dos palabras: se trata de la preposición con (significa ‘en compañía de’) más el sustantivo don (‘gracia especial o habilidad para hacer algo’). Por tanto, no es solo un profiláctico. Y esta combinación no resulta extraña para nuestra lengua, muy al contrario: miles de palabras responden a tal estructura. Así, suministro se descompone en su ministro; alacena se forma con tres términos: a + la + cena. Y Fe + de + rico se convierten en Federico.

 

Por otra parte, si el elemento viene a ser una creación humana muy necesaria para obtener un fin (por ejemplo, evitar embarazos, infecciones), no le veo lo dañino, malo o grosero, supuestos identificadores. Pero sí es recomendable para muchísimos menores cuyos conocimientos del cuerpo humano, actividades en pareja, encuentros físicos y todo lo demás ya conocen desde tiempos atrás a través de móviles y tabletas hábilmente manejadas por “criaturitas” de incluso trece años. En esta era de la máxima información (y manipulación) algunas empresas enriquecidas por su uso dan a conocer sin reparos o prudencias toda la información sobre el mundo sexual y la pornografía.

 

Y no son clases teóricas, aburridas, no: la imagen en movimiento predomina absolutamente en redes y plataformas. Por tal razón varios gobiernos “represores” pretenden acotar el acceso hasta los dieciséis años. (Restricciones, por cierto, consideradas por algunos medios como “control público de Internet en una ley de menores para defender la democracia”. Ahí queda. ¡Enternecedora defensa de la libertad y del poder popular!)

 

La realidad es esa: hoy nadie puede controlar a miles de benjamines ya púberes en sus encuentros a escondidas, es decir: los iniciales adolescentes ya entraron en los segundos caminos que llevan a la transformación física, psicológica y hormonal. Y mucho menos, por supuesto, vigilar a quienes desde los quince años inician los contactos sexuales en pareja.

 

Condones, insisto, que evitarían probables embarazos o infecciones no solo durante locuelos carnavales, como si el resto del año hongos, bacterias, virus y demás bichitos malos se retiraran a sus cuarteles de primavera, verano y otoño. ¿O acaso se declarará la abstinencia sexual desde marzo a enero, meses en los cuales Don Carnal atrofiaría ansias, deseos, pasiones y desarretos de miles y miles y miles de jóvenes en edades ya desarrolladas?

 

Ahora bien: desde lo lingüístico estimo que debe promocionarse el vocablo español preservativo en lugar del anglicismo condón. A fin de cuentas el nombre del segundo se corresponde con el apellido del fisiólogo inglés lord Condon, allá en el siglo XVII, supuesto inventor (pero ya tres mil quinientos años atrás los egipcios usaban tripas de animales para evitar la sífilis). Y no es que uno desdeñe los anglicismos. Pero en cosas de la lengua -como órgano para modular sonidos- prefiero los términos de nuestro idioma por educación y cultura. Por eso recuerdo el refranero popular: “Burro grande, ande o no ande”. Es preferible, pues, el uso de la versión española, preservativo (más cuerpo) y no condón (dos sílabas). Este sí es peligroso: algún precoz espermatozoide (ya por su desarrollo, ya por testosterónico impulso o mala leche) puede salirse de la funda o contenedor.

 

Insisto en lo de preservativo por una cuestión práctica, repito: esta palabra evita el contacto de espermatozoides con óvulos femeninos. Espermatozoides que, por su parte, no son pequeñitos: seis sílabas, quince letras para componer su cuerpo (espermatos, zoo, oides). Por eso, deduzco, la palabra española fue formada por seis sílabas, qué menos, pues si fuera más corta quizás las cumbres de los bichitos no cabrían, y entonces sí que podría sobrevenir la infección, la biológica, no la lingüística. ¡Ahí también es sabia nuestra lengua!

 

Aunque, la verdad, encuentro un fallo común al uso del condón – preservativo: que en plena enfervorizada actividad usuario y receptor sospechen y confirmen, desde el mismo campo de acción, que en su interior hay un granito sólido, el cual fricciona con jodelona insistencia las delicadas paredes de los elementos cobijados y receptores.

 

En este caso la cosa se complica, pues hemos de reenvolver el plástico. Y como apunto arriba, cabe que el reproductor espermatozoide, malsano y mataperro, aproveche la oportunidad para saltarse las básicas seguridades. Por eso es recomendable un martillito (muy importante, lector, el sufijo diminutivo -ito) cerca del corpus delicti o zona de combate. Así, en caso de urgencia podremos golpear al martirizador granito... con los ojos como antoñitos por si acaso machacamos en zona indebida (el propio depósito de los animalitos), confusión nada recomendable, lo juro.

 

Nicolás Guerra Aguiar

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