Mediterráneo, cementerio de esperanzas incumplidas
Hace apenas unos días tuve la oportunidad de visionar 'Mediterráneo', del cineasta español Marcel Barrera. La cinta, estrenada en octubre de 2021, está protagonizada, entre otros, por Eduard Fernández, en el papel de Óscar Camps; Dani Rovira, que da vida a Gerard Canals, y Anna Castillo, como Esther Camps, los tres miembros de la ong mundialmente conocida Proactiva Open Arms, Brazos Abiertos. La película narra los inicios de la entidad social, cuando el grupo de socorristas acuáticos decidió trasladarse a Lesbos para ayudar a los refugiados que cruzaban el Mar Mediterráneo jugándose la vida a bordo de lanchas náuticas.
El traslado hasta la isla griega se produjo después de que Camps contemplara, como millones de personas en el mundo, la terrorífica y desoladora imagen del cadáver de un niño en una playa de Turquía. Era la imagen del pequeño de 3 años Aylan Kurdi, fallecido ahogado junto a su hermano Galip y a su madre, al intentar llegar a Grecia sobre una lancha de goma huyendo de la guerra en Siria. Era septiembre de 2015 y Aylan se convirtió, muy a su pesar, en el símbolo de la tragedia humana y crisis migratoria en el Mediterráneo.
Camps, socorrista y propietario junto a su compañero Gerald Canals de la empresa Proactiva Serveis Aquàtics S.L., dedicada al salvamento marítimo y el socorrismo que prestaba servicios en la costa catalana, balear, levantina y canaria, decidió trasladarse hasta aquella isla en el mar Egeo para realizar su trabajo: socorrer a las personas.
La película nos muestra la terrible realidad de las miles de personas que deciden subirse a un bote para intentar acceder a una oportunidad de vida mejor lejos de guerras, muertes y violaciones de los derechos humanos. Y lo concretan en un hecho justo: el rescate de 300 personas y la muerte de medio centenar de ellas en octubre de 2015. El mar se cubrió de cadáveres. La cinta nos presenta en imágenes la tragedia de la realidad migratoria con toda la crudeza que merece ser tratada.
La isla griega de Lesbos se encuentra a tan solo unos 16 kilómetros de distancia de la costa turca, unas 10 millas náuticas, un trayecto que en ferry se cubre en algo menos de media hora. Grecia, Europa, están tan cerca, la isla se ve con tanta claridad desde el otro lado, que las personas, pertrechadas con tan solo chalecos salvavidas, se lanzan al mar.
La desolación, el hambre y la guerra y sobre todo la esperanza de un futuro lejos de todo ello, se impone por encima del miedo y la incertidumbre que puede generar el negro fondo del mar Mediterráneo, el mismo mar al que Serrat dedicara uno de sus temas musicales más bellos y emblemáticos, el mismo líquido azul y brillante a cuyas playas “el pintor de la luz”, el valenciano Joaquín Sorrolla, le dedicara sus mejores pinceladas artísticas.
Producto de esta terrible realidad nació la organización no gubernamental dedicada al rescate en el mar desde su primera base de operaciones en la isla de Lesbos. La ong ha recibido múltiples reconocimientos por su labor de rescate marítimo y no es para menos, ya que más de 60.000 personas migrantes se han salvado de morir ahogadas en el Mediterráneo gracias a la intervención de Open Arms.
Han pasado más de diez años de aquellos inicios que evidenciaron el drama de las migraciones, el desconocimiento de la ciudadanía europea y lo que es peor, la inoperancia de las autoridades europeas. De hecho, tanto Open Arms como Amnistía Internacional consideran que Europa sigue fallando a las personas que buscan protección y acogida. La foto del pequeño Aylan, que levantó conciencia de Occidente, no cambió nada, ya que diez años después de su muerte, más de 31.000 personas han muerto en el Mediterráneo intentando llegar a Europa.
El fondo del Mediterráneo se ha convertido en un gran cementerio, como lo está siendo también el océano Atlántico en la denominada 'ruta Canaria', en la que según datos de la ONG Caminando Fronteras a fecha de noviembre 2025, han fallecido casi 2.000 personas migrantes intentando llegar al Archipiélago desde los diferentes puntos del continente africano. Precisamente y ante la situación de presión migratoria que sufren las islas, Open Arms atracó su buque en los puertos canarios durante varios meses del pasado año, a fin de ayudar a los rescates de personas migrantes si Salvamento Marítimo lo solicitaba.
