Agustín CalderínAgustín Calderín se asoma a los noventa años con una vida hecha de caminos recorridos, cantos heredados y memoria viva. Su historia personal y la del Rancho de Ánimas de Valsequillo discurren unidas desde la infancia, cuando apenas levantaba cinco palmos del suelo y comenzó a acompañar a los mayores en esas noches largas en las que el canto se convierte en plegaria y la comunidad se reconoce a sí misma en la voz compartida.
Desde entonces, su voz y sus pasos quedaron ligados a una tradición que no se aprende en los libros ni se conserva en archivos escritos. El Rancho se aprende andando, escuchando, observando y sintiendo. De diciembre a febrero, casa por casa, el canto avanza como una romería espiritual, entre rezos cantados y versos nacidos al instante, improvisados con respeto y emoción. En ese recorrido nocturno se honra a los difuntos, pero también se refuerzan los lazos vecinales y se transmite una forma antigua de entender la fe, la vida y la comunidad.
Hoy, Agustín Calderín es el ranchero mayor del Rancho de Ánimas de Valsequillo, custodio de un legado sostenido durante siglos gracias a la fidelidad de quienes lo vivieron como parte inseparable de su existencia. Su pueblo ha reconocido esa entrega nombrándolo Hijo Predilecto de Valsequillo, aunque su verdadero título no figura en actas ni decretos: late en la música sobria y profunda del trovador que supo sostener la tradición frente al olvido.
Vive en su casa del barrio de Tecén, en ese límite donde Telde roza Valsequillo sin quebrar el sentimiento de pertenencia. Allí, sin previo aviso, la memoria se le vuelve voz. Como quien abre una puerta antigua, improvisa estrofas que rescatan momentos vividos, nombres propios y escenas del pasado. Su canto es austero y hondo, heredero de agrupaciones centenarias que aún resisten en Valsequillo, Teror y La Aldea, hoy reconocidas como Bien de Interés Cultural. Pero en su garganta no hay decretos ni distinciones oficiales: hay vida vivida, desgranada en palabras que cuentan historias de antepasados, pasiones humanas y sentires del pueblo antiguo.
Mucho antes de convertirse en ranchero mayor, la vida de Agustín Calderín se fue tejiendo con oficios humildes y jornadas sin reloj. Fue pastor en la madrugada, pocero y minero de galerías. Conoció las zafras duras y la trashumancia impuesta por la necesidad en los tomateros del sur, donde el cuerpo aprendía pronto el peso del esfuerzo y la dureza del trabajo. Fueron años de fatiga callada, de manos curtidas y espaldas vencidas, que nunca lograron apartarlo de su compromiso con el Rancho. En ese tiempo sagrado, la devoción y el sentir colectivo caminaban juntos, dando forma al canto y honrando la memoria de los difuntos.
No concibe su vida sin esta tradición que heredó de su padre, ranchero mayor en su tiempo, y que él mismo sostuvo frente al desgaste de los años y los cambios sociales. El Rancho no fue un añadido a su existencia: fue su manera de estar en el mundo. Desde niño fue alumno del Rancho antiguo y, junto a su padre, compartió aprendizaje y vivencias con Manuel García, de Los Llanetes, amigo fiel y leal con quien se forjó la esencia del culto y se aseguró la continuidad de la tradición.
Llevar el Rancho por todo el pueblo no siempre fue fácil. Gustara o no, el canto llegaba a las casas marcadas por la ausencia, por el peso de los desaparecidos, en tiempos duros en los que mantener el sentido profundo de la plegaria oral exigía convicción, respeto y valentía. Aquella amistad heredada fue un regalo del pasado que Agustín devolvió siempre con gratitud y canto.
Prueba de ello ocurrió recientemente, cuando abrió las puertas de la casa de las nietas de Manuel García, en Las Vegas, para llevarles recuerdos de otros tiempos a través de coplas y alabanzas. Allí resonaron la memoria de una lealtad antigua, el eco de una amistad duradera y el legado de aquellos hombres grandes que sentaron las bases del Valsequillo tradicional y que aún hoy iluminan nuestros días.
Hoy, Agustín Calderín mira al futuro con serenidad orgullosa. Los jóvenes han llegado y han aprendido los toques, los cantos y, sobre todo, el sentido profundo de lo que hacen. Sabe que su voz no será la última. La continuidad está asegurada y, con ella, la esperanza de que el canto del Rancho de Ánimas cruce otro siglo más, llevando consigo la memoria de un pueblo que supo cantar a la vida incluso cuando hablaba de la muerte.
Bibliografía
-
La Provincia – Diario de Las Palmas (2024). Agustín Calderín, el alma del Rancho de Ánimas de Valsequillo.
-
Ayuntamiento de Valsequillo de Gran Canaria (2024). Nombramiento de Agustín Calderín como Hijo Predilecto.
-
Gobierno de Canarias. Declaración de los Ranchos de Ánimas de Gran Canaria como Bien de Interés Cultural (BIC).
-
Valsequillo Actualidad. Artículos sobre el Rancho de Ánimas y la tradición oral del municipio.
-
Trapero, Maximiano. Estudios sobre poesía oral improvisada y tradición popular en Canarias.
-
Navarro Correa, José Juan. Investigaciones sobre religiosidad popular y rituales comunitarios en Canarias.
-
Testimonios orales de miembros históricos del Rancho de Ánimas de Valsequillo.





























Normas de participación
Esta es la opinión de los lectores, no la de este medio.
Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios inapropiados.
La participación implica que ha leído y acepta las Normas de Participación y Política de Privacidad
Normas de Participación
Política de privacidad
Por seguridad guardamos tu IP
216.73.216.172