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Hace tan solo dos semanas abordaba la actuación de nuestros políticos en el espejo nacional en el que nos miramos todos: el Congreso de los Diputados; de sus formas y maneras; de sus salidas de tono y de su papel tan poco edificante para la ciudadanía.
Interpelaba a sus Señorías para que procuraran bajar el tono y no sobreactuasen para hacer ver a la ciudadanía todo lo que se preocupan por resolver los problemas, y de cómo unos y otros perdían las formas y maneras sin tener empatía hacia su rival político. Y cómo repercutía en la calle de forma tan negativa que, de seguir así, nos llevaría por senderos peligrosos que ya transitaron nuestros mayores y que la mayoría de nosotros no quisiéramos pisar bajo ningún concepto.
Hoy querría proponerles, sin levantar el tono, una reflexión: la de ser capaces de mirar nuestras actuaciones, la de juzgar el papel que hacemos en la sociedad, la de analizar hasta qué punto contribuimos nosotros, con palabras y hechos, a crear ese mal ambiente que se está generando y que está haciendo que nuestra convivencia sufra los mayores retrocesos en años.
Se nos llena la boca culpando a nuestros políticos de todos los males que aquejan a este país. Como si fuéramos uno solo, todos alzamos la voz para señalar sin ninguna duda que todos los políticos son unos corruptos que no hacen más que lucrarse con nuestros impuestos, que no trabajan apenas, que no se preocupan por resolver nuestros problemas, que son unos vividores, unos aprovechados, que son detestables, que… y así llenaríamos decenas de folios.
Sin darnos cuenta, o tal vez sí, gastamos todas nuestras energías en señalarlos como los únicos culpables de todo, de que nada funciona o que todo funciona mal. Y lo repetimos una y otra vez como un mantra del que echamos mano cuando se nos pregunta. ¡Y qué a gusto nos quedamos! ¡Cómo respiramos aliviados al soltar esta verdad que nos parece incuestionable!
Presumimos de nosotros mismos afirmando que somos unos ciudadanos estupendos que cumplimos con nuestros deberes cívicos a rajatabla, que somos serios, decentes, honrados, trabajadores, que somos incapaces de hacer mal a nadie, que vamos por el mundo repartiendo bendiciones, que luchamos siempre por el bien común, porque no somos nada egoístas, que no somos unos corruptos… y llenaríamos también decenas de páginas hablando de nuestras bondades cívicas hasta el punto de sentir que levitamos. Un poco más de esfuerzo y llegaríamos al cielo.
No caemos en la cuenta de que también dejamos mucho que desear como ciudadanos. No quiero emplear la palabra corruptos para no herir sensibilidades, pero a veces transitamos tan cerca del precipicio que nos despeñamos sin que podamos echar mano del paracaídas.
A lo mejor podríamos estar de acuerdo en que nuestras actuaciones no llegan al grado de corruptela en la que se han instalado algunos de nuestros políticos, pero si lo pensamos serenamente, cada día cometemos infracciones que no consideramos como tales. Tampoco es tan grave, nos decimos para aliviar nuestra conciencia, pero si un observador imparcial nos estuviera contemplando, nos sancionaría sin dudarlo.
Y es que a nuestros actos incívicos les hemos querido dar una mano de barniz para que brillen y luzcan sin que se noten los rayones y abolladuras, los hemos maquillado para que pasen como nuevos, para que engañen no solo nuestra vista sino la de los otros.
Elevamos el tono cuando tratamos de dialogar con nuestros amigos y conocidos, y cuando nos quedamos sin argumentos queremos darnos la razón echando mano a la sinrazón, haciendo que el clima de convivencia esté cada vez más deteriorado.
Nuestra simpatía hacia un determinado partido político es similar a la que profesamos con nuestro querido equipo de fútbol: celebramos sus victorias sin importarnos cómo ha jugado, sin tener en cuenta la calidad de su juego. El resultado es lo único que nos importa.
Nos parece normal, por ejemplo, que algunos despotriquen de la cantidad de inmigrantes que llega a nuestras costas, en pateras, pero que toleran a los otros que llegan en barcos y aviones. Ponen el grito en el cielo para decir que nos quitan los puestos de trabajo, pero los empleamos para cuidar a nuestros mayores sin las mínimas garantías legales, pagándoles, la mayoría de las veces, un sueldo miserable. Les alquilamos nuestras viviendas, pero no nos importa que vivan hacinados cobrándoles cantidades abusivas y en condiciones a veces inhumanas.
Despotricamos de nuestros políticos diciendo que viven en una continua corruptela, pero nosotros, los ciudadanos ejemplares, tratamos de engañar a Hacienda todos los años con la sana justificación de aliviar nuestra mermada economía.
Pagamos en B algunos trabajos que hacemos en nuestra casa (“pecata minuta”, decimos, no tiene importancia).
Infringimos cada día el código de circulación, pero no importa, no nos ha visto la policía. Ofendemos a nuestras mujeres de palabra y de hecho en muchas ocasiones, pero nos justificamos diciendo que ha sido producto de un calentón momentáneo que no volverá a suceder…
En resumidas cuentas: nos creemos en condiciones de exigir responsabilidades ajenas cuando somos incapaces de asumir las nuestras. Sin darnos cuenta de que no se puede exigir a otros un comportamiento correcto si no nos lo exigimos a nosotros mismos.
No somos conscientes de que todas estas actuaciones van deteriorando nuestro sistema democrático, van erosionando los valores que deberíamos proteger con sumo cuidado para lograr una convivencia pacífica que es para lo que nos hemos puesto de acuerdo los unos y los otros en nuestros paseos diarios por la senda compartida.
Juan Ramón Hernández Valerón.
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