La imagen del niño sirio muerto sobre la arena conmocionó al mundo pero poco ha cambiado, si exceptuamos en cómo el discurso humanitario y de solidaridad hacia la acogida y atención a las personas migrantes ha trasmutado peligrosamente hacia radicales discursos de desprecio y xenofobia que enarbolan los partidos de corte ultraderechista e ideología neofascista que, atentando directamente contra las bases de la convivencia pacífica, están floreciendo como setas por todos los países de la vieja, debilitada y frágil Europa democrática. Ahí están, entre otros, el partido la Agrupación Nacional (antes Frente Nacional) de Francia, el partido Alternativa para Alemania, Partido por la Libertad (PVV) de Dinamarca, Partido Ley y Justicia (PiS) de Polonia, el partido Smer (Dirección-Socialdemocracia Eslovaca) de Eslovaquia o Vox, en España, unos partidos que no solo se apropian en sus siglas de términos como libertad, ley y justicia sino que pervierten el sentido de los mismos para dinamitar la demo nbcracia y todo lo que significa, desde el propio seno del sistema del juego democrático.
Por cierto, que los mismos partidos que defienden estas consignas sin ningún tipo de pudor, utilizando para ello las redes sociales, bots y un ejército de acólitos para repetir hasta el infinito sus mensajes racistas, fascistas, misóginos y transfóbicos, alimentando el miedo y el odio hacia los extranjeros, son los mismos que no se ruborizan al poner una alfombra roja a los extranjeros ricos. Unos son pobres y vienen a robar y a violar a nuestras mujeres, y otros, traen maletas llenas de oro y de petróleo. Claro, estos últimos son personas de bien (nótese la ironía). El mensaje ultranacionalista también en aporafóbico, rechaza al pobre. Todavía recuerdo cuando a inicios de este siglo dos jóvenes y un menor quemaron viva a una mujer sin hogar que dormía en un cajero automático de Barcelona como también recuerdo las palizas a indigentes o personas del colectivo LGTBI+ por parte de niños pijos en Madrid a finales del siglo pasado. Para reflexionar...
No puedo evitar encontrar cierto paralelismo entre el pequeño Aylan y el pequeño Liam Conejo Ramos, de cinco años, arrestado en Minneapolis (EEUU), por parte de los agentes de la policía migratoria de Donald Trump. Dos niños que han logrado encender las conciencias del mundo, alentando la capacidad del ser humano para discernir entre lo que está bien y lo que está mal. Y que mueran personas menores, familias enteras en el Mediterráneo, en Ucrania, en Gaza (donde ya se contabilizan más de 72.000 personas víctimas del genocidio que continúa cometiendo el gobierno israelita de Netanyahu, aunque apenas se informe de ellos a través de los medios de comunicación, evidentemente porque hay interés por silenciarlo), en Siria, en Sudán, en Yemen, en Somalia, en Birmania o en la región del Sahel del norte africano, está mal, muy mal. Atenta directamente contra los valores que más deberíamos defender como seres capaces de discernir entre el bien y el mal.
Sobra decir que este tipo de acciones no solo atentan contra los derechos humanos, sino que deterioran la convivencia y ayudan a polarizar un mundo cada vez más enfrentado. Resulta lamentable que en el pleno siglo XXI el poder económico y político siga provocando guerras, muertes y desolación, sin que el mundo de la razón diga 'basta ya'. Deberíamos hacer una reflexión sobre este tema, atrevernos a mirar al mal de frente y profundizar sobre su concepto y significado desde el pensamiento y la crítica, tal y como realiza la filósofa Ana Carrasco-Conde en su ensayo Decir el mal (Galaxia Guterberg, 2021) para dejar de preguntarnos cómo es posible que haya sucedido -que esté sucediendo- algo así.
Espero de corazón que llegue el momento en que las voces de la sociedad racional y valiente se alcen contra tanta vileza y crueldad y que ver morir a la gente en las pantallas de nuestros televisores y móviles no transmute a considerarse como algo que ocurre todos los días sin que nadie se enerve por ello; espero que nos continúe generando incredulidad, pavor e indignación y sobre todo, espero que no sea demasiado tarde para que la ceguera y el mutismo del 'sálvese quien pueda' no se convierta en la consigna a seguir.
Mientras tanto confío en que al menos la capacidad creadora de la escritura nos ayude a no tirar la toalla del pacifismo, la convivencia, la solidaridad y la empatía. Que buena falta nos hace. Con todo, les deseo ¡salud y literatura!
Josefa Molina






























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